El destello de la cámara fue mi perdición.
No debí haber estado en el tejado del edificio a las dos de la mañana, pero la luna llena sobre el perfil de la ciudad era demasiado perfecta para dejarla pasar. Ajusté el lente de mi réflex, busqué el encuadre ideal hacia el callejón trasero del club nocturno Syrah y presioné el obturador.
En ese milisegundo, la puerta de metal del club se abrió de golpe. Dos hombres salieron a rastras a un tercero. No alcancé a reaccionar cuando el destello plateado de una navaja cortó el aire. El cuerpo de la víctima cayó como un saco de papas contra el suelo húmedo.
Ahogué un grito, pero mi dedo, traicionero por el pánico, volvió a presionar el botón. Click. Flash.
El asesino, un tipo alto con un tatuaje de escorpión en el cuello, congeló sus movimientos. Lentamente, levantó la cabeza hacia el tejado. Sus ojos se clavaron en los míos a pesar de la distancia. Supo que lo había visto. Supo que lo tenía atrapado en mi tarjeta de memoria.
Salí corriendo como si el mismísimo diablo me persiguiera.
Tres horas después, el mundo se había vuelto una pesadilla de sirenas policiales, luces rojas y azules reflejadas en la pared de mi sala, y un miedo paralizante que me hacía temblar las manos.
—Ese hombre es el segundo al mando de la mafia local, Lara —dijo el detective asignado a mi caso, cruzándose de brazos—. Si sabe quién eres, no vas a llegar viva al amanecer. No podemos dejarte en un hotel, tienen ojos en todas partes.
—¿Entonces qué hago? —mi voz sonó rota—. ¿Dónde se supone que voy a meterme?
La puerta de mi apartamento se abrió sin previo aviso. Por ella entró un hombre que parecía esculpido en piedra. Era alto, de hombros anchos, vestido completamente de negro y con una mirada tan fría que helaba la habitación. Tenía una cicatriz sutil que cruzaba su ceja izquierda y unos ojos grises que me escanearon de arriba abajo en un segundo, deteniéndose en mis manos temblorosas.
—Él es Ian Vance —lo presentó el detective—. Exmilitar y el mejor especialista en seguridad privada del estado. Él te sacará de la ciudad ahora mismo.
Ian no me saludó. No sonrió. Se limitó a dar dos pasos hacia mí, invadiendo mi espacio personal con una presencia que resultaba intimidante y, de una manera extraña que no quise admitir, extrañamente segura.
—Cinco minutos, Lara —su voz era un barítono profundo, firme y sin emociones—. Agarra una mochila con ropa cómoda. Deja el teléfono celular sobre la mesa. No vas a volver a usarlo.
—¿Mi teléfono? Pero...
—Si lo llevas, nos rastrearán en menos de una hora —me interrumpió, dando un paso más. Estaba tan cerca que podía oler su loción: madera de pino y un toque de cuero—. A partir de este momento, tu vida depende de que hagas exactamente lo que yo te diga, cuando yo te lo diga. ¿Entendido?
Tragué saliva, intimidada por su rigidez, pero asentí. Corrí a mi habitación, empaqué lo básico en una mochila y metí mi cámara en el fondo. No iba a dejar la única prueba del crimen.
Cuando regresé a la sala, Ian ya me esperaba junto a la puerta trasera del edificio. Bajamos en silencio por las escaleras de emergencia. La noche era fría, y un escalofrío me recorrió la espalda cuando subimos a su camioneta blindada con los vidrios completamente polarizados.
Manejamos durante casi tres horas en un silencio sepulcral. Intenté iniciar conversación un par de veces, pero sus respuestas eran monosílabos cortantes. Mantenía los ojos fijos en la carretera y los espejos retrovisores, alerta a cualquier anomalía.
Finalmente, el asfalto dio paso a un camino de tierra rodeado de árboles densos. El amanecer empezaba a teñir el cielo de un tono grisáceo cuando la camioneta se detuvo frente a una cabaña de madera oculta entre la maleza. Parecía abandonada, pero al acercarnos, noté que las ventanas tenían refuerzos de acero por el interior.
—Bájate —ordenó Ian, apagando el motor—. Rápido.
Caminé detrás de él mientras abría la cerradura electrónica de la puerta. El lugar por dentro era rústico, pequeño y con apenas lo necesario: un sofá de cuero, una chimenea y, al fondo, una sola cama matrimonial.
—¿Dónde vas a dormir tú? —pregunté, mirando la única cama.
Ian cerró la puerta principal con tres cerrojos de alta seguridad y se giró hacia mí. Se quitó la campera, dejando a la vista una camiseta negra ajustada que marcaba sus brazos tatuados y, perfectamente sujeta a un arnés bajo su axila, una pistola semiautomática.
—En la silla junto a la puerta —respondió, sin pestañear—. Mi trabajo no es dormir, Lara. Mi trabajo es mantenerte respirando. Así que acomódate y no toques nada.
Me abracé a mí misma, sintiéndome repentinamente muy pequeña en ese espacio cerrado con un hombre que parecía tan peligroso como los que me perseguían.
Pasaron un par de horas. El cansancio del miedo me venció y terminé quedándome dormida en el sofá.
Me despertó el sonido de un crujido afuera de la cabaña.
Abrí los ojos de golpe. La luz del día apenas lograba filtrarse por las rendijas de las ventanas blindadas. Busqué a Ian con la mirada. Estaba de pie junto a la ventana, inmóvil como una estatua, con la mano apoyada en la empuñadura de su arma.