Texnolollir

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CAPÍTULO 24 — MULTIVERSO 21: LA HORDA DE LA OSCURIDAD Y EL SEÑOR PESADILLA
La nave desciende en un mundo donde la luz parece ser devorada antes de tocar el suelo. No hay sombras: hay oscuridad sólida. Y de esa oscuridad empiezan a salir. Primero uno, luego diez, luego cientos, luego miles. Seres humanoides de color negro profundo, con cuerpos esbeltos y alargados, de forma parecida a Freezer, pero sin ojos. No tienen cuencas, no tienen mirada: solo piel lisa y negra donde deberían estar los ojos. Y en sus bocas, en lugar de dientes, filas y filas de colmillos afilados como agujas, tan largos que se les salen hacia afuera, goteando un líquido espeso y oscuro que quema el suelo al caer.
No ven como los demás. No necesitan ojos. Tienen visión térmica tan precisa que pueden distinguir el latido de un corazón a kilómetros de distancia. Y su olfato es tan desarrollado que pueden oler el miedo, la determinación, la intención misma antes de que se mueva un músculo. Sienten todo. Lo saben todo. Y no tienen piedad.
Texnolollir desciende solo. No pide ayuda. No necesita a nadie. Miles de esas figuras negras lo rodean, formando un círculo que se cierra cada vez más. Sus colmillos gotean. Sus cuerpos irradian una energía fría y sanguinaria. Y en lo más alto, observando desde la oscuridad, hay una figura que se destaca sobre todas las demás: más alta, más imponente, con un aura que pesa sobre la mente misma. Pero aún no baja. Aún no se muestra. Deja que la horda hable primero.
LA PELEA CONTRA LA HORDA
La horda se lanza al mismo tiempo. No gritan. No hacen ruido. Se mueven como una marea negra, silenciosa y mortal. Y al llegar, desatan todo lo que tienen.
Lanzan ondas de energía rojas y negras que cortan el aire como cuchillas invisibles. Cada impacto hace estallar el suelo, abre grietas que escupen humo y sangre del planeta mismo. Se acercan y muerden con esos colmillos de aguja que rasgan la carne como si fuera papel. El campo de batalla se llena de rojo y negro. Sangre que salpica por todas partes, cuerpos que caen, ondas de energía que chocan y explotan en una lluvia de fuego y líquidos espesos. Es una pelea sucia, brutal, sin reglas, sin honor. Solo matar o morir.
Texnolollir se mueve en medio de la marea. Cuerpos pasan a su lado, colmillos que buscan su garganta, manos que quieren destrozarlo. Él los recibe con precisión quirúrgica. Cada movimiento suyo es una respuesta exacta. Rompe defensas, desvía ataques, devuelve golpes que atraviesan cuerpos como si fueran de papel. Sangre negra salpica su ropa, su piel, su cara. Lo rodean, lo muerden, lo golpean con ondas de energía que lo lanzan contra el suelo, pero él se levanta cada vez, más rápido, más afilado.
Miles caen. Miles más siguen llegando. Ondas de energía lo golpean de todos lados al mismo tiempo. El suelo está empapado, resbaladizo, lleno de cuerpos destrozados, de colmillos rotos, de extremidades que aún se mueven. Es una carnicería. Pero Texnolollir no se detiene. No se cansa. No duda. Uno tras otro, los va derribando. Entiende su visión térmica, entiende su olfato, entiende cómo se mueven antes de que se muevan. Y cuando el último de la horda cae, el silencio vuelve. Pero no por mucho tiempo.
EL SEÑOR PESADILLA
Entonces ella aparece. La figura que estaba esperando. Más alta que todos, de color negro como la noche eterna, con esos mismos colmillos de aguja que brillan con un líquido venenoso, pero con algo más: un poder divino que se siente en los huesos. Destrucción pura. No es solo fuerza. Es algo que se mete adentro.
EL SEÑOR PESADILLA
— Los destruiste a todos. Vi cada golpe. Vi cada muerte. Pero ellos eran sombras. Yo soy la pesadilla que te va a matar. Y lo peor... no te voy a matar acá afuera. Te voy a matar allá adentro.
TEXNOLOLLIR
— Entrá entonces. Vamos a ver qué encontrás.
EL SEÑOR PESADILLA
— Ya entré.
En ese instante, el mundo cambia. Texnolollir se da cuenta de que ya no está en ese campo de batalla. Está en otro lugar. Un lugar oscuro, infinito, donde los límites no existen. Está dentro de su propia mente. Y frente a él, el Señor Pesadilla se alza gigantesco, con sus colmillos de aguja goteando, con ondas de energía que destrozan el paisaje mental mismo.
EL SEÑOR PESADILLA
— Acá soy el rey. Acá yo pongo las reglas. Si te mato acá... morís allá afuera. Nadie te va a poder salvar. Ni tu inteligencia, ni tu tecnología, nada. Porque acá lo que siento es real.
La pelea empieza en la mente. Y es más sangrienta que la de afuera. El Señor Pesadilla desata todo: miedos que Texnolollir nunca confesó, dudas que enterró, heridas que nunca cerraron. Lo ataca con ondas de energía que rasgan la conciencia misma, con golpes que duelen más que cualquier herida física, con mordeduras de colmillos que envenenan los pensamientos. Sangre imaginaria pero que se siente caliente y real corre por todas partes. El paisaje mental se destruye, se quema, se llena de sombras que quieren arrastrarlo hacia abajo.
El Señor Pesadilla ríe. Ve cómo Texnolollir cae, cómo sangra, cómo parece perder pie.
EL SEÑOR PESADILLA
— Ya te tengo. Ya no podés más. Acá sos débil. Acá sos mío.
Pero en ese instante, dentro de la mente, Texnolollir sonríe.
TEXNOLOLLIR
— Pensaste que al entrar acá me dejaste afuera. Pero yo no me separo de mí mismo. Si estás adentro... yo también estoy afuera.
LA DOBLE PELEA
Porque justo cuando el Señor Pesadilla creía que lo tenía vencido en la mente, siente un golpe. No adentro. Afuera. Un golpe físico que lo hace retroceder.
Porque mientras una parte de Texnolollir peleaba dentro de su propia mente, aguantando cada ataque, cada mordedura, cada pesadilla... la otra parte de él seguía peleando acá afuera. No se desconectó. No se rindió. Peleó en los dos lados al mismo tiempo.
El Señor Pesadilla se detiene, confundido. Siente el ataque desde adentro y desde afuera al mismo tiempo. No sabe dónde defenderse.
EL SEÑOR PESADILLA
— ¿Cómo hacés eso? No podés estar en los dos lados. Nadie puede pelear una guerra en dos frentes al mismo tiempo.
TEXNOLOLLIR
— Yo no estoy en dos lados. Yo soy completo en los dos lados. Vos entraste a mi casa. Y pensaste que yo te iba a dejar solo adentro mientras yo me quedaba afuera mirando. No. Acá adentro peleo yo. Y acá afuera también.
La pelea se vuelve imposible de seguir. En la mente, Texnolollir desarma cada pesadilla, cada miedo, cada ataque psicológico con la misma lógica que usa para resolver cualquier problema. Afuera, esquiva las ondas de energía, los colmillos que buscan morderlo, los golpes que destrozan el suelo, y devuelve cada uno con precisión.
El Señor Pesadilla se da cuenta de que perdió la ventaja. Entró a la mente de su enemigo pensando que ahí lo dominaría... y se encontró con que su enemigo peleaba mejor adentro que afuera. Que conocía cada rincón, cada debilidad, cada sombra. Que no tenía miedo de sus propios pensamientos.
TEXNOLOLLIR
— Vos creíste que mi mente era tu campo de batalla. Pero olvidaste algo: yo vivo acá. Vos sos el visitante. Y los visitantes no ponen las reglas.
Con un movimiento final, dentro de la mente, Texnolollir desarma la figura del Señor Pesadilla. No con violencia, sino mostrándole que todo su poder se basaba en miedos que no eran reales. Y al mismo tiempo, afuera, con un solo golpe exacto, neutraliza su capacidad de proyectarse.
El Señor Pesadilla cae de rodillas. Su poder divino destructivo se apaga. Sus colmillos dejan de gotear. La oscuridad que lo rodeaba se desvanece.
EL SEÑOR PESADILLA
— Entré a matarte en tu mente... y vos me ganaste adentro de mi propio juego.
TEXNOLOLLIR
— Porque pensaste que al entrar ahí yo iba a desaparecer. Pero yo soy yo donde sea que esté. Adentro o afuera. No me divido. No me rindo. Y no me asusto de mis propios pensamientos.
El Señor Pesadilla cae. No murió. Pero su poder de pesadilla se rompió. Porque el poder de entrar en la mente solo funciona si el que entra encuentra miedo. Y en la mente de Texnolollir, lo único que encontró fue a alguien que ya se había enfrentado a todo lo que podía asustarlo.
Texnolollir se quedó solo en medio del campo de batalla empapado de sangre. Miles de cuerpos de la horda. Y el ser más poderoso de todos, vencido no porque lo rompieran, sino porque lo entendieron. Y porque cuando él creyó que lo tenía encerrado en su mente, descubrió que su enemigo no estaba atrapado. Estaba en casa.




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