El sargento Michael trotó junto a Jameson, Martin y William mientras seguían de cerca el pelotón de Luis Barón. Los disparos tronaban por todos los puntos cardinales de la gran fortaleza de Madrid, que se extendía kilómetros y kilómetros a la redonda. No se podía ver la muralla contraria desde la cima de una. La ciudad era inmensa, gigante, era increíble cómo habían logrado mantener la zona segura tan basta. «Quizá medio millón de personas vivan aquí —se dijo—. Serán medio millón de zombis más si no logramos contener a la horda.» De cierta manera Michael se sentía culpable por lo que estaba pasando. Pareciera como si a cada lugar al que iba la desgracia lo acompañara, tal vez era el precio por buscar respuestas.
Los estaba esperando un grupo de camiones militares, a los que subieron de un salto en cuanto llegaron y arrancaron a toda velocidad hacia la muralla norte, justo por donde salieron en busca de la familia Williams. La misión era simple: defender Madrid, lograrlo sería lo imposible. Michael pensó en la manera en que atacarían los zombis ahí, teniendo en cuenta ese tipo de inteligencia que habían desarrollado. ¿Quiénes eran las criaturas que las controlaban? ¿Y cómo lo hacían? Parecía imposible que esos monstruos tan grotescos fueran capaces de tener una pizca de conciencia.
Cuando el camión frenó todos se chocaron entre sí, causando varios bufidos de descontento. Casi todos los soldados descendieron con prisa, a excepción de Barón, quien detuvo con su mano al equipo de Michael.
—Vibra —les dijo mostrándoles un guante que tenía dos botones en la palma, del lado del pulgar—. Código morse. Primer botón hace un pitido corto, el segundo uno largo. —Le dio a cada uno un guante, el de la mano derecha—. Estén atentos, y cualquier mensaje que den lo escuchará todo el pelotón. —Después apagó el parlante y se lo movió hacia la espalda como si fuera una mochila.
Cuando Michael se quitó su guante militar y se colocó el de España no tardó ni diez segundos en sentir la vibración de la que Luis habló, era casi un choque eléctrico, como un chispazo que causaba un pequeñísimo calambre, nada molesto, pero notable. “Valla B-16”, decía el mensaje. Luego llegó otro: “Puerta D-3”, y el último al que prestó atención real: “Ayuda A-26.” Notó que cuando se estaba recibiendo un mensaje él no podía presionar los botones hasta pasados dos segundos de la última vibración recibida, así se impedían interrumpirse. Aunque parecía ser algo que sólo usaban en casos específicos.
Cuando dio un salto hacia afuera por fin pudo notar el sonido de los gritos y chillidos tras la muralla, lo que le erizó los vellos de los brazos.
—Vamos a morir en España —soltó Martin—. Mierda.
—Si sigues con esa mierda, te mataré yo mismo. —Jameson dio un empujón a Martin y lo obligó a ir hasta el frente.
Tras las vallas de metal se podían distinguir los cientos de zombis, amontonados y empujando el metal con intención de derribarlo. Algunos incluso intentaban subirse sobre otros para alcanzar la cima, pero su esfuerzo era inútil; caían apenas se ponían de pie sobre los hombros o cabeza de su colega zombi, las criaturas tenían el equilibrio suficiente para ponerse en pie, sería imposible que hicieran algún tipo de estructura humana, sin embargo, por alguna estúpida razón que Michael no entendía parecía que eso era lo que querían hacer. ¿Cómo?
La batalla estaba en su fulgor cuando llegaron hasta la cima de la valla. “Atacar”, decía su guante. Y eso hicieron los norteamericanos. Los disparos salieron de sus armas a ráfagas; apuntaran a donde apuntaran, las balas siempre impactaban en algún enemigo. A diferencia de los zombis de Estados Unidos, ahí en España se movían en conjunto, como una parvada de pájaros o una estampida de antílopes, era algo bizarro de presenciar. Por primera vez en los cinco años sintió que estaba matando a algo pensante, a humanos...
Toda la calle estaba repleta de muertos vivientes, de izquierda a derecha hasta donde la vista le alcanzara, rodeando toda la valla. Sin embargo, al frente de ellos, después de cientos de zombis, se alzaban los edificios llenos de musgo, enredaderas y de grietas, y en su cima, perdiéndose casi con los últimos rayos del sol, había varias siluetas. No sabría decir cuántas, pero era claro que mínimo una docena de personas estaban la cima, a unos trescientos metros de distancia. ¿Quiénes eran? ¿Aquellas criaturas de las que hablaban? ¿Por qué estaban ahí en ese momento? Tantas preguntas comenzaban a distraer a Michael, quien sin caer en cuenta seguía apretando el gatillo a pesar de que su arma ya no tenía balas. Sacó el cargador vacío y colocó uno nuevo. Los disparos continuaron mientras en su guante sintió una vibración: “Puerta A-02”, decía el mensaje. Un gran estruendo se hizo notar por encima de las detonaciones cuando los zombis derribaron la puerta que mencionaron, a menos de doscientos metros de su posición.
Luis Barón llegó corriendo hasta ellos y con gestos de sus manos les indicó que lo siguieran. Mientras avanzaban, Michael notó que los zombis también corrían hacía la misma dirección, yendo al lugar donde ahora había un hueco, los vellos de la nuca se le erizaron, tenían un ápice de inteligencia. Trotaron hasta llegar a la abertura, donde cientos de zombis se amontonaban para intentar pasar, chocando entre ellos y empujándose. Uno de los soldados, tal vez el más idiota, creyó que era una buena idea lanzar una granada exactamente en la puerta. La explosión hizo retumbar toda la valla metálica y ocasionó que se derrumbara el marco de la entrada, llevándose al suelo junto con ella gran parte del alambrado. “Imbécil”, vibró en su guante. A pesar de no saber mucho español, sabía bien lo que esa palabra significaba.