POV Gabriela
La noche del viernes me recibió con ese silencio tibio que tienen los pasillos cuando todos ya están en casa. Ajusté el bolso en mi hombro mientras rebuscaba las llaves de mi departamento, moviendo papeles, un bolígrafo, un paquete de galletas a medio abrir… siempre lo mismo.
Fue entonces cuando, casi sin querer, levanté la mirada y coloqué mi vista en la puerta de al lado.
La del señor Miller.
Me quedé mirándola un segundo más de lo necesario. No lo había visto en todo el día. Tampoco a los niños. Ni siquiera me despedí. Una pequeña incomodidad me cruzó el pecho, ligera… como si hubiera olvidado algo importante sin saber exactamente qué. Generalmente el señor Miller me escribe para algo, pero este día no lo hizo, extraño.
Volví a mi bolso, más concentrada esta vez, y entonces los vi. Dos pequeños juguetes, uno de Noah que tenía forma de dinosaurio… y el otro, un pequeño conejito esponjoso, claramente, de Sophia.
No pude evitar sonreír.
—Pero ustedes sí que saben esconderse —murmuré bajito, sacándolos.
Los giré entre mis dedos unos segundos. Pensé en dejarlos para el lunes. Pensé en entrar ya a mi apartamento, quitarme los zapatos, olvidarme del mundo…pero no lo hice. Antes de poder pensarlo demasiado, ya estaba frente a la puerta de Enzo, tocando el timbre.
Un minuto.
Dos.
Nada.
Fruncí el ceño, dudando si insistir. Cuando levanté la mano para tocar de nuevo, la puerta se abrió de golpe. Y me quedé quieta, un poco sorprendida.
Enzo estaba ahí.
El cabello completamente desordenado, como si hubiera pasado la mano por él demasiadas veces. Primera vez que lo veo en pijama. El rostro un poco pálido…
Algo no estaba bien. Había algo sombrío en su expresión. Cansado. Enfermo.
—¿Se encuentra bien? —pregunté de inmediato, dando un pequeño paso hacia él.
Ni siquiera lo pensé. Mi mano se elevó sola, buscando su frente, supongo la costumbre de medir la temperatura de los niños así, pero él retrocedió bruscamente.
—¿Qué necesitas?
El tono me detuvo más que el gesto.
Parpadeé, bajando la mano poco a poco, tratando de ignorar ese pequeño golpe interno que no esperaba.
—Yo… —forcé una ligera sonrisa, mostrándole los juguetes—. Solo venía a devolver esto. Se quedaron en mi bolso.
Sus ojos bajaron a los pequeños juguetes y los tomó rápido.
Demasiado rápido.
—Gracias.
Y cerró la puerta.
Así. Sin más. Me quedé ahí unos segundos, mirando la madera frente a mí, todavía procesando lo que acababa de pasar, una mezcla de sentimientos me invadió y entre ellos la vergüenza y un poco de...decepción, la sonrisa se me borró despacio.
—Bueno… —murmuré, más para mí que para otra cosa.
Di media vuelta y caminé hacia mi puerta, despacio. Solté un gran suspiro y traté de cambiar mi forma de pensar.
Tal vez estaba cansado. Sí, eso tenía sentido.
Muy cansado…
El sábado por la mañana olía a café recién hecho y a calma. No hay nada más gratificante que un día de descanso bien merecido.
Me senté en la pequeña mesa de la cocina con mi taza entre las manos, disfrutando ese primer sorbo como si fuera un ritual sagrado. El sol entraba suave por la ventana, y por un momento todo parecía… en orden.
Hasta que vi el bote de basura.
Lleno.
Suspiré.
—Perfecto—bufé.
Me levanté, recogí las fundas y salí del apartamento tarareando una melodía que ni siquiera reconocía del todo. Algo alegre, ligero… como mi propio ánimo intentando mantenerse en ese estado, pero al bajar las escaleras, inevitablemente, mis ojos fueron a la puerta de al lado. La escena de la noche anterior volvió a mi mente sin pedir permiso.
Su voz.
Su mirada.
El portazo.
Fruncí ligeramente el ceño, negué con la cabeza, como quitándole importancia. No debo pensar demasiado las cosas, sigue con tus deberes Gabriela.
Salí del edificio ubicando donde están los contenedores de basura y entonces lo vi.
Enzo Miller.
También con bolsas de basura en la mano. Mi primer impulso fue acercarme. Saludarlo. Como siempre. Como si nada, pero al dar dos pasos hacia él… me detuve, algo en mi pecho hizo que me frenara ¿y si me ignora otra vez? Entre mis dudas me fijo en su rostro.
Se veía terrible.
Las ojeras marcadas, la piel pálida, el cuerpo ligeramente encorvado como si le pesara sostenerse. La preocupación llegó antes que cualquier otra emoción.
—¿Señor Miller se encuentra bien? —pregunté, acercándome.
Él me miró por unos segundos, pero sin ningún tipo de emoción. Solo fueron unos segundos que duró sin responder…solo mirándome. Luego como si hubiera resuelto una ecuación, asiente lentamente y empezó a caminar para irse.
Editado: 05.05.2026