Terror Sagrado

Capítulo 8

intensamente; sus sentidos estaban alerta, pero no veía el ataúd. Lo mismo que uno puede quedarse  
mirando al sol hasta que éste parece negro y después desaparece, su mente, habiendo agotado su  
capacidad para el terror, ya no era consciente de la existencia de nada que fuera terrorífico. El asesino  
estaba ocultando la espada. 
Durante esta tregua en la batalla se dio cuenta de que había un olor débil pero vomitivo. Al principio  
pensó que se trataba de una serpiente de cascabel, e involuntariamente trató de mirar a sus pies. Eran casi  
invisibles en la oscuridad de la tumba. Un sonido áspero y gutural, como el estertor de la muerte en una  
garganta humana, parecía brotar del cielo, y un momento después una sombra grande, negra y angulosa,  
como si ese sonido se hubiera vuelto visible, cayó en un vuelo curvo desde la rama más alta del árbol  
espectral, aleteó un instante delante de su rostro y se alejó en la niebla a lo largo del torrente. Era el  
cuervo. El incidente le permitió recuperar el sentido de la situación y volvió a buscar con la mirada el  
ataúd erguido, que ahora la luna iluminaba en la mitad de su longitud. Vio el brillo de la placa metálica y,  
sin moverse, intentó descifrar la inscripción. Después se puso a especular con respecto a lo que había  
detrás. Su imaginación creativa representó una imagen vívida. Los tablones no parecían ya un obstáculo y  
vio el cadáver lívido de la mujer muerta, de pie y vestida con el sudario, contemplándole con la mirada  
vacía con unos ojos sin párpados y hundidos. La mandíbula inferior estaba caída, el labio superior,  
apartado, descubriendo los dientes. Pudo ver una mancha, como un dibujo, en las mejillas huecas: la  
consecuencia de la decadencia. Por algún proceso misterioso, su mente volvió por primera vez al día en  
que vio la fotografía de Mary Matthews. Contrastó su belleza rubia con el aspecto fúnebre de aquel rostro  
muerto: el objeto que más amaba con el más horrible que era capaz de concebir. 
El Asesino avanzó ahora y mostrando la hoja la acercó a la garganta de la víctima. Es decir, aquel  
hombre fue consciente, al principio de una manera oscura, pero luego con gran definición, de una enorme  
coincidencia, una relación, un paralelismo entre el rostro de la fotografía y el nombre del tablón. Uno  
estaba desfigurado, el otro describía una desfiguración. El pensamiento se adueñó de él y le sacudió.  
Transformó el rostro que su imaginación había creado tras la tapa del ataúd; el contraste se convirtió en  
parecido; el parecido en identidad. Recordando las numerosas descripciones de la apariencia personal de  
Scarry, que había oído en las murmuraciones de los fuegos de campamento, intentó recordar, sin  
demasiado éxito, la naturaleza exacta de la desfiguración por la que la mujer había recibido ese feo  
apodo; y lo que faltaba en su memoria lo proporcionaba la imaginación, llenándolo con la validez de la  
convicción. En el intento enloquecedor de recordar algunas partes de la historia de esa mujer, que había  
oído, los músculos de los brazos y las manos se contrajeron con una tensión dolorosa, como si se  
estuviera esforzando para levantar un gran peso. El esfuerzo hacía temblar y retorcerse su cuerpo. Los  
tendones de su cuello estaban tan tensos como una tralla, y empezó a respirar a boqueadas breves y  
potentes. La catástrofe no podía retrasarse ya demasiado si no quería que la agonía de la anticipación no  
dejara nada por hacer al golpe de gracia de la verificación. El rostro cicatrizado que había tras la tapa le  
mataría a través de la madera.



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En el texto hay: historia, terror, guerra

Editado: 20.07.2022

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