Territorios Z: Apocalíptico ll

38-Casi; Michael.

Michael llegó hasta donde se encontraba el general De Luque y lo tomó del cuello. Alrededor de ellos los disparos detonaban sin cesar, pero aún por encima de todo el estruendo la voz del sargento se hizo notar.

—¡Tenemos que ir a su oficina! ¡Ya! —gritó sin darle opción a elegir, empujándolo hasta donde habían aterrizado el helicóptero.

—¡Haré que los maten por esto! —chilló Guillermo cuando lo lanzaron a uno de los asientos.

—No creo que sobrevivan a esta noche —le dijo Jameson mientras se sentaba a su lado y lo oprimía con su cuerpo.

—¡Vámonos! —ordenó Michael al piloto.

El helicóptero llegó hasta la base principal y Michael bajó al general de un empujón. Haciéndolo caer al suelo.

—Hemos hablado con esas criaturas —le dijo Jameson en cuanto apagaron el motor de la nave. Bajó de un salto y se acuclilló al lado de De Luque.

—Hijos de perra —maldijo mientras bajaba la mirada—. ¿Qué les han dicho?

—Hable ahora, general. Necesitamos escucharlo de usted antes de irnos a Estados Unidos. —Michael volteó a ver a Martin y a William—. Vayan por nuestro piloto, díganle que prepare el jet. Nos largamos.

Sus colegas afirmaron con la cabeza y trotaron en busca del hombre.

—No hay nada que decir, son bestias salvajes. —El general se apoyó en uno de sus brazos y quedó sentado en el asfalto.

—Para mí no sonaban como salvajes. No se lo pediremos otra vez. —Jameson sacó su pistola de la funda y le quitó el seguro.

—Está bien —dijo finalmente—, está bien, se los diré. Fue la toxina que esparcimos por el aire. Fue esa mierda. A un humano sano le causa un efecto igual a una lobotomía, queda susceptible a las órdenes. No sabemos bien cómo funciona, pero lo hace, alguna mierda neuronal. Pensamos que así los muertos vivientes quedarían idiotas, sin poder atender a sus instintos más salvajes. Serían monigotes andantes sin capacidad de comer o de atacar. Pero el virus…

—Es una bacteria, idiota, ya te lo hemos dicho.

—Entonces ahí tienen la respuesta. Las bacterias son capaces de comunicarse entre ellas. —El general se puso de pie entre jadeos y respiraciones entrecortadas—. Son capaces de pensar como una colmena, de atacar coordinadamente, ¿entienden? Y si la puta gente de Flamante era inmune…

—No son inmunes… tienen la bacteria en la sangre y su cerebro… sólo no les hace ningún efecto… —susurró Michael.

—Ahí está —celebró De Luque—. La bacteria es inmune a la toxina, por eso no quedaron lobotomizados. Pero hubo algún tipo de efecto secundario, algún tipo de mutación. Son capaces de comunicarse de cierta manera con los demás infectados, con las otras bacterias, por eso los muertos vivientes atienden a sus órdenes.

—Mierda, Michael, esto es peor de lo que pensábamos. La bacteria es demasiado moldeable. Puede evolucionar a algo peor si no detenemos la infección pronto. —Jameson había vuelto a enfundar su arma.

—Nos dijeron que se intentaron comunicar con ustedes.

De Luque abrió los ojos como platos.

—Eso es mentira, tan sólo nos atacaban…

Jameson tomó al general del cuello y lo levantó del suelo un par de centímetros.

—Di la puta verdad, imbécil.

—Vinieron… —tosió—. Vinieron a decirnos que nos fuéramos. Que España les pertenecía, ahora que lo dicen es verdad… habían mencionado algo sobre un Éxodo o alguna gilipolles así. Dijeron que esta era ahora su tierra prometida…

Jameson soltó al general y se dio la vuelta de manera brusca.

—La única manera en la que los zombis pararán es matando a las criaturas —dijo Michael mientras se quitaba el casco y lo tiraba al suelo—. Hemos hecho todo lo que podíamos aquí. Obtuvimos respuestas, pero más preguntas que con las que vinimos. Haré que Washington se comunique con ustedes cuando volvamos… si es que siguen vivos.

—¡Les prohíbo abandonar la ciudad! —rugió el general—. ¡Deben quedarse a ayudarnos!

—No hay nada que podamos hacer aquí. —Jameson imitó a Michael y caminó detrás de él.

—¡Sólo vinieron a traer destrucción! —gritó De Luque—. ¡Eso es lo que ustedes los americanos hacen a donde sea que van! ¡Malditos perros americanos! ¡Condenaron España!

Una explosión a sus espaldas hizo retumbar el suelo y opacó los gritos del general. Continuaron hasta la salida noreste donde se encontraba el aeropuerto. No había una sola alma por todas las calles, a diferencia del momento de su llegada cuando la ciudad tenía tanta vida que era imposible imaginar que el apocalipsis había arrasado Madrid.

William les avisó por el radio que se encontraban en posición para despegar, y al llegar a la pista encontraron el jet con las turbinas encendidas y el piloto en la parte baja de las escaleras, esperando su llegada.

—¿Encontraron lo que buscaban? —les preguntó al verlos.

—Casi.

Cuando el avión comenzó a elevarse al vuelo pudieron ver la ciudad amurallada, las explosiones y los disparos, así como las hordas inmensas de infectados; miles y miles de zombis corrían por todas las afueras de la muralla, como estampidas de animales, coordinados como parvadas de pájaros y tan rápidos que causaban miedo. Pero pronto atravesaron las nubes y todo el desastre quedó escondido tras la espesura blanca.




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