La voz del asesino afuera de la cueva congeló el aire entre nosotros. La promesa del beso se disipó, reemplazada instantáneamente por la fría realidad de la supervivencia.
Ian me soltó con delicadeza, pero con rapidez. Se llevó un dedo a los labios, ordenándome silencio absoluto con la mirada. Sus ojos grises ya no quemaban de deseo; ahora tenían el brillo letal de un depredador acorralado.
Sacó su arma y revisó el cargador. Le quedaban pocas balas. Me miró, se acercó a mi oído y su aliento cálido me rozó la piel por última vez de esa manera pausada.
—Quédate aquí, pase lo que pase. Si entro en combate, saldrás corriendo en dirección contraria, hacia las luces de la autopista que se ven entre los árboles. No mires atrás, Lara. Esta vez es una orden.
—No te voy a dejar —le susurré, agarrándolo de la camiseta con desesperación. La idea de que muriera por protegerme me partía el alma.
Él me dedicó una sonrisa tensa, la primera que le veía en todo el viaje, y me apartó la mano con suavidad.
—No me vas a dejar. Vas a salvarte. Eso es lo que haces.
Antes de que pudiera replicar, Ian salió de la cueva como una exhalación.
El caos estalló de inmediato. El sonido de los disparos retumbó en la noche, mezclado con los truenos de la tormenta. Escuché gritos de dolor, maldiciones y el eco sordo de cuerpos chocando contra el suelo lodoso. Ian se estaba enfrentando a ellos cuerpo a cuerpo en mitad de la oscuridad.
El pánico intentó paralizarme, pero recordé sus palabras. No podía ser una carga. Salí de la cueva gateando, dispuesta a correr hacia la autopista, pero la escena que vi me detuvo en seco.
Bajo la luz parpadeante de los relámpagos, Ian estaba de rodillas, sangrando por un corte en la frente. Frente a él, el hombre del tatuaje del escorpión lo apuntaba directamente a la cabeza con un arma. Los otros dos atacantes ya yacían inmóviles en el suelo. Ian había vaciado su cargador, estaba desarmado.
—Se acabó el juego, soldadito —escupió el escorpión con una sonrisa sádica, limpiándose la lluvia de la cara—. ¿Dónde está la chica?
Ian no dijo nada. Escupió sangre y lo miró con puro desprecio. El asesino levantó el arma, listo para jalar el gatillo.
El miedo por mi vida desapareció, devorado por el terror de perderlo a él. Mis ojos recorrieron el suelo frenéticamente hasta que divisé una piedra pesada y afilada a pocos centímetros de mis pies. La tomé con ambas manos, acumulando cada gramo de fuerza que tenía en el cuerpo, y salí de las sombras.
No lo dudé. Arremetí contra el asesino por la espalda y descargué la roca con todas mis fuerzas contra su nuca.
El impacto fue seco. El escorpión soltó un quejido ahogado, el arma se le resbaló de las manos y cayó pesadamente sobre el lodo, inconsciente.
Me quedé allí, de pie bajo la lluvia, respirando agitadamente y temblando de pies a cabeza con la piedra aún en las manos. Ian me miró desde el suelo, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. Lentamente, se puso en pie, se acercó a mí y me quitó la roca con suavidad, arrojándola lejos.
—Te dije... que corrieras —dijo, con la voz rota y un hilo de sangre corriéndole por la mejilla.
—Y yo te dije que no te iba a dejar —respondí, con las lágrimas mezclándose con el agua de la lluvia.
Ian soltó una risa ronca, una mezcla de alivio y cansancio puro. Sin previo aviso, me tomó por la cintura y me pegó a su cuerpo con una fuerza brutal. Sus manos me sostuvieron el rostro, obligándome a mirarlo.
—Eres la mujer más terca y peligrosa que he conocido —murmuró, con los ojos fijos en mis labios.
—Tú me dijiste que era supervivencia.
—Al diablo la supervivencia.
Y me besó.
Fue un beso hambriento, salvaje, cargado de la adrenalina de haber escapado de la muerte y de toda la tensión que habíamos estado acumulando desde que nos encerramos en aquella cabaña abandonada. Sus labios eran cálidos, sabían a lluvia y a sangre, y me aferré a sus hombros como si fuera lo único sólido en un mundo que se derrumbaba. El frío de la tormenta desapareció por completo, quemado por el fuego que estallaba entre los dos.