CAPÍTULO 4 — TRES DÍAS DESPUÉS
Tres días después de aquel suceso que había dejado a todos atónitos, el niño volvió a demostrar que no había límite a lo que podía hacer. Se puso a construir cosas utilizando el mismo control remoto que él mismo había fabricado, pero esta vez no se detuvo en los electrones: aprendió a controlar los neutrones. Descubrió cómo hacer que esas partículas fundamentales obedecieran su voluntad, respondiendo a cada una de sus órdenes como si fueran una extensión de su propia mente.
Con ese poder en sus manos, utilizó drones para fabricar materiales y objetos con una precisión que nadie podía igualar. Lo que antes eran simples patrones de construcción se transformó en su propia fábrica de tecnología avanzada, un sistema que nadie más entendía, que nadie más podía replicar. Y fue tan lejos que construyó algo que dejó a todos sin aliento: un cuerpo humano adulto robótico, de dos metros de altura, inmenso, imponente. Él lo manejaba desde su interior; solo él podía entrar, solo él podía controlarlo. Era un niño habitando un cuerpo de adulto hecho de metal y circuitos, una creación tan avanzada que era capaz de romper la realidad misma.
Algunos creían que esa armadura tenía el poder de la creación, que él podía hacer aparecer cosas de la nada. Pero no era magia ni poder divino. Era algo más asombroso todavía: era el poder de un montón de neutrones trabajando a su favor, obedeciendo cada uno de sus pensamientos.
Gracias a todo eso, con tan solo un año de edad, el niño mejoró la vida de todo el planeta. Cambió sistemas, facilitó avances, ayudó a millones de personas. Pero ese progreso tuvo un costo: el gobierno se puso completamente en su contra. Lo veían como una amenaza, como algo que no podían controlar, algo que escapaba de toda autoridad. Sin embargo, por más que intentaron detenerlo, el niño siguió avanzando. Y al final, fue el gobierno quien terminó desapareciendo, incapaz de contener a alguien que estaba por encima de todo lo que conocían.