Territorios Z: Apocalíptico ll

32-Ejecución: Adam.

—¿Ella? —Pérez no estaba de acuerdo con la decisión que todos tomaron.

—Puedo hacerlo —Sarah se estaba amarrando entre las piernas y la intimidad el extremo de la soga improvisada que hicieron con cortinas de todas las habitaciones del hotel.

Bajaron tantos pisos como pudieron hasta quedar casi a ras del suelo y abrieron la ventana que daba a la calle, estaban a casi treinta metros de la acera. Se podía escuchar en la planta inferior todavía el gorjeo, las pisadas y las respiraciones entrecortadas de los zombis que dejaron atrapados tras la explosión que ocasionaron.

—Ella será más fácil de subir que cualquiera de nosotros si las cosas se complican. —Alan seguía mirando por la ventana, como si algo se les estuviera escapando.

—Pero ella no puede defenderse igual que nosotros. —No había manera de que Pérez estuviera de acuerdo, pero no importaba, todos votaron y la mayoría optaron por que fuera Sarah quien bajara.

—No hará falta que se defienda si los zombis se mantienen a raya con los restos del desdeñado. —Adam llenaba de balas un rifle de asalto, lo quería dejar listo por si necesitaba cubrir a Sarah... aunque de nada serviría, pues si algo salía mal la horda no tardaría ni un minuto en terminar con ella, pero el arma le daba más seguridad, falsa seguridad.

El plan era bastante simple: la bajarían con ayuda de las cortinas que tenía atadas al cuerpo, tomaría el trozo del desdeñado que estaba justo debajo de ellos en el exterior y con él llegaría hasta el helicóptero para sacar el radio y la antena. Una vez que tuviera las dos piezas volvería sobre sus pasos y ellos la auparían hasta hacerla entrar de nuevo por la ventana. Lo único que no sabían era si los zombis se mantendrían a raya del desdeñado incluso habiendo un humano. Se estaban jugando la vida de Sarah, aunque, de cierto modo, no tenían otra opción. Pronto los suministros de la habitación de los pilotos se acabarían y tendrían que bajar sí o sí.

—¿Está segura, señorita? —le preguntó Pérez mientras la tomaba de los hombros. Sarah tenía todavía los ojos hinchados y de vez en cuando una lágrima asomaba por ellos. Mientras se ataba las cortinas tenía la mirada perdida, sin luz, parecía que habían apagado su alma.

—Puedo hacerlo —se limitó a repetir. Cada palabra salía con un nudo.

—Mierda. —Pérez sacó de su mochila un kit de herramientas y se lo entregó a Sarah, le explicó dónde estarían las dos piezas que necesitaban y el cómo retirarlas—. Trate de no barrer los tornillos si están muy apretados. De igual manera no deberían estar tan duros, son puestos manualmente porque son componentes que se suelen quitar y poner a menudo.

Sarah asintió sin decir palabra y tomó el pequeño kit, que tenía una correa para poder colgarse en el hombro.

—Parece que puede funcionar —soltó Alan de pronto. Lanzaba pequeñas cosas por la ventana en dirección a los restos del cuerpo de la abominación para ver si las criaturas se acercaban en busca del origen del sonido, pero no lo hacían; lanzaban dentelladas de coraje y chillidos de frustración, pero no se acercaban—. Confío en que saldrá bien.

—Me jodería si no —dijo Pérez, quien tenía en sus manos un francotirador, listo para llevar a cabo la misión.

—Es momento, chica —dijo Adam. Le hizo ademán de que pasara hacia la ventana y estando allí la ayudó a subirse a la cornisa—. Aún estás a tiempo para arrepentirte.

—Puedo hacerlo —dijo en un susurro. Se quedó paralizada mirando los horrores que la esperarían abajo. El sol reflejaba destellos color miel de su cabello castaño claro. Estaba atardeciendo.

Adam la miró a los ojos y notó en ellos el miedo y la desesperanza que reflejaban. ¿Qué tanto tenía que sufrir un alma para perder la fe en la humanidad? Algunas demasiado, otras demasiado poco. Mikkel, Alan y Adam tomaron la cortina para empezar a bajarla una vez se hubo sentado en la orilla de la ventana. Sarah dejó escapar un pequeño grito ahogado en cuanto quedó suspendida en el aire, la cuerda improvisada se tensó y comenzaron a dejarla caer poco a poco mientras se agarraba de los adornos, cornisas y pequeñas grietas que había por toda la pared.

—¡¿Qué carajo está pasando allá abajo?! —gritó Alan. Los zombis se empezaron a mover como hormigas de un lado a otro entre chillidos y gritos de desesperación en el momento en que vieron a Sarah. Querían devorarla.

Adam y Pérez eran los únicos que tenían visión hacia afuera, pues los dos estaban en la ventana; uno sujetando las cortinas y el otro apuntando con el francotirador.

—Esta mierda va a salir mal —resopló Pérez.

—A pesar de que la vieron siguen sin acercarse a los restos. Va a salir bien. —Adam intentaba formular algún tipo de rezo en su mente, pero no lo lograba. «Por favor, por favor», se limitaba a decir.

En un momento dado Sarah miró hacia arriba, directo a los ojos de Adam, pero no se dijeron nada, tan sólo ella frunció los labios. Justo debajo de ella se encontraba el resto del desdeñado, exactamente donde iba a tocar tierra. A su al rededor todos los zombis se empujaban entre ellos, pero en cuanto alguno entraba en el radio donde el trozo del desdeñado les causaba repelo salía disparado hacia atrás, huyendo. «¿Qué mierda les causará esa reacción?», se preguntaba Adam. Los gritos y chillidos aumentaron en intensidad cuando por fin la chica tocó el suelo.




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