Tentación Irresistible

10|El Juego.

Lotty

Lotty

—¿No sueles llevar el pelo suelto?

Miro a Hans de reojo mientras tipeo el borrador de la clase en mi portátil. Hemos quedado en estudiar juntos esta tarde, así que ahora estamos en su habitación. Por suerte, Justin cubre la tarde en la cafetería, por lo que no obtengo ni rastros de él. Es mejor así, prefiero pensar. No me gusta la idea de enfrentarle luego de mi momentáneo impulso de la otra noche.

Se me encienden las mejillas de solo recordarlo.

Sus labios en mi cuello.

Sus manos acunando mi trasero.

Y luego está él... con esa sonrisa que me arrebata todo.

Un puto badboy que consigue lo que desea con solo una mirada. ¿Lo peor? Yo caí en su encanto. Más que eso, señoras.

Yo me lancé a sabiendas que podría estrellarme contra la realidad. Permití que su boca se adueñara de la mía, y que sus manos se moviesen a lugares que nunca antes le permití a nadie tocar.

—No me gusta tenerlo suelto. Es más sencillo si lo ato en un moño, y así deja de moverse a donde quiera. Siempre he pensado que tiene una propia vida —murmuro como respuesta. Hans se halla enterrado en el mueble, con el mando de la play entre sus dedos.

Muestra una mueca.

—Pienso que deberías darle una oportunidad.

—¿A qué?

—A llevar el pelo suelto. Tú sabes, como esas chicas inteligentes que de la nada les entra la comezón de culo, y se sueltan las greñas, se ponen mini faldas y brasier, y llegan a la fiesta así. Regias. Salvajes. Bichotas —dice. Apuñala a una manada de vacas en la pantalla, y ésta se cubre de rojo. Me estremezco, y dejo de tipear—. ¡Madre mía! ¿Puedes imaginarlo? Porque yo sí. ¡Y te verías... para pajearse! ¡Eso es seguro!

Pongo una mueca de terror.

—No me lo imagino. —Aunque sí lo hago. Por un segundo, me pierdo en medio de mis cavilaciones mentales, y vuelo lejos. Puedo visualizarme a mí misma, con mi melena rubia rizada, cayendo libremente a mi espalda, mientras camino destellante de serenidad y confianza en medio de un pasillo lleno de gente.

Sacudo la cabeza ante mis fantasías, convenciéndome de que solo es eso. Son fantasías, porque no existe la manera en la que yo termine luciendo así.

—Pues deberías. Eres guapa. No entiendo por qué no usas tus armas —farfulla Hans.

Subo una ceja, sin comprender a lo qué se refiere.

—¿Armas? —pregunto al mismo brío.

De inmediato, Hans pone el juego en pausa. Abre mucho los ojos, y se gira hacia mí. Sus ojos se hunden en los míos, y una expresión incrédula se adueña de su semblante.

—¿Hablas en serio? ¿No sabes cuales son tus armas?

Niego con un gesto. Hans se arrima hacia mí, baja la tapa de la portátil, y pone su mirada más solemne e impoluta.

Él continúa:

—¿Sabes cuál es el arma más poderosa de una mujer? —pregunta, a lo que también niego con la cabeza. Hans acuna mis hombros bajo sus manos antes de decir—: La confianza. Cuando confías en ti misma, puedes hacer añicos a quien te dé la puta gana, Lot. Cuando sabes quien eres, lo que vales, lo que llevas por dentro, y no titubeas frente a nadie, marcas tu propio terreno. ¡Les haces saber quién manda! ¡¿Quién manda, Lotty Gilbert?!

Zarandea mis hombros, y yo titubeo. —No lo sé...

—¡Tú mandas, reina! —me grita, subiendo la voz hasta quebrar mis oídos—. ¡Tú eres la puta ama de tu propia historia! ¡Tú mandas en tu propia vida! ¡Y nadie, pero nadie en este puto mundo, puede hacerte creer lo contrario! ¡Nadie puede hacerte sentir que no vales! ¡Nadie puede hacerte sentir menos! ¡Nadie puede arrebatarte el poder de tu vida!

Sus palabras se sienten como baldes de agua brotando encima de mi cabeza. Solo me dedico a mirarlo, mientras Hans vuelve a agitarme por los hombros en un intento de empoderarme.

Pienso en sus palabras. Él tiene razón sobre todo.

Solo que el miedo puede ser nuestro peor enemigo cuando se trata de creer en uno mismo.

Él me suelta, se relaja un poco y se desploma de vuelta en el mueble. Reanuda su juego, y me quedo estancada en mi mente mientras lo observo.

—¿Tú crees que puedo ser quien quiera ser? —le pregunto en un susurro. Hans suelta una risita cantarina—. Eres mucho más de lo que quieras ser, Lotty.

—¿Y si a las personas no les agrada?

—¡Qué se jodan! —Hans hace una voltereta en el juego, y me lanza una miradita de soslayo—. Si alguien no entiende lo que sientes, pues... esa persona no es la indicada para estar en tu vida. Recuerda algo; sí alguien va a estar en tu vida, que sea para sumar y no para restar, porque cuando tienes gente restándote, pueden llevarte a la ruina.

Una sonrisita aflora en mis labios.

—¿De verdad querías estudiar comercio internacional? —murmuro con un tonillo divertido.

Hans hunde un hombro.

—Debería reconsiderarlo, ¿no?

—Sí. Se te da bien subir la autoestima de las personas.

—No me lo digas. La autoestima está, solo necesita un subidón.

Retraigo una pierna, subiéndola al mueble y pellizco la puntita del boli con los dientes.

—Me recuerdas a un viejo amigo.

—Espero que sea a Mickey Wolff —canturrea de forma soñadora.

Me arranca una risita, y niego.

—Se llama Mickey Janssen.

—Mickey Wolff, Mickey Janssen, Mickey Mouse, la misma paja —alega Hans.

—Pues no lo sé. Para mí siempre será uno más de los Janssen.

Hans enarca la ceja.

—"¿Los?"

—Sí. Son tres hermanos. —Sin embargo, luego recuerdo que había uno más en la banda, el que apareció misteriosamente a cambiar la vida de esos tres chicos—. Bueno, son cuatro, en realidad.




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