Tesoro de cuentos olvidados

La noche en que el pueblo volvió a creear

En Valle de Nieve la Navidad no llegaba de golpe.
Llegaba despacio, como si no quisiera interrumpir a nadie.

Primero se sentía en el frío que se metía por debajo de las puertas, luego en el olor a leña que salía de las chimeneas por las mañanas y, finalmente, en ese silencio raro que aparecía al atardecer, cuando el cielo se pintaba de gris claro y las montañas parecían acercarse un poco más al pueblo.

—Ya se siente —decían las señoras en el mercado mientras acomodaban frutas.
—Sí… ya viene —respondían otros, aunque nadie sabía explicar bien qué era lo que venía.

Pero todos lo sentían.

En una casa pequeña, pintada de azul, Lucía estaba sentada en el piso mirando el árbol todavía sin decorar. Tenía las manos frías y las rodillas dobladas contra el pecho.

—¿Entonces hoy sí? —preguntó sin voltear.

Su mamá suspiró mientras sacaba una caja llena de luces enredadas.

—Hoy sí —respondió—. Ya es tiempo.

Lucía sonrió apenas. No quería emocionarse demasiado, por si acaso.

Su hermano Mateo, de cinco años, rodaba una esfera roja por el suelo.

—Mira —dijo—, ahí sales tú… pero toda rara.

—No estoy rara —respondió Lucía—. Es que esas esferas guardan cosas.

—¿Qué cosas?
—Magia.

Mateo la miró con seriedad.

—Entonces no hay que tirarlas.

Por la noche, cuando ya todo estaba en silencio, Lucía se acercó a la ventana. Afuera, la calle estaba vacía y la nieve caía despacio.

—Ojalá no te olvides —susurró—. Aunque a veces se nos olvide creer.

No sabía a quién se lo decía exactamente.
Pero cada año lo decía igual.

En otra calle del pueblo, Elena doblaba servilletas sobre la mesa mientras Tomás luchaba con un árbol que parecía no querer quedarse derecho.

—Se va a caer —dijo ella sin levantar la voz.
—No se va a caer —respondió él—. Solo está cansado.

—Como tú.
—Exactamente.

Se quedaron mirándose un segundo y luego rieron.

—Nunca pensé que la Navidad pudiera sentirse así —dijo Elena—. Sin prisas.

Tomás bajó de la silla.

—A mí siempre me daba un poco de miedo —admitió—. Como si esperara algo que no sabía si iba a llegar.

Elena no dijo nada. Se acercó y lo abrazó.

En la casa más antigua del pueblo, Don Eusebio abrió una caja de cartón con cuidado. Dentro estaban las figuras del nacimiento, gastadas por los años.

—Despacio —murmuró—. Ya no están para apurarlas.

Colocó al pastor, luego a los reyes, luego al burro.

—Siempre decías que primero la veladora —dijo al aire—. Para que no nazca a oscuras.

Encendió la vela y se sentó frente al nacimiento.

—Este año hace más frío —susurró—. O será que ya extraño más.

La casa estaba en silencio.
Pero no se sentía vacía.

En la panadería del pueblo, Rosa sacaba bandejas del horno mientras Luis contaba el pan.

—Oiga, doña Rosa… —dijo—. Hicimos de más.

—Siempre hacemos de más —respondió ella sin voltear.

—¿Y si no se vende?
—Entonces no era para venderse.

Luis asintió.
En Valle de Nieve había cosas que no se preguntaban dos veces.

Conforme el sol se escondía, la plaza comenzó a llenarse sin que nadie avisara.
Los niños corrían con gorros grandes, los adultos se saludaban con abrazos largos.

—¿A qué hora prenden el farol? —preguntó alguien.
—Cuando ya sea noche de verdad —respondieron.

Lucía tomó la mano de Mateo.

—Cuando lo prendan, algo bonito pasa —le dijo.
—¿Qué cosa?
—No sé… pero pasa.

La noche del 24 llegó sin hacer ruido.

Las casas se llenaron de luces, el aire olía a comida caliente y a recuerdos viejos. En la casa azul, Lucía y Mateo dejaron una galleta mordida junto a la ventana.

—Por si llega cansado —dijo Mateo.

Su mamá los miró con los ojos brillosos.

Elena y Tomás salieron a caminar después de cenar. La nieve crujía bajo sus pies.

—¿Te acuerdas del primer invierno juntos? —preguntó ella.
—Sí —respondió él—. Teníamos frío y ni cobija.

Tomás se detuvo bajo el farol apagado. Respiró hondo.

—No soy bueno diciendo cosas —dijo—, pero quería saber si tú…

Antes de terminar, el farol se encendió.

La luz fue cálida, distinta. No deslumbró. Abrazó.

Elena lo miró y sonrió.

—Sí —dijo—. Sea lo que sea, sí.

En su casa, Don Eusebio despertó de una siesta ligera. La taza de chocolate estaba tibia.

—Gracias —susurró—. Aunque no te vea.

La nieve comenzó a caer con más fuerza, pero no era tormenta.
Era calma.

La gente salió a la plaza sin ponerse de acuerdo. Alguien cantó. Alguien lloró. Nadie preguntó por qué.

Lucía levantó la cara al cielo.

—¿Lo sientes? —preguntó Mateo.
—Sí —respondió—. Como si todo estuviera bien, aunque no lo esté.

Dicen que esa noche Valle de Nieve no fue solo un pueblo.
Fue una pausa.
Un abrazo.
Un recuerdo vivo.

Y mientras la nieve seguía cayendo y el farol seguía encendido, algo invisible caminó por las calles, tocando corazones, llenando espacios vacíos, recordándole a todos que la Navidad no siempre se ve…

pero cuando llega, se siente.



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En el texto hay: fantasia, romanace, cuentos variados

Editado: 25.12.2025

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