—Llegaremos en un par de horas —les dijeron por el radio.
La instalación de la antena y el radio fue fácil, lo que les complicó la vida fue quitar los escombros de la puerta (o lo que quedaba de ella) superior. Además, se turnaron una hora Pérez y Adam para vigilar el edificio contiguo, desde el que les habían disparado con anterioridad.
—Se han ido —mencionó Pérez cuando su turno terminó.
Fue un milagro que la batería de la aeronave funcionara, pero duró sólo lo suficiente como para comunicarse, lo que necesitaban.
Cuando el helicóptero del Pentágono llegó ya tenían todas las provisiones listas en la azotea para transportarlas, y Alan se encargó de vaciar un bidón de gasolina en la habitación de los pilotos para prenderla fuego. “Que no quede evidencia de lo que pasó aquí”, fue lo que dijo cuando todos le espetaron que era una mala idea desperdiciar así el combustible.
—No había rastro de tiradores en la cima —le dijo el piloto a Pérez—, pero gracias por la advertencia.
Pérez se limitó a asentir y encenderse un cigarrillo.
—¿Por qué no habías fumado? —le preguntó Mikkel.
—No quería que se me terminara la cajetilla. Ahora que nos rescataron, sé que habrá más.
Se elevaron al vuelo y el camino a Washington D.C. fue corto, demasiado corto, pronto se encontraron aterrizando en el helipuerto en el centro de las oficinas.
—Síganme —dijo el piloto cuando descendieron.
Los condujo al interior de la zona este y atravesaron decenas de pasillos. Las personas que estaban atentas en sus escritorios los miraban como si fueran cadáveres vivientes.
«El país está hecho una mierda, y ellos siguen vistiendo ropa limpia y duermen en camas cómodas», pensó Adam al verlos. Se sentía como un animal en exhibición. La mayoría de imbéciles con corbatas y trajes planchados, y él y su grupo con harapos y llenos de polvo hasta la frente. «¿Cuándo fue la última vez que me duché?» El olor a limpio del lugar le empezaba a ocasionar contraste con el olor de sus axilas. Allá afuera no se tenía que preocupar por eso. Todo apestaba a podredumbre, sobre todo las ciudades, aunque era un olor al que ya se había acostumbrado, como cualquier superviviente.
—Esperen aquí —les dijo Pérez cuando llegaron a una puerta en la que había una lámina con el nombre “Bill Whitewood.”
—No —protestó Adam—. Entraré contigo.
—Como quieras —dijo echándole un vistazo sobre su hombro—. No digas estupideces.
Adentro estaba un tipo de pelo cano con la barba y el bigote blanco perfilados perfectamente. Yacía sentado detrás de un escritorio y parecía anotar cosas en una libreta. Llevaba un uniforme militar de alto rango sin ningún rasguño. «¿Por qué será?», se preguntó Adam mientras intentaba disimular una sonrisa. Ese tipo de gente vivía dando órdenes desde su oficina, mientras los verdaderos soldados se mataban allá afuera. Miró la ropa manchada de Pérez y soltó un suspiro.
—Regente Whitewood señor. —Se llevó la mano a la frente, saludando.
—¿El sargento Jobs ha partido a España? —preguntó sin levantar la vista de sus documentos.
—Así es, señor. He perdido a todo mi equipo para que así fuese.
—Serán recordados por lo que hicieron. Le prometo que el sargento Jobs volverá con la cura.
«Ni siquiera él se sabe sus nombres.»
—Estoy seguro de que así será, señor. Tengo… algo nuevo.
Bill levantó la vista y puso su atención en Adam.
—¿Es un inmune? —Regresó su vista a los documentos.
—No, señor…
—¿Entonces por qué lo has traído?
Adam apretó los puños.
—No ha venido solo, lo acompañan otros dos supervivientes y…
—Esta es una zona militar, oficial Pérez. Ellos tienen prohibida la entrada. Si quieren refugio, es a las afueras, tienen que registrarse…
—La universidad de Harvard sigue en pie. He traído a la hija de Joe —dijo Adam, callando al regente. Estaba harto de su arrogancia.
Whitewood se quedó paralizado, cerró la libreta donde escribía y se puso de pie.
—Háganla pasar.
Sarah entró con timidez, cojeando con ligereza, manchada de sangre, tierra y polvo. Se puso frente al escritorio, entre Pérez y Adam.
—Mi nombre es…
—Sarah McCurthy, hija de Joe McCurthy, niña. —El regente se adelantó hasta ella y la abrazó—. No hemos tenido contacto con ustedes desde…
—Las detonaciones —interrumpió Adam—. ¿Siguen creyendo que fue buena idea?
Bill le dedicó una mirada amenazadora y le hizo un gesto a Pérez para que se lo llevara.
—Ven —le dijo, tomándolo del hombro—. Esto no nos concierne.
—¿No? —Se zafó de un manotazo—. He traído a la niña hasta acá. Merezco saber tanto como los demás.
—Adam… —Alan llegó desde atrás—. Nos contarán todo, déjalos charlar en paz.
Miró a todos a los ojos, como esperando algo más, pero la respuesta llegó cuando Sarah le dedicó una sonrisa y asintió con delicadeza. Adam salió sin decir palabra, detrás suyo iba Pérez. En la puerta se encontraba una mujer y dos niños, parecía nerviosa.