REVELDE INCLUSO ROTA
RECHEEL:
Esta mañana ha sido como las de siempre. Para nadie es raro saber que mi vida se vasa en rutinas y horarios a pesar del sitio en el que me encuentro.
No voy a negar que en esta madrugada me desvelé y aunque mi glándula pineal rogaba a gritos porque cerrara mis párpados, no lo hice.
El miedo de que vuelva… fue mucho más grande como para bajar la guardia.
Guanito a mí estuvo Nana, después de escuchar mis gritos y gemidos porque me encontraba en un sueño tan real del cual me sentía encadenada, no podía salir ni controlarlo.
No importa qué haga o piense, siempre se apodera de mí.
Debido al pánico que Nana vio en mis ojos, se quedó junto a mí, tranquilizándome y asegurándome de que todo estaría bien. Que ella estaba allí y él ya no me haría daño. Que él nunca volvería…
A pesar de sus intentos de conciliar el sueño, no lo logró.
Temía y hasta ahora temo que me vuelva a encontrar y venga por mí, convirtiéndome en la peor miseria del mundo entero.
Hace unos minutos terminé de tomar una ducha caliente, ahora me encontraba colocándome el uniforme para el colegio.
Hoy es uno de esos días en los que no me apetece ir por dos cosas:
Estoy parada frente a la ventana mientras la lluvia cae con una suavidad constante, casi hipnótica.
Las gotas resbalan por el vidrio empañado y dibujan caminos irregulares que se cruzan y desaparecen.
Desde aquí dentro todo se siente protegido, como si el mundo exterior estuviera ocurriendo en otra dimensión.
Como si la realidad mía fuera alterna a la realidad.
El cielo gris abraza los árboles que se encuentran en el patio delantero, se mueven con el viento, y sus ramas oscuras se difuminan tras el cristal mojado.
Me gusta observar cómo la lluvia transforma los colores: el verde se vuelve más profundo, más vivo, casi brillante bajo la tormenta.
Disfruto este instante suspendido entre el sonido de la lluvia y el asimilar de que estoy a salvo.
Mi tranquilidad se dispersa al perderme en el ramo de iris y lirios que se posan con delicadeza en mi escritorio. Tuve que tener una gran excusa el día que Nana las vio, le dije que Eloísa me las había regalado como obsequio de nuestra amistad.
Gracias a Dios y se lo creyó porque no sé qué hubiera hecho explicándole que eran de Erick. Él chico con el que me lie a pasos de la puerta de mi casa y el que se escabulle en mi dormitorio por las noches.
Lo tomo entre mis manos y todavía no puedo evitar sonreír. Es un ramo lleno de lirios anaranjados, intensos, abiertos como pequeñas llamas tibias que parecen latir.
Sus pétalos están salpicados de diminutas pecas oscuras y en el centro guardan una fuerza delicada que me hace pensar en todo lo que no se dice, pero se siente.
Entre ellos también hay rosas pequeñas y flores que rellenan con suavidad los espacios, pero lo que más me emociona es imaginar y casi sentir los iris mezclados entre el arreglo.
Los iris, con su elegancia profunda y sus tonos que podrían ser fuego puro, aportan un contraste de poder y rudeza vibrante junto a los lirios.
Es como si el ramo tuviera dos voces: una ardiente y otra misteriosa.
En el momento en que me las entregó, no pude hacer más que abrazarlo posando mi cabeza en su pecho. Me resulta tan lindo que a pesar de que no hablamos del todo, Erick siempre escuchó todo lo que le dijo, hasta los pequeños detalles.
Y eso cambia todo. No son solo flores; son el gesto, el detalle pensado y el significado que ambos le damos.
Cuando lo recibí, sentí que el pecho se me encendía igual que el color anaranjado de ambos pétalos. Mis manos temblaron un poco, y tuve que bajar la mirada para que no notara cómo mis ojos brillaban y se intensificaban al recibirlos.
El aroma es suave, envolvente. Cierro los ojos un instante y lo abrazo contra mí, recordando sus facciones y olor corporal, como si pudiera guardar todo lo que es y conlleva en él.
Cada tallo firme entre mis dedos me recuerda que hay emociones que florecen sin pedir permiso.
Y mientras lo sostengo, no puedo evitar pensar que quizás, así como estos lirios y esos iris, lo nuestro también pueda abrirse poco a poco, con color, con intensidad… y con esperanza.
Que las dificultades y diferencias lleguen, pero nuestro amor será mucho más grande para cruzar cualquier barrera.
En este silencio acompañado por la lluvia, el ramo que descansa entre mis manos, me siento tranquila. Como si el mundo estuviera lavándose afuera mientras yo, aquí dentro, me permito simplemente ser.
Me permito olvidar lo que tanto me ha atormentado durante toda esta mañana hasta que una voz tan dulce se hace pasar tras la puerta.
—Cariño… ¿puedo pasar? —pregunta Nana al otro lado de la puerta.
Sin dudarlo, muevo mis piernas hacia la puerta, tomo la manija encontrándome con sus facciones desgastadas por la edad.
—Pasa algo — exclamó. Ambas sabemos que lo que ha pasado estos últimos días no es normal, pero he tratado de evitar la conversación a toda costa.
Ambas tomamos asiento en la cama, una al lado de la otra.
-Sé que te debes sentir agrumada y tal vez no quieras hablar, pero, mi niña necesitas de algún modo desahogarte- Examina mi rostro esperando respuesta, lástima que no muestro expresión por lo que continúa- No dejes que todo esto te agrume y que el problema que ahora es pequeño se haga enorme, tal vez no sea la mejor en aconsejarte ya que jamás lo he experimentado, pero quiero que sepas que estoy para ti…- Dice con su tono tan dulce, tan de madre he hija. Produciendo sentimientos de llanto dentro de mí- Y sé que me verás como entrometida, pero quiero que sepas que me importas mucho y no dejaré que nada ni nadie te haga daño. Esta vez ya no callaré ante lo sucedido con tus padres, necesitan saberlo. Entiende que…