Territorios Z: Apocalíptico ll

Interludio-II

Ignacio salió de su casa llegadas casi las tres de la mañana. El frío de la madrugada se le pegó a los huesos y ni siquiera su café fue capaz de calentarlo. Odiaba cuando lo llamaban de la oficina para atender problemas de un turno que no era el suyo… pero era lo que se ganaba por ser el mejor ingeniero de la empresa. Cuando todos sus compañeros no podían resolver algo, le tocaba a él sacar el trabajo adelante.

—Es urgente, Ignacio, si no vienes a resolverlo podríamos entrar en problemas con el cliente —le dijeron por llamada.

—¿Por qué no me dices simplemente qué es y te explico cómo repararlo? —contestó en medio de un bostezo.

—Sabes que las políticas de la empresa prohíben en su totalidad hablar de temas del trabajo por llamada. Es por seguridad y…

—Lo sé, Chuy, llego en media hora. —Y colgó sin esperar respuesta.

Al subir a su automóvil subió encendió el aire acondicionado a lo más caluroso posible. Odiaba el frío. Esperó a que sus manos se desentumieran y puso en marcha el vehículo. Le encantaba conducir de noche, pues no había tráfico en las avenidas y podía sentir el placer de hundir el acelerador y rozar los ciento cincuenta kilómetros por hora. No tuvo tiempo para ducharse, pero lo había hecho antes de dormir, así que no se preocupó por oler mal.

Cuando llegó a la caseta del estacionamiento empresarial, mostró su gafete y después de que le abrieran la pluma, entró casi a regañadientes. «Tú sabes que es culpa tuya, el contrato decía que deberías asistir a trabajar cuando se te llamara por urgencias… ¿para qué firmaste?», se dijo mientras descendía de su carro y usaba el elevador hasta el tercer piso.

Chuy lo esperaba al salir del elevador, con esas ojeras que sólo podía tener alguien que llevaba cinco años trabajando en el turno nocturno.

—Lamento hacerte venir…

—No te preocupes, para eso me pagan —le interrumpió.

—Mira. —Chuy tomó su computadora portátil del escritorio y se la mostró—. Estamos teniendo un atasco en la red. Algo está sobresaturando las puertas del servidor y no hay manera de filtrar los datos o redirigirlos por otra ruta.

—Claro que hay manera, ¿no te lo he dicho antes? —Ignacio tomó el portátil y comenzó a teclear comandos en la terminal.

—Soy ingeniero en mecatrónica, Nacho, sabes que yo me encargo de reparar las cosas físicas.

—Lo sé. —Ignacio era ingeniero en redes, el problema que los tenía del cuello era cien por ciento suyo.

—¿Puedes arreglarlo? El gerente no ha parado de llamar…

—Puedo, pero me tendré que quedar toda la condenada noche para verificar que no se vuelva a crear el cuello de botella.

—Gracias por el paro, yo te invito el café.

—¿Miguel no pudo arreglarlo?

—No vino hoy al trabajo.

—¿Y por qué no lo llamaron a él?

—Porque su contrato no dice que lo podemos hacer venir cuando haya problemas, el tuyo sí.

—Chingado.

Ni siquiera el café pudo hacer que Ignacio se mantuviera en pie. La noche anterior, antes de dormir, se había ido a entrenar al gimnasio, se sentía cansado y con muy poca energía. Fue hasta su oficina, enrutó de nuevo las redes, bebió de su café y esperó. Sus pensamientos comenzaron a consumirle la cabeza mientras veía en la pantalla los cientos de paquetes enviarse y llegar a los servidores. Había quedado con su novia de ir a desayunar juntos al amanecer, esperaba poder tener energía para cumplir con el plan, pero ahora parecía imposible, no quería ir con la cara llena de ojeras y con un sueño que parecían dos.

Sacó de su escritorio unos audífonos y puso un podcast en su celular para esperar a que terminara el turno. Le encantaba su oficina, era un cuarto con aire acondicionado, internet y una silla reclinable que le encantaba a su espalda. Nadie lo molestaba y eso le parecía maravilloso. Las personas en el programa que escuchaba hablaban de Flamante, el único tema de conversación de la última semana.

—No se quieran pasar de verga esta vez —dijo uno de los locutores—. ¿Qué quieren hacer ahora? ¿Un pinche ataque nuclear?

—No me esperaría menos de esa bola de perros —le contestó otro de los participantes—. Si tuvieron los huevos de explotar cada una de las maravillas del mundo, no me sorprendería que nos suelten una bomba atómica en la Ciudad de México, en cada capital de cada país.

—Ni me recuerdes lo que le hicieron a Chichen Itzá que, aunque esté vacunado me entra una rabia… —Todos los participantes del podcast soltaron una carcajada.

Y entre las palabras de los tipos y la comodidad de la silla donde se encontraba recostado, el sueño le fue ganando hasta que pudo con él. No estaba acostumbrado a desvelarse, y no dormir sus horas le causaba un dolor de cabeza que sólo podía erradicar durmiendo mucho. Las horas pasaron, los capítulos del programa en sus audífonos fueron terminando y empezando de nuevo, hasta que despertó.

«Puta madre», se dijo en cuanto abrió los ojos. En la computadora notó que todas las redes estaban fallando, los servidores no enviaban ni recibían paquetes. «Me van a matar.»

Se quitó los auriculares y sacó su celular para ver la hora. Estaba por ser casi la una de la tarde. Tenía cientos de llamadas perdidas de su novia Jessica, de su gerente y de sus padres. Intentó devolverles la llamada a todos, pero ninguno falló en mandarlo al buzón de voz. Tomó su laptop y salió corriendo de su oficina directo a la base de servidores, por más comandos que metiera en la terminal, las redes no se levantaban. Todas las salas de la empresa estaban vacías. «¿Hoy es un día feriado?», se preguntó. Era Día de Todos los Santos, pero su empresa sólo permitía no asistir el Día de Muertos. No tenía sentido que no hubiera nadie.




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