Pov de Enzo
Miro el reloj. Otra vez. Y otra.
Desde que Gabriela —la orientadora— llamó, no escuché ni una palabra más en esa conferencia. Solo salí corriendo.
La nueva vecina... trabaja en el mismo centro que mis hijos.
¿Qué probabilidad había? Bueno, claro que hay una. Se puede calcular.
¡Basta, Enzo! Conduce. No quedes peor de lo que ya pareces.
Al llegar a la escuela me dirijo al estacionamiento delantero, es un espacio grande y da vista completa a la entrada. Mientras más voy adentrándome en el coche empiezo a bajar la velocidad mientras observo atentamente la escena delante de mis ojos.
Los niños están jugando no sé qué, pero ambos muestran una amplia sonrisa ¡¿Mis hijos podían sonreír así?! Entre saltos noto una larga cabellera castaña con tonos miel hondear—es la vecina—No parece un adulto por su forma de sonreír en estos momentos, es casi imposible que una persona se vea tan radiante, feliz y pura al jugar con niños. Entonces veo a Sophia correr a sus brazos. La alza, gira con ella, y ambas estallan en risas al abrazarse.
Me quedo helado.
Sophia...
Mi Sophia, que siempre es callada, que apenas confía en nadie...
Y ahora la veo brillando. Radiante.
En brazos de una desconocida.
Ni yo, su padre, he logrado eso.
Siento un golpe en el pecho. No sé si es orgullo. O si es otra cosa, pero no lo puedo explicar.
Me voy acercando lentamente en el coche interrumpiendo el momento mágico al tocar la bocina del auto y ahora tengo la atención de los tres.
—¿Señor Miller?
Se asoma a la ventanilla del auto aun con una sonrisa en su rostro. De cerca noto como un tinte rosa cubre sus mejillas y el pelo lo tiene esparcido por todo el rostro. También noto como una sonriente Sophia está abrazada a su cuello. Sin demorar bajo del auto.
—Lamento mucho el retraso de verdad, esto nunca suele pasar ¿Y su maestra? —me acerco a ellos.
—No hay ningún problema, nos hemos estado divirtiendo mucho ¿verdad? —los niños afirman con un entusiasmo que desconozco—Y la señora Williams tenía unos compromisos así que me ofrecí para quedarme y los niños estuvieron de acuerdo.
—Papi aprendimos a jugar la peregrina, es un juego con números, piedras y saltos—dice Noah acomodándose su mochila ¿Noah saltando? Sigo desconectado de la realidad.
Me siento contento de poder ver felices a mis hijos, pero una incomodidad hasta el momento no identificada se adentra en mi pecho al verlos tan cercanos a una extraña. Obviamente me parece una chica agradable y para trabajar con niños debe ser una buena persona, pero veo a mis hijos aferrados a ella y no a mí, su padre, que llegué a recogerlos y el pecho me arde con ese nudo extraño otra vez.
—Noah, ayuda a tu hermana a entrar en el coche.
Sin pensarlo, la tomo de los brazos de Gabriela.
La bajo al suelo, rápido.
Sophia no dice nada. Solo frunce el ceño, molesta.
—Bueno, Señor Miller ¿Está todo bien?
—¿Perdón? —pestañeo aturdido.
—Perdone si le incomodó que jugara con los niños, pero no teníamos nada que hacer mientras esperábamos, y el juego no es peligroso como verá—la chica es bastante perceptiva, pero claro es psicóloga, aunque se equivoca ante el origen de mi molestia.
Ella no hizo nada Enzo, no actúes como un patán—me digo a mí mismo.
—No pasa nada, perdone. Debe ser por todo el ajetreo del día, nuevamente muchas gracias.
Nos quedamos mirando en un silencio incomodo ¿Qué más se supone que deba hacer? Ella desvía la mirada hacia el piso y yo un tanto incomodo toco mi cuello, mejor me voy antes que diga algo que lo vuelva peor.
Vamos, Enzo. Solo agradece y no hagas esto más raro.
—Bueno, sin más nos vemos.
Ella expande más sus ojos—tiene unas muy lindas pestañas al verla desde mi altura—Pensamiento que ignoro pues no viene al caso, sin esperar una respuesta doy media vuelta y me adentro al coche, superviso que los niños tengan bien el cinturón de seguridad y prosigo a dar marcha hacia adelante.
No puedo evitar mirar por el retrovisor, ahora la figura que antes revoloteaba como una mariposa, se encuentra apagada y sola en el estacionamiento de la escuela, pero ¿Qué debo hacer? Creo que llevarla sería un error, ya no es solo mi vecina, sino que ahora nos une un vínculo profesional, ella es la orientadora de la escuela de mis hijos y yo soy un padre—soltero—. Que puede traer malentendidos.
Mientras más me alejo más siento una incomodidad en mi consciencia.
Enzo, se quedó cuidando a tus hijos hasta tarde, ten decencia y por lo menos ofrécele llevarla—me alude mi consciencia.
—Papi—el llamado de Noah quita mi vista del retrovisor para ubicarlo a él.
—¿Si, dime? —enarco una ceja esperando su pregunta.
—Pensaba que ibas a llevarla a casa—noto como su mirada también la ubica en el retrovisor.
Editado: 15.02.2026