Territorios Z: Apocalíptico ll

35-Luz: Sammuel.

Sammuel flotaba.

Hacía años que no se había sentido así, que no había tenido ese tipo de sueños. ¿Estaba soñando? ¿O así se sentía la muerte? Si estaba muerto, sentía una gran decepción en el pecho. «Vaya mierda es morirse», pensó. Pero si había logrado pensar significaba que estaba vivo. ¿Cómo? Se sentía en una nebulosa, en un lugar difuso, confuso y lleno de negrura, pero no la negrura que se ve cuando cierras los ojos, no, el mar en el que se encontraba no tenía fosfenos, simplemente... era negro. Un silencio absoluto lo embargaba, no lograba escuchar nada, parecía haber perdido los tímpanos.

En la radio habían dicho que la bacteria era capaz de hacerte alucinar con sueños raros, como los que dan cuando tienes fiebre. Era la reacción del sistema inmunológico conteniéndola, impidiendo que infectara el cuerpo. Por eso la única manera de infectarse era mediante contacto con la sangre, ya sea en una herida abierta o por los orificios corporales. El cuerpo era bastante capaz de defenderse si se inhalaba, a excepción de las esporas que expulsaban ciertos infectados mutados tras las explosiones nucleares. Pero los sueños y alucinaciones sólo sucedían los primeros días que inhalabas la bacteria, ya habían pasado cinco años, ¿por qué estaba soñando así?

«Guillermo», pensó. El nombre llegó a su cabeza como un rayo tocando suelo. El anciano, el viejo con el perro que lo encontró en la nieve. Era verdad, estaba muriendo en aquel momento.

«Entonces sí estoy muerto», se dijo. ¿En la muerte podía recordar? Entonces era una basura, pasaría toda la eternidad perdido en su mente, recordando cada mierda que había hecho. Aunque no era tan fácil... ya ni siquiera recordaba el rostro de la gente que había matado, de cada hombre y mujer... de los niños... «Los putos niños de mierda, los putos niños», se decía. Estaba sollozando en su sueño, en su muerte. Si muerto se podía llorar, se pasaría la eternidad derramando lágrimas. ¿Qué tanto no había hecho? ¿Qué tanto había hecho? ¿Cuántos errores y aciertos había cometido? «Pero Guillermo me dijo que estaría bien, me lo dijo, me lo dijo mientras me arrastraba por la nieve.» El perro de Guillermo había lamido un poco de su sangre del rastro que estaba dejando por el suelo, igual que una babosa deja baba detrás suya. La nieve bajo su paso se tornaba color carmesí, aunque bajo la luz de la luna sólo se veía negra. Recordó los ojos amarillos y brillosos del animal, y el olor a orina de Guillermo. «No puedo estar muerto si recuerdo todo esto.» Los recuerdos después de haber sido arrastrado se volvieron más difusos; recordó haber llegado a una estructura grisácea que bien podría ser un edificio, después haber visto una luz intensa sobre su rostro, ¿el sol? ¿o una lámpara? Después un dolor punzante en el abdomen y finalmente oscuridad, la misma en la que se encontraba en ese momento.

Y con la soledad, la falta de vista y el silencio llegó el miedo. Sentía que temblaba, pero no era él quien lo hacía. También tiritaba de frío, y podía sentir el recorrido de las lágrimas sobre su rostro. «¿Dios me está castigando?», se preguntó. Tenía bastante sentido. Después de haber matado a tanta gente, ¿cómo se le podría ocurrir que iría al paraíso? Si es que existía, claro, él siempre había dudado mucho toda su vida. Y si donde se encontraba era el infierno... mierda, también estaba bastante decepcionado. Esperaba encontrar en él al tipo que asesinó a su padre, también a Thomas Collen y a Eduard, mierda, ¿qué habrá sido de Eduard? El chico que siempre presumía ante él cada cosa lujosa de su vida en busca de aprobación, y que todos sospechaban que había asesinado a su propio padre para heredar su empresa de petróleo. Había esperado ver a todos arder en el infierno a su lado, a cada uno de ellos, en esos ríos de fuego y lava que en tantas historias y religiones se hablaba. Pero todo era negro allí, en su infierno personal. «¿A la gente malvada le atormentará pensar todo lo que ha hecho tanto como a mí? Pero... ¿yo soy bueno? ¿En qué momento he sido bueno? Si he matado también a mucha gente, a niños...» Siempre recaía en lo mismo: los niños. Había asesinado a dos niños inocentes... y uno de ellos todavía ni siquiera había nacido. Merecía estar donde estaba, eso se repetía a cada instante.

Y flotando en esa realidad sintió que las horas y los días pasaron, lentos, difusos y carcomiéndose la mente con cada pensamiento destructivo. El tiempo corrió, y Sammuel como no queriendo, quería alcanzarlo para desvanecerse de una vez por todas. Era la peor tortura que podía tener; pasar tanto tiempo a solas con su mente. Pero en la oscuridad que lo envolvía, pronto se dejó ver algo, por fin, después de lo que le parecieron semanas, logró divisar algo en el fondo. Sammuel se aferró a esa luz, se estiró para alcanzarla, podía sentir su calor y rozarla, y de pronto también el sonido que emitía. Se sintió mareado, el regreso de sus sentidos hacía que se le revolviera la mente y el estómago. «No estoy muerto», se dijo con asombro. Pero con ese pensamiento llegó la culpa también. «Sigo vivo... mierda... sigo vivo.»

Escuchó susurros, la luz se hizo más intensa, un dolor horripilante le apretó la panza y se la estrujó como si lo hubieran mordido y tiraran de él. Y con un ladrido abrió los ojos.

—¡Ayuda! —gritó al momento en que se incorporaba estrepitosamente, tumbando una bandeja que tenía encima suyo y chocando con la lámpara que colgaba sobre su cabeza. El golpe lo hizo volver a caer sobre la cama, pero lo peor fue el dolor que atravesó su cuerpo desde el abdomen hasta la cabeza. La agonía lo hizo toser y revolcarse, y mientras más se movía más se abría la herida. Los ladridos horripilantes del perro le taladraban la cabeza y su primer pensamiento fue asesinarlo, arrancarle la maldita lengua y darle un tiro entre los ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.