CAPÍTULO 3 — AÑO 1921, UN AÑO DESPUÉS
Con apenas un año de edad, el niño hacía cosas que desafiaban toda lógica. Sorprendentemente, aprendió a caminar y a hablar con una fluidez que solo se encuentra en un adulto. No balbuceaba, no tartamudeaba; se expresaba con claridad, con palabras que nadie le había enseñado, con una comprensión del mundo que estaba muy por delante de su edad.
Mientras tanto, había creado múltiples artefactos con los materiales que encontraba a su alrededor, construcciones tan avanzadas que asustaban a la gente que los veía. Pero lo que más llamaba la atención era su profunda comprensión de algo que otros no percibían: lo frágil que era su propio cuerpo. Sabía que su carne y sus huesos no estaban a la altura de su mente, así que con los pocos materiales que tenía, construyó algo extraordinario: una armadura de plástico. No era metal ni acero, pero era su creación. Esa armadura le otorgaba una fuerza de 600 kilogramos, suficiente para levantar cosas que un hombre adulto no podría mover. Además, incorporó en ella armas blancas que él mismo había diseñado.
Y llegó el momento en que esa armadura dejó de ser solo una invención para convertirse en salvación. Su familia era extremadamente pobre. No tenían riquezas, ni tierras, ni nada que pudiera interesar a nadie. Pero una noche, unos asaltantes llegaron con la intención de matarlos, pensando que al no tener nada, eran presas fáciles.
El niño, que apenas tenía un año, se dio cuenta de lo que estaba pasando. Se puso su armadura, tomó sus armas, y en un lapso de treinta segundos, los asaltantes fueron reducidos completamente. Quedaron indefensos, vencidos por un niño que no debía ni siquiera estar de pie. En menos de un minuto, la amenaza había desaparecido, y su familia estaba a salvo, gracias a aquella armadura que él mismo había construido con sus propias manos.