Pov Gabriela
Volví a adentrarme en la escuela con un ligero rubor en mi rostro de pena. La verdad es que no tengo ningún lugar al que ir, la mudanza ya está completa y algunas cajas que faltan mi madre las enviará dentro de una semana, pero no podía en mi primer día de trabajo irme con un padre a casa—aunque fuéramos al mismo sitio.
—Ahora ya es tarde para tomar un bus, deberé llamar a un taxi—suelto un suspiro con pesadez.
Saco mi móvil y empiezo a buscar la línea de taxis, esto será un desastre ya que hay mucho tránsito a estas horas, en eso siento que alguien se va acercando, doy un pequeño giro y me encuentro con el profesor Harris.
—¿Gabriela?
—¡Maestro! —me causa sorpresa, pensaba ser la última en el plantel.
—Me siento mal si te llamo Gabriela y tú a mi maestro, dime Harris—me brinda una sonrisa ladeada, a lo que me fijo que se le forma un hoyuelo. —Y bien ¿Por qué tan tarde tu primer día?
—Ah, es que esperaba que procuraran a unos niños, le hice el favor a la maestra Williams—jugueteo con mis manos.
El profesor no dice nada, solo me observa como quien analiza la situación. Luego de unos segundos habla.
—En estos momentos probablemente no quede nadie en el plantel, y es una hora complicada ya que muchas personas empiezan a salir de su trabajo, de seguro pensabas llamar a un taxi, pero no consideraste lo congestionada que estará la ciudad y que tendrías que esperar demasiado ¿me equivoco? –entrecierra sus ojos y una pequeña sonrisa se le escapa.
Abro los ojos con asombro.
—¿Maestro acaso es adivino y no lo sabía?
Suelta unas carcajadas y levanta unas llaves.
—No soy adivino, pero si quien te va a ayudar, te llevaré a donde tú me digas.
—¡No, no! No puedo aceptar de verdad, no puede ser tan malo…
—Gabriela—su mirada se coloca seria—entiendo que te mudaste aquí, así que también entiendo que no conoces el dolor de cabeza que es andar en auto en esta ciudad en las horas pico.
—Sí, pero…
De que valdría no haberme ido con el papá de Noah, que el irme ahora con un maestro en mi primer día. Definitivamente no es lo debido. Mientras voy pensando como negarme amablemente, noto como vuelve a entrecerrar sus ojos al analizarme y vuelve a sonreír ahora marcando más su hoyuelo.
—Ahh, ya entiendo lo que sucede—se cruza de brazos—seguro estás pensando ¨qué inapropiado es irme con un hombre que ni conozco el primer día de mi trabajo¨ o ¨este hombre es una molestia, enserio no quiero irme con él¨.
—¿Qué? ¡No! ¡Jamás! Es lo primero, no quiero que piensen mal de mí, no quiero que usted piense mal de mí, es solo. es solo… —las palabras salen alborrotadas de mi boca, lo miro no tiene una expresión enojada, diría que ahora mismo tiene una expresión juguetona, como si disfrutará verme nerviosa.
Enarco una ceja y me relajo un poco.
—Maestro ¿Acaso está disfrutando de verme nerviosa?
Levanta ambas manos en señal de rendición.
—Me declaro culpable su señoría—ambos nos reímos.
Nos reímos unos segundos y el ambiente se relajó. El silencio que siguió ya no fue incómodo, solo… inevitable. Vuelvo a mirar la pantalla de mi celular; ningún taxi disponible a menos de veinte minutos.
Aprieto los labios.
—Esto es absurdo —murmuro más para mí que para él.
Harris inclina un poco la cabeza, observándome sin apurarme.
—Mira —dice al cabo—, no tienes que justificar nada. Si te incomoda, lo dejamos aquí. Pero si te sirve… la moto está afuera, el casco también, y prometo llevarte directo a casa. Solo quiero ayudar a alguien en apuros.
Lo miro. No hay insistencia en su tono, tampoco expectativa, sinceramente solo quiere ayudarme.
Exhalo despacio.
—Solo hasta mi casa —accedo al fin—. Y… gracias.
Su sonrisa se ensancha apenas, como si no necesitara más.
—Hecho.
Salimos juntos del plantel. El aire de la tarde ya empieza a enfriarse y la escuela queda en silencio detrás de nosotros. La moto está estacionada cerca de la entrada; negra, discreta, sin nada llamativo, pero al mismo tiempo encajando perfectamente con su personalidad, libre. Harris me alcanza el casco y espera a que me lo coloque antes de subir.
El trayecto es corto. El ruido de la ciudad lo llena todo, el viento despeja mi cabeza y, por primera vez desde que llegué al trabajo, dejo de pensar en protocolos, horarios y primeras impresiones.
Cuando llegamos, reconozco de inmediato el edificio.
—Es aquí.
Harris se detiene con cuidado. Me bajo, e intento quitarme el casco, pero la correa se enredó con mi pelo.
—No puede ser—empiezo a forcejear con ella.
—No espera, vas a enredar más tu pelo rizo, déjame ayudarte.
Sin dejarme responder se acerca y empieza a desenredar el nudo de mi pelo en la correa con suma delicadeza.
—Ya casi… — ¡Listo! —toma el casco.
—Gracias otra vez —le digo—. Me salvaste hoy.
—Para eso estamos los colegas —responde, relajado—. Nos vemos mañana, Gabriela.
Asiento y espero que se retire para entrar al edificio, mientras me voy adentrando escucho unos correteos en el pequeño parque frente al recinto, sin imaginar que unos ojos verdes y unas pequeñas miradas me observaban con atención.
Al día siguiente, llegué al colegio con mayor familiaridad, aun me costaba ubicarme por el recinto, pero pude ponerme al día con el sistema y acomodarme en mi oficina. El murmullo de voces pequeñas, pasos apurados por los pasillos y el sonido distante del timbre me recuerdan que este lugar no se detiene por nadie, y por más planes que haga, la mañana se va entre visitas de los estudiantes y apariciones de la directora.
Editado: 15.02.2026