Territorios Z: Apocalíptico ll

37-Carretera; Damián.

—¿Cómo fue que te mordió?

—Estaba recogiendo huevos del corral cuando llegó corriendo hacia mí. —Damián pasó por encima del cadáver y continuó metiendo provisiones en la bolsa que llevaba entre manos—. Intenté refugiarme aquí, pero son muy rápidos, Max, tenías razón.

—¿Qué sentiste? —Su hermano cubrió el cuerpo con una sábana. El olor los estaba mareando. Habían vuelto a casa para tomar todo lo que pudieran para su viaje.

—No quiero recordarlo. —De tan sólo pensarlo empezó a sudar de la frente y las manos.

—Bien. —Su hermano bajó con unas tijeras de jardín para cortar las últimas frutas de los árboles de la granja y los invernaderos.

Damián siguió recogiendo latas, recipientes con comida congelada y botellas de agua. También metió en las bolsas cobijas, ropa para los dos, kits médicos e higiénicos. En un mundo normal un viaje a Washington desde Atlanta podría tomarles unas diez horas, pero ahora había cientos de autopistas tapadas, bloqueos y desviaciones. El tiempo en carretera se podría extender días.

Subió a su habitación para tomar algunas cosas personales: su reproductor de música, sus audífonos y una foto de su familia. Tal vez nunca volvería a casa… y eso lo llenaba de melancolía. Fueron esas paredes las que lo vieron crecer, en las que compartió risas y llantos con su mamá y su papá. Para avanzar tenía que dejar muchas cosas atrás, y eso le daba mucha rabia. ¿Por qué siempre tenía que ser tan difícil? Damián constantemente llegaba a la misma conclusión: la vida de manera continua intenta probar tu valor. Tal como lo hacía con él cada vez que respiraba o parpadeaba. Le encantaba vivir... pero le daba mucho miedo.

Bajó y se encontró a su hermano terminando de empaquetar las últimas cosas, estaban listos para partir. Tomarían la camioneta de su padre y echarían en el cajón trasero todas las provisiones. El camino iba a ser largo y las carreteras peligrosas, sobre todo en invierno. Oscurecía más temprano y eso sólo significaba peligro. Y a pesar de que la noche estaba bien entrada, no querían perder más tiempo. Puede que algunos bandidos hayan sobrevivido, y en el mundo que vivían parecía que la venganza era lo único que movía a las personas. Y tenía sentido, claro, si ya habías perdido todo ¿qué te impedía ir por aquellos que te lo arrebataron? La mayoría de la gente que habitaba el planeta tan sólo seguía viviendo por eso. Por venganza.

Ambos tiritaron de frío cuando salieron de la casa. Recargaron tantas baterías portátiles como pudieron antes de dejar la electricidad de su hogar y subieron galones de gasolina. Damián rezaba tanto como recordaba para que nunca tuvieran que bajarse del auto hasta llegar a Washington… pero sabía que sus rezos eran inútiles. Según su hermano le había dicho, casi el cien por ciento de las carreteras estaban obstruidas con kilómetros y kilómetros de tráfico de autos destruidos y absorbidos por la maleza.

—¿Estás seguro, Damián? —Su hermano sabía bien sobre su miedo irracional, a final de cuentas, tras la pérdida de sus padres fue él quien cuidó de Damián, y quien lo defendió de los demás pobladores cuando lo insultaban por no querer salir a las exploraciones.

—Sabes que no, Max, pero tenemos que hacerlo. Ya no es seguro quedarnos aquí. —«Quedémonos, por favor, vuelve a defenderme de los bandidos y de los zombis cuando vengan por nosotros, no hay que ir, estamos a salvo aquí, no vayamos a ningún lado.»

—Está bien. Entonces, andando.

Max encendió el automóvil y los faros delanteros iluminaron la oscuridad que los rodeaba, las pequeñas casas frente a ellos, y más adelante, las ramas y las hojas de los pinos que conformaban el bosque. Damián cerró los ojos ante el tétrico panorama. Las sombras proyectaban formas tenebrosas y escalofriantes. Podría ser ese el aspecto de una de las mutaciones de las que los viajeros hablaban cada vez que pasaban por la aldea. Odiaba que llegaran supervivientes. Sabía que la gente era mala, sabía lo que algunos supervivientes eran capaces de hacerle a otros. Pero… algunos a veces tenían cosas buenas consigo. Como la vez que logró intercambiar granos de café, o la vez que a cambio de frutas frescas le dieron un kit de herramientas que no encontraban en ningún lugar. Aunque lo peor de ellos a veces provenía de sus bocas cuando contaban los horrores que habitaban allá en el exterior. «Por favor, que no nos topemos con ninguno de esos monstruos», se dijo mientras el carro comenzaba a avanzar por el pavimento.

—Quería subir hasta Tennessee para después tomar una autopista más directa hasta Washington —comenzó a decir su hermano—, pero recordé que un superviviente de Nashville me dijo que evitara ese lugar a toda costa. Una de las bombas nucleares detonó allí… y dijo que se convirtió en un lugar demasiado peligroso.

—Cualquier lugar es peligroso ahora, Max. —Damián se entretuvo viendo el cielo nocturno. Se había despejado por un momento y podía ver las estrellas y las constelaciones a la lejanía.

—Siempre las cosas se pueden poner peor… digo, evitemos tanto conflicto como podamos. —Le echó un vistazo de reojo y pisó el acelerador a fondo.

Las horas pasaron. El lugar donde nació y creció pronto quedó a su espalda y la gran masa oscura que conformaba la ciudad de Atlanta se hizo cada vez más pequeña hasta desaparecer. Hacía frío dentro del coche y el aire acondicionado no funcionaba. Pronto las narices de ambos se tornaron rojas.

—¿Recuerdas esa navidad donde habías pedido un reno como regalo? —Max comía una galleta rancia de granola.




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