Bambam.
Apenas vi a Yetao caminar hacia el autobús con el resto de los chicos, supe que no podía dejarlo ir así.
No después de lo que pasó en la cena.
No después de haberlo visto reír con Omar toda la noche.
No después de haber sentido esa punzada de celos absurda cuando se inclinaron para ver algo en el teléfono de Omar.
Estúpido.
No Omar. Yo.
No tenía derecho a sentirme así. No había nada oficial entre nosotros.
Eso lo dejé claro la última vez.
Pero, entonces… ¿por qué me ardía el estómago cuando lo veía hablar con alguien más?
Me acerqué a él antes de que pudiera subir al autobús. Caminaba junto a Yuchen, hablando de algo sin importancia. Se veía lindo, con su bufanda envuelta alrededor del cuello y el cabello cayendo suavemente sobre su frente.
—Así que… ¿te vas en el autobús? —pregunté, fingiendo indiferencia.
Yetao giró la cabeza y me miró con una expresión curiosa.
—Sí, ¿por qué?
Vale, sin rodeos.
—Y yo que pensaba que querrías dar una vuelta conmigo.
Su reacción fue sutil, pero la noté. La forma en que sus pestañas temblaron un poco y la manera en que sus labios se entreabrieron como si estuviera a punto de decir algo. Pero no dijo nada.
En su lugar, asimiló mis palabras, y cuando estaba por responder, vi a Xu Minghao pasar cerca.
Perfecto.
—Ah, Minghao —lo llamé sin dudar—, ¿tú no ibas a llevar a los chicos a ver… no sé qué?
Minghao se detuvo y me miró como si acabara de decir la estupidez más grande del mundo.
—¿Qué?
Le lancé una mirada significativa, abriendo los ojos un poco más y moviendo la cabeza sutilmente.
"Sígueme el juego, por favor", quise decir sin palabras.
Minghao frunció el ceño, claramente desconcertado, pero tras un segundo de reflexión, se encogió de hombros con resignación.
—Ah, sí… claro.
Yetao nos miró a ambos con una mezcla de sospecha y confusión.
—¿De qué están hablando?
—Nada importante —dije rápidamente—. Solo que no tienes que irte en el autobús. Yo puedo llevarte.
Silencio.
Yetao parpadeó.
Era imposible no notar la forma en que su mirada se suavizó por un segundo antes de endurecerse de nuevo.
—No quiero molestarte…
Rodé los ojos.
—No es molestia. Además… quiero hablar contigo.
Esta vez, su reacción fue más notoria. Un parpadeo rápido, una ligera separación de los labios.
Bingo.
Sabía que eso lo haría pensar.
Vi cómo su mente trabajaba, evaluando si debía aceptar o no.
Cuando finalmente asintió, sentí una satisfacción absurda.
—Está bien…
Me giré hacia Minghao y los demás, levantando una mano.
—Entonces ya nos vamos. Nos vemos, chicos.
—No hagan nada extraño —respondió Minghao sin mucho interés.
Los demás ni se inmutaron.
El pobre de Yuchen, que había estado al lado de Yetao todo este tiempo, solo nos miró con cara de "¿qué acaba de pasar?".
Pero no me importó.
Deslicé una mano sobre la espalda de Yetao y lo guié hasta mi auto.
Aún tenía muchas cosas que decirle.
Y esta vez, no pensaba huir.
[,,,]
El aire dentro del auto estaba cargado.
No de incomodidad.
Pero sí de algo.
Yetao tenía la cabeza ligeramente inclinada, con los ojos fijos en la ventana. Su bufanda aún estaba envuelta con cuidado alrededor de su cuello, y una parte de mí quería estirar la mano para acomodarla mejor.
No lo hice.
Todavía no.
Encendí el auto y salimos del estacionamiento en silencio.
Sabía que tenía que decir algo, pero ¿por dónde empezar?
Podría hablar de la cena.
Podría mencionar lo que pasó con la camarera.
Podría preguntarle directamente por qué se veía dolido cuando le di mi número.
Pero, en vez de eso, lo que salió de mi boca fue:
—Entonces… ¿de qué hablaban tú y Omar?
No lo miré, pero sentí cómo su cabeza giraba hacia mí con lentitud.
—¿En serio? —preguntó, con un tono que sonaba mitad incredulidad, mitad diversión.
Me encogí de hombros, sin despegar la vista del camino.
—Solo preguntaba.
Yetao suspiró y volvió a mirar por la ventana.
—De su hermanita.
Lo sabía.
Lo sabía, maldita sea.
Sentí una oleada de vergüenza por haber pensado cualquier otra cosa.
—Ah —solté, sin saber qué más decir.
—¿Qué pensabas? —preguntó de repente, girándose de nuevo hacia mí.
Tardé en responder.
—Nada.
Yetao soltó una risa corta, pero no sonaba divertida.
—Claro.
No dije nada más.
No porque no tuviera qué decir.
Sino porque no sabía cómo decirlo.
Otra vez el silencio.
Podía sentir cómo Yetao me miraba de vez en cuando, como si estuviera esperando que hablara. Como si esperara que yo lo negara o que, al menos, diera una excusa convincente.
Pero, en vez de eso, lo que hice fue preguntarle algo completamente distinto.
—¿Por qué te molestó lo de la camarera?
Lo escuché inhalar profundamente.
—No me molestó.
—Mentira.
—No es mentira —respondió de inmediato, pero su tono no tenía convicción.
Esta vez, fui yo quien giró la cabeza para mirarlo.
—Entonces, si no te molestó… ¿por qué pusiste esa cara cuando viste que le di mi número?
Yetao apretó los labios.
Me aguanté una sonrisa.
—No entiendo por qué lo hiciste, si se supone que…
Se detuvo a mitad de la frase.
Levanté una ceja.
—Si se supone que… ¿qué?
Yetao me miró de reojo y suspiró.
—Nada.
Solté una pequeña risa nasal.
—Parece que "nada" es nuestra palabra favorita esta noche.
No respondió.
Pero su ceño fruncido decía más que sus palabras.
No tenía que decirlo en voz alta.
Sabía lo que pensaba.
Sabía lo que sentía.