CAPÍTULO 23 — MULTIVERSO 20: LA FUERZA QUE ROMPÍA LA REALIDAD
La nave desciende en un mundo donde la gravedad se quiebra por momentos, donde el suelo se agrieta sin que nadie lo toque, donde el aire vibra como si estuviera bajo una presión que no se ve. No hay ruido de batalla. Solo hay una presencia tan pesada que las montañas se inclinan levemente hacia donde él está.
Allí está. De pie, sin moverse. Un ser de estatura imponente, con músculos que no solo son grandes, sino que parecen tejidos de una densidad que no existe en ningún otro lugar. No es solo fuerza: es estructura pura. Su piel brilla con un tono que cambia según cómo le da la luz, como si su cuerpo fuera una sustancia más densa que la materia común. Es indestructible. Nadie lo rompió nunca. Nadie pudo siquiera marcarlo. Y lo peor: su fuerza no tiene techo. Supera el infinito. Cada golpe que lanza rompe el espacio mismo, abre grietas en el tiempo, hace que la realidad se desgarre como tela vieja.
Texnolollir desciende solo. Siente el peso de ese ser antes de verlo. Siente cómo la realidad se deforma a su alrededor.
EL SER DE LA FUERZA INFINITA
— Viniste. Todos vienen. Todos creen que pueden conmigo. Y todos se rompen. Con un solo golpe puedo borrar montañas. Con dos puedo borrar soles. Mi fuerza no tiene límite. No tiene medida. No tiene fin.
TEXNOLOLLIR
— Tu fuerza es inmensa. Lo siento. Pero la fuerza sin dirección es como un río sin cauce: destruye todo, pero no llega a ningún lado.
EL SER DE LA FUERZA INFINITA
— ¿Dirección? ¿Para qué quiero dirección si puedo romper todo lo que haya enfrente?
Da un paso. Y ese paso hace temblar el suelo kilómetros a la redonda. No corre. No necesita correr. De repente está a diez metros de Texnolollir. Y en el mismo instante, está pegándole. Se mueve más rápido de lo que la vista puede seguir. Supervelocidad junto con superfuerza. Una combinación que rompe las reglas mismas del movimiento.
El puño avanza y el aire estalla antes de tocar. La realidad se agrieta en la trayectoria del golpe. Se ven grietas de luz negra donde el espacio se rompe por la sola fuerza del movimiento.
Texnolollir no se mueve hacia atrás. Se mueve hacia un costado. Con una precisión milimétrica, se desliza justo por el hueco más pequeño que existe en el ataque. El puño pasa a centímetros de él y golpea el suelo detrás.
El impacto no hace ruido. Hace algo peor: abre una grieta que se traga el paisaje entero hacia la nada. Montañas desaparecen. Suelo desaparece. Solo queda un agujero que respira oscuridad.
EL SER DE LA FUERZA INFINITA
— Me esquivaste. Pero no vas a poder hacerlo siempre. Soy demasiado rápido. Soy demasiado fuerte. Cada golpe que tiro rompe todo. Si te pego una sola vez... se termina.
TEXNOLOLLIR
— Es verdad. Si me pegas, se termina. Por eso no te voy a dejar pegarme.
Y empieza la pelea. Una danza imposible de velocidad y precisión. El ser ataca desde todos los ángulos al mismo tiempo. Puñetazos que rompen el cielo, patadas que abren grietas en el suelo, movimientos tan rápidos que dejan decenas de imágenes suyas congeladas en el aire. Cada golpe que falla destroza el entorno. Ríos se secan. Nubes se desintegran. El cielo se llena de cicatrices donde la realidad fue rasgada.
Pero Texnolollir está siempre ahí. Un paso más allá. Un giro más ajustado. Un desvío en el instante exacto. No corre más rápido que él: sabe dónde va a estar antes de que él llegue. Lee el movimiento en los músculos que se tensan, en la respiración que cambia, en la forma en que su peso se desplaza antes de moverse. Cada vez que el ser lanza un golpe que podría destrozar un sistema solar, Texnolollir ya no está ahí.
Minutos pasan. Horas pasan. El ser golpea miles de veces. Rompe el cielo en mil lugares. Destruye montañas enteras con cada movimiento. Pero no lo toca. Ni una vez.
EL SER DE LA FUERZA INFINITA
— ¡Pará de moverte! ¡Quedate quieto y peleá de verdad!
TEXNOLOLLIR
— Pelear de verdad no significa golpear fuerte. Significa saber dónde golpear.
Y ahí es cuando Texnolollir empieza a responder. No con golpes. No con fuerza bruta. Eso sería inútil contra un cuerpo que no se puede romper. Empieza a lanzar agujas de plasma. Cientos de ellas. No van al azar. Cada una tiene un destino calculado con precisión absoluta.
Las agujas surcan el aire, brillando con una luz blanca y azulada. El ser las ve venir y se ríe.
EL SER DE LA FUERZA INFINITA
— ¿Creés que esas cosas van a hacerme algo? ¡Soy indestructible! ¡Nada me rompe!
Se mueve para esquivarlas, pero las agujas no van a donde él está. Van a donde va a estar. Y no vienen solas: forman un patrón. Una red. Una trampa tejida en el aire.
La primera le pasa rozando el hombro. No lo hiere. Pero él siente algo que nunca sintió: una presión exacta en un punto exacto. Luego otra en la pierna. Otra en la espalda. Otra en el cuello. Una tras otra, cada aguja se clava no para romper, sino para bloquear. Para cortar la señal. Para interferir en la conexión entre su cerebro y sus músculos.
TEXNOLOLLIR
— Sé que sos indestructible. No necesito romperte. Necesito que te detengas.
Las agujas se clavan en puntos precisos: los canales por donde viaja la orden de moverse. Los puntos donde la fuerza se transmite de un músculo a otro. Los lugares donde su cuerpo coordina el movimiento. Cien agujas de plasma. Cien puntos exactos. Cada una calculada, cada una necesaria, ninguna de más.
El ser intenta dar un golpe. Su cerebro envía la orden. Pero el impulso se pierde. Se dispersa. Llega débil, dividido, tarde. Su brazo se mueve lento. Muy lento. Más lento de lo que nunca se movió en su vida.
EL SER DE LA FUERZA INFINITA
— ¿Qué hiciste? ¡No puedo moverme bien! ¡Algo me pasa!
TEXNOLOLLIR
— No te rompí. Solo te desconecté. Tu cuerpo sigue siendo indestructible. Tu fuerza sigue siendo infinita. Pero si no llega la orden de usarla... no sirve de nada.
El ser ruge con toda su fuerza. Intenta concentrar todo su poder en un solo movimiento. La realidad se quiebra a su alrededor. El aire arde. Pero cuando da el paso, sus piernas fallan. Las agujas en la cadera y la pierna interceptan la señal. Se tambalea. Pierde el equilibrio. Por primera vez en su existencia, algo que no es romperse: es controlarse.
Una a una, las agujas terminan de colocarse. El patrón se cierra. La red está completa. El ser se detiene. Sus músculos siguen tan densos y poderosos como siempre. Su cuerpo sigue siendo indestructible. Su fuerza sigue superando el infinito. Pero no puede moverse. No puede lanzar ni un golpe. Porque cada movimiento requiere coordinación, y esa coordinación fue bloqueada en cada punto exacto.
Caé de rodillas. No porque le doliera. Porque ya no tenía la orden de mantenerse de pie. Y con el último movimiento, se quedó quieto. Inmóvil. Noqueado por su propio cuerpo que ya no recibía las órdenes correctas.
Texnolollir se acerca. Las agujas siguen clavadas, brillando suavemente, manteniendo el bloqueo.
TEXNOLOLLIR
— Tenés la fuerza más grande que vi jamás. Rompés la realidad con cada movimiento. Pero la fuerza más grande del mundo no sirve si no sabés cómo usarla. Y yo... yo no necesito romperte. Solo necesito saber cómo funcionás.
Extiende la mano. Y desde el suelo emerge una cápsula. No es de metal común. Es un campo de fuerza contenido, una esfera perfecta que se forma alrededor del ser, envolviéndolo sin lastimarlo, sin apretarlo, simplemente encerrándolo. Las agujas de plasma se desvanecen una a una, pero la cápsula mantiene el efecto: un campo que interfiere con su sistema nervioso de forma permanente mientras esté adentro. No puede moverse. No puede usar su fuerza. No puede romper nada.
La cápsula se cierra por completo. Dentro, el ser de fuerza infinita mira hacia afuera, confundido, furioso, pero completamente contenido. Su cuerpo sigue siendo indestructible. Su poder sigue siendo inmenso. Pero ahora está encerrado, esperando ser estudiado.
Texnolollir se quedó mirando la cápsula un instante.
TEXNOLOLLIR
— Vas a estar bien. No te voy a lastimar. Necesito entenderte. Necesito saber de dónde viene esa fuerza. Y cuando termine de estudiarte... vas a poder ser más fuerte de lo que fuiste jamás. Porque esta vez vas a saber cómo controlarla.
Levantó la cápsula sin esfuerzo. Y regresó a la nave. Detrás de él, el paisaje destrozado del multiverso 20 se quedaba quieto, lleno de cicatrices de golpes que rompieron la realidad, pero sin el ser que las causaba. En su lugar, solo quedaba una cápsula brillante, llevando al ser más poderoso que existía, no derrotado, sino comprendido.