Henry
Tengo una resaca nivel apocalíptico y, aun así, me obligo a levantarme temprano para ir a la oficina. Las fiestas y las mujeres son mi perdición, pero el trabajo… el trabajo lo respeto. Siempre.
Llego y respiro aliviado: silencio absoluto. Nadie. Solo yo y la paz que tanto necesito. Amo el silencio.
La puerta se abre con suavidad. Es Katy, mi secretaria y, sobre todo, mi mejor amiga. Trae una bandeja de plata con un vaso de cristal y la pastilla salvadora.
—Aquí tienes lo que pediste —dice con esa sonrisa amable que me salva el día.
—Gracias, Kat —respondo, tomo la pastilla y el agua de un trago. Alivio instantáneo.
Ella me observa un segundo.
—Llama si necesitas algo más. Ah, por cierto… tu padre llamó. Dijo que viene en unos minutos. Le dije que estabas libre.
—Está bien. Lo espero.
Katy recoge la bandeja y sale, cerrando la puerta con cuidado.
Me siento frente a la laptop, listo para empezar el día… hasta que la puerta se abre de nuevo.
Entra mi padre. Y detrás de él, cuatro niños.
Cuatro versiones en miniatura de mí: piel blanca, ojos grises, cabello negro azabache.
La mayor va vestida completamente de negro, maquillaje oscuro, mirada de “no tolero a nadie”. Las gemelas llevan vestidos largos anticuados, como sacados de un cuadro victoriano. El pequeño usa jeans, camisa de manga larga y anteojos que gritan “soy el cerebrito”.
Me levanto de golpe, frunciendo el ceño.
—¿Qué…? ¿Ahora eres niñero o qué?
Mi padre sonríe, claramente disfrutando el espectáculo.
—El que va a necesitar niñera eres tú, hijo mío —responde con calma.
Miro a los niños alineados frente a mi escritorio. Mi voz sale más baja de lo que esperaba.
—¿Me explicas esto?
Joe, mi padre, se dirige a ellos con tono paternal.
—Muy bien, mis queridos niños. Ese hombre de ahí es su padre —hace una pausa dramática—. Y quiere conocerlos. Así que preséntense, por favor.
El de lentes levanta la vista hacia el abuelo.
—¿Ahora? —pregunta en voz baja.
—Sí —confirma Joe.
El niño me mira directo a los ojos.
—Soy Ángel. Tengo diez años.
—Muy bien —dice mi padre—. Ahora las damas, por favor.
Una de las gemelas sonríe enorme.
—Yo soy Lana.
La otra completa, igual de sonriente:
—Yo soy Leonor. Tenemos trece años y pertenecemos a la comunidad amish.
Parpadeo. ¿Amish?
La gótica levanta la mano con actitud.
—Y yo soy… —empieza, y luego suelta—: No te importa.
Me cruzo de brazos y la miro fijo.
—Preséntate bien —ordena mi padre, serio.
Ella rueda los ojos, molesta, y clava su mirada gris en mí.
—Soy Jaki. Tengo catorce años —dice al fin, cruzándose de brazos también.
Mi padre me lanza una mirada cómplice.
—Heredó tu carácter. Te llegó tu karma.
—Me parece que la cigüeña se equivocó —respondo, todavía procesando.
—Bueno, técnicamente la cigüeña no existe —interviene Ángel con seriedad.
—Sí, sí, ya sabemos, sabelotodo —lo corta Jaki, rodando los ojos.
—Son obras de Dios —sentencia Leonor con convicción.
—Por favor… —Jaki suelta una risa burlona.
Miro a mi padre, arrugando la frente.
—¿Pertenece a una secta o qué? Mira, es gótica.
—Soy metalera —corrige Jaki, desafiante.
Lana la fulmina con la mirada.
—Arrepiéntete de tus palabras. ¡Te vas a ir al infierno! —exclama indignada.
Jaki suelta una carcajada fuerte.
—Cállate y vuelve a meterte en el libro de literatura inglesa de donde saliste.
—¡Cállate tú! —grita Leonor.
—¡Cierra la boca, campesina! —contraataca Jaki—. Regresa a tu granja y ve a ordeñar vacas.
Me apoyo en el escritorio, viendo el circo en vivo. Esto va a cambiar mi vida. Y no para bien.
—¡Silencio! —bramo, con la cabeza a punto de estallar.
Todos se callan de golpe. Me miran.
Mi padre sonríe como si nada.
—Son alegría pura —dice—. Y eso que todavía no has hablado con sus madres… que, por cierto, van a vivir contigo un tiempo. Junto a los niños. Para ayudar con la transición.
Volteo a verlo de golpe, con los ojos como platos.
—¿QUÉ?