Teoría del Azul

CAPÍTULO 10

POV Enzo

2:34 a. m.

La casa está en silencio.

El tipo de silencio que solo existe de madrugada, cuando incluso el refrigerador parece respirar más despacio.

No puedo dormir.

Doy vueltas en la cama durante varios minutos más antes de rendirme. Me levanto, paso una mano por mi rostro y camino hacia la cocina sin encender las luces. La claridad azulada de la luna entra por la ventana y es suficiente para ver.

Abro la nevera.

El frío me golpea la cara y entrecierro los ojos al ver el brillo de la luz.

Sirvo agua en un vaso y me quedo apoyado contra el mesón, bebiendo despacio.

Intento no pensar, pero mi cabeza insiste en volver al mismo lugar.

La mañana.

Gabriela saliendo al pasillo con prisa, acomodándose el cabello mientras intentaba encontrar algo en su bolso. Aun así, se detuvo para saludar a los niños.

Siempre se detiene.

No importa si está apurada.

—Buenos días, caballeros… princesa.

Noah se había emocionado como si hubieran encontrado un tesoro.

Exhalo lentamente, y como si no fuera suficiente recuerdo mi brillante pregunta.

“¿Vas al colegio?”

Cierro los ojos un segundo, ante esa estupidez. Claro que iba al colegio, es su trabajo. Apoyo el vaso en la encimera e inmediatamente el recuerdo cambia.

El estacionamiento.

Ella abriendo la puerta del auto.

Mi mano.

Su mano.

Miro la mía ahora.

La giro lentamente bajo la luz tenue que entra por la ventana.

No fue nada, un gesto torpe de mi parte que no duró más de unos segundos, aun así…Cierro los dedos despacio, como si todavía quedara algo allí. El calor de su piel. Aprieto un poco el puño y luego lo suelto.

Tomo mi teléfono de la mesa y al desbloquearlo busco el mensaje. El video que me envió en la tarde, tardo unos segundos antes de volver a reproducirlo.

La imagen se mueve.

Noah aparece primero.

Está riéndose.

Una risa abierta, despreocupada, mientras sostiene algo que parece un dinosaurio dibujado con demasiadas patas.

Escucho su voz desde el altavoz.

—¡Mira! ¡Este es el más fuerte!

La cámara se mueve.

Sophia está sentada en el piso.

Tiene pintura en los dedos.

Y está riendo.

Parpadeo.

Sophia no suele reír así.

Levanta su hoja para mostrarla.

Dice algo que apenas se entiende, pero su expresión… sus ojos… sus manos agitándose, está emocionada.

¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo se expresa así?

El video sigue.

Noah discute que su dinosaurio puede vencer a cualquier cosa mientras Sophia protesta en su idioma pequeño.

Y entonces aparece ella.

Gabriela.

Está sentada en el suelo con ellos.

Tiene pintura en la mejilla.

Está diciendo algo que no alcanzo a escuchar bien porque Noah grita sobre su dibujo.

Pero ella se ríe, una risa suave, discreta. Natural.

Sophia la mira como si hubiera descubierto algo nuevo. Como si quisiera imitarla y es en ese momento que me quedo quieto observando la pantalla.

Un segundo más.

Dos.

Bloqueo el teléfono.

La pantalla se apaga demasiado rápido y el silencio vuelve a invadir la cocina. Trato de respirar hondo, paso una mano por mi cabello y salgo de allí.

La sala está en penumbra.

La luz de la calle entra por la ventana y cae directamente sobre el mueble donde está la fotografía.

La tomo.

Es una foto vieja en donde Noah apenas tiene un año, no llegaba ni a mis rodillas, mira a la persona a nuestro lado, ella estaba sentada entre nosotros, sostenía la mano de Noah con una sonrisa tranquila, como si el mundo estuviera exactamente donde debía estar.

Me dejo caer en el sofá.

Miro la fotografía.

—¿He hecho esto bien? —mi voz apenas rompe el silencio.

La observo unos segundos más.

—Noah creció rápido.

Mi dedo roza la esquina del marco.

—Sophia…

Me detengo.

Las palabras se quedan suspendidas mientras un nudo se forma en mi garganta.

—Sophia se parece mucho a ti.




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