Territorios Z: Apocalíptico ll

Interludio-III

Las provisiones llegaron, pero eran muy pocos soldados como para poder realizar un ataque exitoso. Según la información que había logrado descifrar, en la isla había cerca de doscientos habitantes, entre ellos soldados, científicos y gente importante del gobierno. Pero seguían siendo números inexactos, pues las carpetas contenían información vieja, de dos meses antes del atentado.

—Aquí hay sólo dos opciones, jefe: nos esperan muertos, o nos matan al llegar.

—¿Esa es tu manera de pensar, Johnson?

—¿Cree usted acaso que nos recibirán con un cartel de bienvenida? Somos trescientas personas, incluyendo niños. No todos saben usar un arma.

—¿Quieres callarte y rezar un momento? —Nick tenía entre sus manos un rosario, el mismo que le salvó la vida el día del ataque a la base militar de Colorado.

—Sabes que tus rezos no nos llevarán a ninguna parte, Anderssan. —John se levantó de la butaca de la iglesia y salió enfurecido, dejando tras él un eco estruendoso causado por sus botas militares. El templo estaba vacío, tan sólo Nick estaba de rodillas frente al altar, con los ojos cerrados.

Cuatro años habían pasado desde la muerte de Collen, y su gente había perdido la esperanza por completo, pero él no. Anderssan rezaba día y noche, como esperando a que un milagro sucediera. Ya tenían los aviones, los suministros, las armas, y la mayoría a sus familias reunidas, al menos aquellos que no las perdieron, pero faltaba una cosa, tan sólo un detalle que para Nick significaba el mundo entero: una señal divina para saber que era momento de partir.

Tras durar casi una hora de rodillas, se levantó y encaminó hacia la pequeña sala de confesiones, donde un soldado del gobierno yacía atado a una cruz con cadenas y alambres de púas. Al verlo llegar, el pobre hombre comenzó a bufar, pues tenía la boca cosida con hilo y ambas rodillas rotas; verlo significaba más tortura.

—¿Me dirás ya cuántas personas están en el Éxodo? —le preguntó de manera serena, bajando la voz, respetando la casa de Dios. Lo habían capturado hacía quince días. Alimentarlo les estaba costando comida valiosa, no debían mantenerlo ni una noche más.

El tipo afirmó con la cabeza. Las lágrimas corrían desesperadas de sus ojos enrojecidos y agotados. «La voluntad es fuerte, la creación de Dios es hermosa.» Nick siempre se maravillaba de lo que la fe era capaz de hacer. Sacó de su bolsillo una pequeña navaja y cortó una vez más los hilos de la boca del tipo, quien dejó salir un bufido lleno de saliva y sangre, escupiendo un poco en la ropa de Anderssan. «No podremos volvérsela a coser», pensó al verle los jirones de piel que antes habían sido sus labios. Era la cuarta vez que probaban el hilo y la aguja. La última ocasión ya ni siquiera se había esforzado en abrir la boca, el pobre hombre sabía que era inútil, y después de golpeado en la espalda con una tabla llena de púas cualquiera cooperaba.

—¿Cuánta gente hay en el Éxodo? —repitió con voz firme y cansada. Hasta él estaba agotado. Lo único que lograba con los rezos era tener más paciencia. “La paciencia es virtud de sabios, pequeño”, le había dicho en una ocasión el pastor de la iglesia a la que iba cuando era niño.

—D-dos mil —gimió el tipo.

—¿Te atreves a mentir en la casa de Dios? —Con la misma navaja con la que le abrió la boca le cortó la ceja completa, quitándole el pequeño pedazo de piel que parecía una pequeña oruga peluda. «Nos hiciste frágiles para aprender a cuidarnos, Dios.»

—No sé qué es el É-éxodo, Nick —tartamudeó. Lo peor es que era muy probable que fuera cierto. Si tenían las carpetas tan ocultas iba a ser imposible que un simple soldado supiera de qué se trataba.

—¿Cuántas personas hay en el Pentágono?

—Había casi s-s-seis mil antes de marcharme a patrullar. Lo juro por Dios, Nick. —La bofetada que le dio hizo que un trozo de labio saliera disparado al suelo, después un gemido hizo que se levantara un eco aterrador por todo el templo.

—No te atrevas a jurar en su nombre, idiota.

—Lo juro for fi fadre —susurró, la falta de labio superior lo hizo pronunciar mal las palabras.

—Está mejor así —le dijo. Cerró un momento los ojos y recitó una plegaria—. ¿Qué trama el gobierno? —Estiró una mano hasta acariciar el rostro del sujeto. Tenía los dedos llenos de sangre seca. «Dios sabe que es por una buena causa, él cree en la justicia.»

—La frioridad es fuscar a la fafilia Williafs. Intentan encontrar a alguien infune, a alguien que no haya sido infectado fara crear una cura.

—Eso lo sabemos bien, hijo, dime algo importante, algo que pueda hacerte llegar con rapidez al reino de los cielos. —Nick se dio la vuelta y sacó con su mano derecha un cuchillo y con la izquierda una pistola. Ambas armas estaban atadas a un arnés que colgaba de sus hombros—. Decide. —Le mostró las armas como si se las estuviera ofreciendo. El pobre hombre tan sólo gimoteó y se encogió como pudo sobre sí mismo. El miedo que reflejaban sus ojos era abrumador.

—No lo sé... —dijo después de meditar un largo rato. Lloraba como un niño pequeño.

—Cuando veas al creador, háblale de mí —le dijo Nick. Lo tomó del cabello y le jaló la cabeza hacia atrás para empezar a cortar el cuero cabelludo. Mientras los gritos adornaban cada estatua de yeso y entrechocaban con la hermosa cristalería, Anderssan podía sentir cómo el cuchillo raspaba el hueso. Se sentía igual a estar cortando madera con un serrucho. La sangre cálida le escurría por las manos. Pronto los gritos comenzaron a enfadarlo, y apenas había llegado a la mitad de la cabeza, era difícil cortar cuando cada sacudida hacía que se le soltara el cuero de las manos, por lo que decidió sacar de nuevo su pequeña navaja e introducirla una y otra vez en la boca del soldado. La sensación era extraña; en ocasiones el filo entraba blando y sin complicaciones, pero en otras a tropezones, cada vez que chocaba con los dientes. Eso en vez de callarlo hizo que gritara más fuerte, sonidos ahogados horripilantes. «Jesús sufrió también por nosotros, esto purificará tu alma», se decía mientras cortaba el último trozo de cuero cabelludo. El tipo sacudía la cabeza de un lado a otro, como queriendo quitarse algo de encima.




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