—No nos servirá de nada, Damián, entiéndelo, por favor. Ahora necesitamos sobrevivir. —Max cruzaba de nuevo la habitación que hacía de prisión, volvía sobre los pasos de Damián para ir a donde había visto a Kerkchack.
—Pero, pero… —tartamudeó—, pero escúchalos…
Los hombres que yacían encadenados y atados en las pequeñas celdas gritaban a todo pulmón que los rescataran, algunos dejándose la garganta en el acto. Se podía notar en cada alarido la desesperación que los envolvía, parecían cadáveres vivientes, llenos de muerte y horror. Todo el cuarto tenía un aspecto grotesco, lleno de óxido marrón y mugre negra. Y el olor, el olor era nauseabundo, una mezcla entre orina, mierda y sangre. No había ningún tipo de ventilación en el lugar.
Max se agachó sobre el cadáver del carcelero para quitarle la ropa que llevaba puesta.
—Cúbreme —le dijo a su hermano—. Nunca dejarían sola la base completa. Seguirá habiendo gente aquí.
—Max, voy a soltarlos. —Damián se inclinó sobre una puerta cerrada con un candado y estuvo a punto de detonar su arma cuando su hermano lo interrumpió.
—¡No gastes balas, idiota! —Ya se había colocado los pantalones y la camiseta, y forcejeaba para quitarle las botas al tipo muerto—. Tienen las rodillas rotas… al igual que sus codos —dijo con la voz quebrada—, estaban por hacerme lo mismo a mí, mierda, Damián, no sabes lo mal que está esta puta gente de la cabeza. Si vas a gastar una bala más te vale que sea en sus putas cabezas, porque si nos atrapan, si perdemos, lo que nos hará será mil veces peor.
—¡Mátame! —empezó a decir un tipo que antes gritaba “ayúdame”—. ¡Mátame, por favor! ¡Mátame!
Damián retrocedió dos pasos, incapaz de cometer tal acto.
—¿Ves que no es tan fácil? —Su hermano se incorporó tras abrocharse las agujetas. Vestía una chamarra de mezclilla azul con el interior de borrego blanco y unos pantalones también de mezclilla, pero que habían perdido su color hacía mucho tiempo—. Vayamos a la bodega de armas, ahí encontraremos munición para poder acabar con estos pobres bastardos.
Damián asintió y siguió de cerca a su sangre. Por un momento había pensado que lo recibiría con risas y abrazos, pero ahora se sentía estúpido por haber creído esas niñerías. Estaban en un mundo cruel, no había tiempo para cálidas bienvenidas o agradecimientos frondosos, necesitaban sobrevivir.
—Kerkchack estaba en la habitación de…
—Lo sé —interrumpió Max—, sé dónde se resguarda este hijo de perra. Y para matarlo necesitaremos algo que haga una gran explosión.
—¿Por qué? —Damián recordaba cómo parecía estar detrás de tan sólo una puerta de madera y una ventana media rota. Y la mujer. La horrible mujer que estaba con él debería seguir por el recinto.
—Ese cuarto se puede cerrar desde adentro con pesadas placas de metal, lo vi cuando me capturaron. Tan sólo unas granadas o un lanzamisiles podrá derribarlas. —Max cruzaba la puerta con sigilo y salía hacia las estanterías que Damián había examinado con anterioridad. En el lugar habían encendido algunas luces, las suficientes como para no permanecer en la completa oscuridad, pero no tantas como para iluminar bien cada rincón.
—¡Abajo! —gritó Damián mientras tomaba a Max de la chamarra y lo jalaba a cubrirse detrás de unos casilleros. Las balas sacaron chispas al chocar en el metal desgastado. Max soltó un pequeño quejido de dolor en cuanto cayó sobre sus posaderas y recargó su espalda en la cobertura.
—¡Están allá atrás! —se escuchó gritar a alguien, y después el sonido de varios pares de botas correr entorno a ellos.
El primero en accionar, como siempre, fue su hermano; se incorporó sobre sus rodillas y asomó medio cuerpo por su derecha, donde con una agilidad sorprendente apuntó con la pistola y dio tres tiros, de cuales ninguno fue certero, pues tuvo que volverse a cubrir otra vez por la ráfaga de balas que impactaron contra su posición. La mirada de desesperación que le hizo a Damián sólo le dejó claro que necesitaba de su ayuda para ganar. Damián primero asomó media cabeza por la parte superior, para ver de dónde disparaban, identificando así a cuatro enemigos. «Mierda», pensó un segundo antes de sacar su brazo completo y accionar el gatillo cuatro veces en dirección al bandido más cercano. Su hermano aprovechó el fuego de cobertura para correr hacia lo que antes fue un frigorífico de helados y cubrirse en él. Ahora tenían dos flancos por los cuales disparar. La distancia entre ellos y sus enemigos era de casi cuarenta metros.
Damián volvió a la carga, esta vez apuntando al tipo que tenía enfrente de él y que se cubría con poco más que resortes de varios colchones amontonados. «Es tela, es tela y metal viejo», se dijo cuando disparó tres veces directamente hacia la cobertura enemiga. Un grito ahogado le hizo saber que había dado en el blanco. «¿Cómo se te ocurrió cubrirte ahí, imbécil?» La ráfaga de balas de sus adversarios volvió a chocar con el casillero donde se cubría, pudo sentir cómo las balas movían el aire junto a él y levantaban pedazos de metal, concreto, y algodón. No sabían apuntar, lo tenía claro. ¿Y cómo iban a saber hacerlo? Si la mayoría de ellos habían sido personas comunes y corrientes como todos los demás, como él mismo. Tal vez recién hacía cinco años que usaron por primera vez una pistola o una ametralladora.
—¡Aguanta, Arthur! —gritó un bandido—. ¡Voy por…! —Sus palabras fueron arrebatadas de su boca gracias a la bala disparada de Max, que impactó en su cráneo y le hizo un agujero en la nuca del tamaño de una naranja, dejando detrás del cuerpo inerte una mancha roja llena de trozos de hueso y cerebro.