El sonido de los neumáticos derrapando sobre la tierra rompió la última pizca de paz que nos quedaba. Eran ellos. El escorpión había seguido el rastro digital directo hasta nuestro escondite.
—Al suelo. ¡Ya! —ordenó Ian, su voz perdiendo toda la frialdad anterior para convertirse en puro instinto de combate.
No esperó a que reaccionara. Su mano firme me tomó del brazo y me arrastró detrás de la barra de la cocina, justo cuando una ráfaga de balas hizo añicos la madera de la puerta principal. El ruido de los impactos era ensordecedor. Me tapé los oídos, encogiéndome de hombros, con las lágrimas quemándome los ojos. El pánico me estaba congelando.
Ian, en cambio, se movía con una calma aterradora. Sacó su arma, quitó el seguro con un clic seco y se asomó por el borde de la barra.
—Escúchame bien, Lara —dijo, pegando su rostro al mío para hacerse oír por encima del caos—. Sus ojos grises estaban fijos en los míos, obligándome a concentrarme—. Van a intentar rodear la cabaña. Hay un pasadizo de mantenimiento en el sótano que da al cobertizo trasero. Necesito que vayas ahí ahora.
—¿Y tú? —pregunté, mi voz apenas un susurro tembloroso. No quería que me dejara sola.
—Yo les daré la bienvenida. En cuanto escuches que abro fuego continuo, corres. No mires atrás.
Antes de que pudiera protestar, se escuchó un fuerte golpe en la parte trasera de la cabaña. Habían encontrado otra entrada. Ian maldijo entre dientes. Cambió de planes en una fracción de segundo, me tomó de la cintura con un brazo y me levantó como si no pesara nada, arrastrándome hacia el pasillo trasero mientras disparaba tres veces hacia la sala. Los gritos de dolor afuera confirmaron que no había fallado.
Llegamos a una pequeña trampilla en el suelo. Ian la abrió de una patada.
—Abajo. Muévete.
Bajé por una escalera de mano a oscuras, sintiendo el olor a humedad y tierra. Él bajó justo detrás de mí, cerrando la trampilla y asegurándola con una barra de hierro. El sótano era un pasillo estrecho y bajísimo; tuvimos que avanzar casi a gatas.
La cercanía era asfixiante. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, su respiración acelerada y el roce constante de sus hombros contra los míos en la penumbra. Por un momento, el terror a los hombres de afuera fue eclipsado por la intensa y abrumadora presencia del hombre que tenía al lado.
—Estás temblando —murmuró Ian, su voz baja y rasposa, resonando en las paredes del túnel.
—Casi me matan por culpa de mi cámara... lo siento —logré articular, con la culpa carcomiéndome.
Sentí su mano, grande y callosa, buscar la mía en la oscuridad. Me apretó los dedos con una fuerza firme, extrañamente reconfortante.
—Olvida la cámara. Estás viva, eso es lo único que me importa ahora. Pero si volvemos a salir de esta, vas a tener que aprender a obedecer, fotógrafa.
El tono de su voz, una mezcla de regaño y algo peligrosamente íntimo, me erizó la piel.
El pasillo terminaba en una compuerta de madera que daba al interior del cobertizo, a unos cincuenta metros de la cabaña. Ian la empujó con cuidado. Afuera, el bosque estaba en silencio absoluto; los atacantes seguían concentrados en la entrada principal de la cabaña, creyendo que seguíamos atrapados allí.
—La camioneta está muy lejos, no llegaremos a ella —susurró Ian, ojeando los árboles—. Tenemos que movernos a pie por el bosque. Con suerte, la densa vegetación nos cubrirá hasta la carretera secundaria. Camina detrás de mí y pisa donde yo pise.
Asentí, agarrándome de la parte trasera de su camiseta negra.
Avanzamos entre las sombras de los pinos durante lo que parecieron horas. Mis piernas abrían y las ramas me cortaban la piel, pero no me quejé; la adrenalina me mantenía en movimiento. Ian no baja la guardia ni un segundo.
A mitad de la tarde, el cielo se cerró y comenzó a caer una tormenta torrencial. El agua borró nuestras huellas, lo cual era una ventaja, pero el frío se volvió insoportable. Mi ropa estaba empapada y mis dientes castañeteaban con fuerza.
Ian se detuvo frente a una pequeña cueva natural, oculta por grandes rocas y enredaderas.
—Entra ahí —ordenó, empujándome suavemente hacia el interior seco.
El espacio era minúsculo, apenas lo suficiente para que dos personas se sentaran frente a frente. Ian se sentó a mi lado, bloqueando la entrada con su propio cuerpo para protegerme del viento helado. El silencio volvió a reinar, roto solo por el sonido de la lluvia chocando con las piedras.
Yo no podía parar de tiritar. El frío se me había metido en los huesos.
Ian me miró de reojo. Dejó escapar un suspiro pesado, como si estuviera librando una batalla interna, y finalmente estiró sus largos brazos, rodeándome los hombros y atrayéndome bruscamente hacia su pecho.
—¿Qué... qué haces? —tartamudeé, con el corazón dándose la vuelta en mi pecho. Su pecho era duro como el acero, y su calor corporal me envolvió al instante.
—Evitar que mueras de hipotermia —respondió con brusquedad, aunque sus manos me acomodaron con una inesperada delicadeza contra él—. No te confundas, Lara. Esto es solo supervivencia.