Peter se obligó a levantarse, con las piernas temblorosas como si cada músculo se negara a recordar cómo sostenerlo. Aún sostenía en las manos la varilla oxidada, lo más parecido a un arma que podía blandir sin sentirse completamente inútil. Detrás, el grito de Mak-oh desgarraba el aire con tal intensidad que parecía rajar la atmósfera en dos, y entonces llegó… no una visión propia, sino una ajena. De ella.
Una niña harapienta, arrancada de sus padres. Sombras envueltas en batas blancas. Una celda sin ventanas y el frío pegado a los huesos. Tortura. Cicatrices mentales y físicas. Risas ahogadas por gritos. Sangre seca en el suelo. Y soledad.
Tanta soledad que parecía tener peso.
—Sire Williams… —la voz de Siegfried le llegó como un susurro que se arrastraba a través de la conexión mental, pesado, roto—. Si no la detiene, será ella quien nos matará a todos.
Peter jadeaba. Se sentía pequeño, irrelevante, como un figurante olvidado en una obra que nunca pidió protagonizar. No encontraba la manera de invocar sus poderes otra vez. ¿Cómo se detiene a una bomba psíquica viviente?
—¡Alguien… alguien ayude! —gritó al vacío, como si esperara que el eco trajera un milagro.
Y entonces el cielo se oscureció. No como presagio, sino como si alguien hubiera decidido apagarlo. De entre esa negrura descendió una figura, cuatro alas extendidas con el eco de un ángel que había caído demasiado lejos para volver. Disparó un dardo al cuello de Mak-oh. Ella lanzó un último alarido psíquico, dolor puro comprimido en sonido, y se desplomó. Aquellas alas vibraron con la energía divina que quedó suspendida en el aire, amplificándola y liberando una ráfaga de flechas de Eark. Los espectrones se disolvieron en segundos, como si aquel hombre les hubiera arrancado su propia esencia.
Peter parpadeó. El rostro del recién llegado estaba enmarcado por mechones oscuros, con una mirada firme. No celestial, pero… cautivante. Demasiado cautivante para un mundo en ruinas.
—¿Quién de ustedes es Nocturne? —preguntó con voz autoritaria, una voz que arrastraba algo más que órdenes, algo que podía doblar voluntades. Peter, sorprendido por la frialdad y el peso de la pregunta, sintió que estaba frente a una nueva amenaza.
—No hay nadie que conozca con ese nombre. Y tiene un pésimo sentido para elegir pseudónimos —replicó, haciendo señas a Sieg para que se llevara a los demás.
—Nunca dije que fuera un pseudónimo… —el pelinegro se acercó, sin prisa, y luego se inclinó levemente—. ¿Estás bien?
Peter asintió, todavía atrapado entre el desconcierto y un extraño alivio.
—Llegué tarde. Lo siento —añadió el desconocido con una sonrisa cálida, tendiéndole la mano. El uniforme militar estaba gastado, con dos placas colgando de su cuello como un recordatorio de batallas antiguas. Era casi tan alto como Siegfried, con la presencia de alguien que no solo había sobrevivido a la guerra, sino que la había mirado a los ojos sin bajar la vista.
—¿Eres…? —preguntó Peter.
—Milán Bloodhound. —La mirada de Milán pasó sobre el grupo, deteniéndose un instante en los cuerpos inconscientes de Roan, Hiro y Mak-oh.
Siegfried, tambaleante pero en pie, intervino: —Crearé una zona segura. —Se sentó entre los escombros como un monje en meditación, y las cenizas doradas de su habilidad comenzaron a tejer un escudo casi invisible a su alrededor.
Peter se apartó, respirando hondo. No dejaba de pensar en Mak-oh, en esos gritos, en ese pasado que había visto. ¿Cómo se sobrevive a algo así?
Al poco rato recordó algo importante, sus compañeras aún estaban fuera de la zona.
Entre los dos, Peter y Sieg arrastraron a sus compañeros hacia el sitio. Peter, con un gesto casi ritual, cruzó los brazos de cada uno y colocó dos monedas sobre sus ojos.
—Es una lástima… —murmuró.
—Ellos están bien, Sire —respondió Sieg, pronunciando una oración breve mientras su luz curaba raspones y golpes—. Solo necesitan recuperar la energía que los espectrones les robaron.
—Es una lástima que sigan con vida —repitió Peter, dejando una flor sobre cada uno—. Ahora tengo que cuidar a cinco personas… y apenas puedo conmigo mismo.
Sieg, sin más, le dio una palmada en la espalda y se retiró a reunir más Eark. Peter pensaba en el silencio que quedaba cuando todo el ruido se detenía, ese silencio que no necesariamente traía paz.
Momentos después, Milán se acercó con una taza humeante.
—Café —dijo, como si fuera lo más normal en un escenario así—. Vi un dispensador entero ahí atrás. Funcionaba perfecto. Este mundo es raro.
Peter soltó una risa breve, más por sorpresa que por humor.
—Mientras no terminemos en una nave espacial o en un buffet a medio combate, cualquier situación surreal es bienvenida.
—Eh… ok —respondió Milán, sin entender demasiado, encogiéndose de hombros.
Se sentaron junto a una fogata improvisada, la luz naranja dibujando sombras largas sobre el polvo.
—Gracias por lo de antes —dijo Peter, sin molestarse en disimular la amargura—. Yo no pude hacer nada.
—No digas eso. Siegfried me contó cómo los guiaste, cómo aguantaste hasta el final. Incluso te plantaste con un palo —sonrió apenas—. Cualquiera habría huido, ¿sabes?
Peter asintió y bebió un sorbo. El café estaba tibio y bueno… casi como el tipo que se lo ofrecía.
—Milán, ¿cierto?… ¿quién te envió?
Milán se detuvo a medio sorbo.
—Las explosiones me guiaron hasta ustedes. Y cuando los vi en peligro… bueno, no podía no intervenir.
Peter ladeó la cabeza, evaluándolo.
—No eres de mi tierra. Déjame decirte algo: si buscas a Nocturne, lo tienes enfrente. Pero a ellos… —señaló a Roan, Sieg y Hiro— no los vas a tocar.
—Tranquilo, no tengo nada contra ti. De hecho, necesito tu ayuda. —Hizo una pausa, cuidando sus palabras—. Quiero detener la corrupción, y sé que tú puedes hacerlo. Si no, ¿por qué estos tipos se empeñan en protegerte?
Peter dudó. Tenía la habilidad natural —o la maldición— de leer a las personas, y algo en la voz de Milán le dijo que no mentía.
—Puedes quedarte aquí hasta que despierten. —Se llevó la taza a los labios.
Milán asintió.
—Sí. Por ahora… me quedo. —No entendía por qué Peter lo miraba así, como si estuviera evaluando si dejarlo entrar o echarlo. Lo que no sabía era que Peter no solo lo observaba… lo devoraba con la mirada.