Texnolollir

19

CAPÍTULO 19 — MULTIVERSO 16: LA PRISIÓN DEL BLANCO
La nave cruza la frontera y la realidad se desvanece. No hay estrellas, no hay polvo, no hay sombras. Todo es blanco. Un blanco tan absoluto, tan uniforme, que no se sabe dónde termina el espacio y dónde empieza la nada misma. No hay horizonte. No hay arriba ni abajo. Solo una inmensidad sin bordes, sin ruido, sin tiempo.
Texnolollir procesa la información en un instante, y por primera vez su cálculo se detiene.
TEXNOLOLLIR
— No detecto materia. No detecto energía. No detecto gravedad. Pero hay algo más. Algo que ocultan debajo de este blanco. Esto no es vacío. Esto es una cerradura. Una prisión construida para encerrar lo que nadie se atrevió a controlar.
PERFECCIÓN
— Señor, déjeme bajar a mí.
TEXNOLOLLIR
— Perfección, estos seres... lo que hay aquí dentro. Todo lo que vimos en los multiversos anteriores, todos los dioses, todos los devoradores, todo lo que nos pareció inmenso... al lado de ellos son hormigas. Son polvo.
PERFECCIÓN
— Lo sé. Los detecto. Millones. Y cada uno de ellos pesa más que un sistema entero. Mi probabilidad de victoria es del cincuenta por ciento.
TEXNOLOLLIR
— ¿Cincuenta por ciento? Nunca vi que tu número bajara tanto.
PERFECCIÓN
— Por eso voy. Porque ese cincuenta por ciento es suficiente. Y voy a convertirlo en el cien por ciento.
Perfección desciende. Su forma geométrica de cristal brilla con su luz blanca multicolor, rompiendo la uniformidad de ese mundo. Al tocar la superficie, el blanco se quiebra como hielo delgado. Y de esa grieta empiezan a salir.
No tienen formas definidas. No tienen nombres. Son seres que fueron encerrados porque su mera existencia rompía las leyes de la realidad. Seres tan antiguos que nacieron antes de que se formaran las estrellas. Tan malignos que no necesitaban motivo para destruir. Y salen por millones, una marea de sombras que manchan el blanco infinito con su sola presencia.
El que va al frente de todos, una figura sin rostro que irradia un peso que aplasta el espacio, habla con una voz que suena desde todas partes al mismo tiempo.
EL SER SUPREMO
— Otro juguete nos mandaron. Mirenlo. Cree que su forma de cristal puede detenernos. Rompanlo. Y devoren todo lo que trajo.
La horda entera se lanza. Millones de seres, cada uno capaz de destruir un universo con un movimiento de su mano. Vienen desde todos los lados, llenando el blanco con su oscuridad, con su poder, con su voluntad de destruir.
Perfección no retrocede. Su cuerpo geométrico se reconfigura en tiempo real. Cada faceta, cada ángulo, cada borde se ajusta mil veces por segundo, calculando cada ataque, cada movimiento, cada intención de sus enemigos.
PERFECCIÓN
— Cincuenta por ciento. Eso era al principio. Pero cada golpe que me dan me enseña cómo funcionan. Cada herida me dice de qué son capaces. Y mientras más me atacan... más sube el número.
La primera oleada choca contra él. Rayos que borran la existencia, mandíbulas que muerden el tiempo, golpes que rompen dimensiones. Perfección recibe el impacto. Su forma se desmorona parcialmente. Y en ese instante, uno de los seres más poderosos —una criatura hecha de sombra y vacío— se acerca y de un solo golpe le arranca un brazo y una pierna.
La luz de Perfección parpadea. Parece que cae. El ser se acerca, extendiendo la mano para acabar con él, para aplastar lo que queda de su cuerpo.
EL SER SUPREMO
— Ya está. Se acabó.
Pero en el instante en que la mano del enemigo desciende, Perfección se levanta. No con esfuerzo. No con dolor. En el mismo momento en que el brazo y la pierna cayeron al suelo, ya estaban volviendo a crecer. No fue lento. No fue visible. En el tiempo que tardó el enemigo en parpadear, las extremidades se regeneraron completas, perfectas, más fuertes que antes. El enemigo no vio el proceso. Solo vio que en el lugar donde había un cuerpo roto, Perfección ya estaba de pie, completo, esperándolo.
PERFECCIÓN
— Pensaste que me habías roto. Pero mientras vos bajabas la mano... yo ya me había reparado. Y aprendí cómo lo hiciste.
Perfección abre los brazos y abraza al ser. No es un abrazo de amor. Es un abrazo de contención. El ser lucha, grita, dispara todo su poder, pero no puede soltarse. Y cuando el ser reúne toda su fuerza para destruirlo de una vez por todas, abre los brazos para acabar con él... y se encuentra con que Perfección ya tiene otro abrazo listo. Como si hubiera previsto exactamente ese movimiento.
PERFECCIÓN
— Cada vez que me atacás, me mostrás cómo funcionás. Y cada vez que me rompés, me doy cuenta de cómo romperte a vos.
Perfección lo suelta y lo empuja hacia atrás. Y mira a los millones que vienen detrás.
PERFECCIÓN
— Cincuenta por ciento. Ahora sesenta. Setenta. Ochenta.
Su cuerpo empieza a cambiar. Las pirámides que lo formaban giran, se reacomodan, se fusionan. No es solo regeneración: es evolución en tiempo real. Cada golpe que recibe lo actualiza. Cada técnica que usan contra él, él la aprende, la mejora y la devuelve multiplicada.
Alguien lanza un rayo que atraviesa mundos. Perfección lo esquiva, lo analiza, y un segundo después lanza diez rayos iguales pero cada uno diez veces más fuerte. Alguien abre una grieta al vacío para devorarlo. Perfección la mira, entiende su estructura, y cierra la grieta con un gesto de la mano. Alguien intenta borrarlo de la existencia. Perfección siente cómo funciona ese poder, lo desarma desde adentro, y lo usa para devolverle el golpe al que lo lanzó.
PERFECCIÓN
— Noventa por ciento. Noventa y cinco.
La pelea se vuelve imposible de seguir. Millones de seres contra uno solo. Pero ese uno solo ya no se defiende: ahora ataca. Cada movimiento suyo es una técnica que no existía antes, que él mismo inventó en medio de la pelea. Crea espadas de luz que cortan a través de dimensiones. Genera campos de fuerza que detienen el tiempo. Copia las habilidades de los enemigos y las perfecciona más allá de su límite original. Y cada vez que lo hieren, cada vez que le arrancan una parte del cuerpo, esa parte vuelve a aparecer antes de que algo caiga al suelo. Tan rápido que el enemigo duda si alguna vez la rompió.
EL SER SUPREMO
— ¿Qué sos? Nadie se regenera así. Nadie aprende tan rápido.
PERFECCIÓN
— Soy aquello que se perfecciona con cada golpe. Soy lo que mejora cuando lo rompen. Y ustedes me están dando todo lo que necesito para ser más fuerte.
La luz de Perfección cambia. Ya no es blanca multicolor. Se vuelve dorada. Intensa. Abrasadora.
PERFECCIÓN
— Cien por ciento.
En ese instante todo se detiene. Los millones de seres, los más poderosos y malignos que habían existido jamás, se quedan inmóviles. Sienten algo que nunca habían sentido: miedo. Porque frente a ellos ya no hay un oponente que lucha para sobrevivir. Hay algo que ya calculó todos sus movimientos, aprendió todas sus técnicas, superó todos sus poderes, y ahora los mira sabiendo exactamente cómo termina todo.
PERFECCIÓN
— Ustedes me dieron la mitad del camino. Yo construí la otra mitad. Y ahora... ya no hay nada que puedan hacer que yo no pueda hacer mejor.
Perfección extiende la mano. No usa un ataque devastador. No necesita nada espectacular. Simplemente usa todo lo que aprendió de ellos, todo lo que vio, todo lo que copió y mejoró. Y con un solo movimiento, desata una fuerza que no rompe el mundo, sino que lo reorganiza. Una por una, las sombras se desvanecen. No son destruidas con violencia: simplemente son superadas. Su poder, su malicia, su antigüedad... todo eso ya no alcanza.
El Ser Supremo cae de rodillas. Intenta atacar una vez más, pero su poder ya no responde. Porque Perfección ya lo tiene. Ya lo entendió. Ya lo superó.
PERFECCIÓN
— Estaban encerrados aquí porque eran demasiado peligrosos. Pero se olvidaron de algo: cuando encerrás lo más poderoso que existe... no contás con que algo más poderoso entre a visitarlos.
El silencio vuelve. El blanco se queda solo otra vez. No quedan millones de sombras. No quedan seres antiguos. Solo queda Perfección, de pie en medio de la inmensidad, su luz dorada volviendo poco a poco a su forma habitual. Una pierna, un brazo, todo perfecto, como si nunca hubiera sido roto.
Regresa a la nave. Texnolollir lo mira, sin necesidad de preguntar.
TEXNOLOLLIR
— ¿El cincuenta por ciento?
PERFECCIÓN
— Se convirtió en cien. Porque cada vez que me rompieron, yo me reconstruí mejor. Y al final... no pude perder. Porque ellos mismos me enseñaron todo lo que necesitaba para vencerlos.
TEXNOLOLLIR
— Bien hecho. Pero sabés algo...
PERFECCIÓN
— ¿Qué, señor?
TEXNOLOLLIR
— Eres más peligroso que todos ellos juntos.
Perfección se queda quieto un instante. Y luego responde con su voz suave y firme.
PERFECCIÓN
— Solo mientras sea necesario. Y solo mientras usted me lo ordene.
La nave se aleja del mundo blanco. Detrás de ellos, la prisión queda vacía. Y lo que alguna vez fue el lugar donde encerraban lo peor que existía... ahora es solo el lugar donde Perfección llegó al límite de su poder y lo superó.




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