CAPÍTULO 26 — MULTIVERSO 23: LA GUERRA CONTRA EL REY INFERNAL
La nave cruzó la frontera y el aire se volvió denso, pesado, como respirar ceniza ardiente. El cielo no era cielo: era un techo de roca negra cruzado por ríos de lava que caían sin tocar el suelo. No había sol. La luz venía de grietas que respiraban fuego y de ojos que brillaban en la oscuridad, millones de ojos observando desde las sombras. Habían entrado al multiverso de los demonios. Y no los estaban esperando con paz.
Antes de que pudieran dar un paso, el suelo se abrió y de la grieta salió él. No era una figura de humo ni de sombra. Era sólido, inmenso, hecho de carne y fuego y voluntad pura. Tenía cuernos que se curvaban hasta perderse en la oscuridad, alas que cubrían todo el horizonte, y una presencia tan pesada que las montañas se inclinaban ante él. Era el Rey Demonio. El Diablo. El ser que había gobernado ese multiverso desde antes de que existiera el concepto de tiempo.
Su voz no sonó en los oídos: sonó en los huesos.
EL REY DEMONIO
— Nadie cruza este reino. Nadie entra y sale como si nada. Si querés pasar... ganame. Si querés seguir tu camino... tenés que matarme. Y déjame decirte algo: muchos lo intentaron. Todos ellos forman parte de mi suelo ahora.
Texnolollir dio un paso adelante. Perfección y Terrari quisieron acompañarlo, pero él levantó una mano.
TEXNOLOLLIR
— Esto es mío. Quédense acá. Yo voy.
TERRARI
— No subestimes lo que hay enfrente. Ese no es un demonio cualquiera. Ese es el origen de todo lo que llaman mal.
TEXNOLOLLIR
— Lo sé. Por eso voy solo.
LA PELEA QUE ROMPIÓ EL INFIERNO
El Rey Demonio no esperó. Movió un brazo y el aire se convirtió en cuchillas de fuego que avanzaron rugiendo. Texnolollir las esquivó, pero cada golpe que fallaba destrozaba el paisaje. Montañas enteras se derrumbaban, la lava se enfriaba de golpe y volvía a hervir, el espacio mismo se agrietaba como si fuera a romperse en pedazos.
La pelea comenzó y fue inmediatamente legendaria. El Rey Demonio golpeaba con puños que pesaban más que estrellas. Cada impacto hacía temblar el multiverso entero. Lanzaba olas de energía negra que devoraban la luz, llamas que no se apagaban nunca, maldiciones que corroían la realidad misma. Y cuando Texnolollir respondía con toda su fuerza, con toda su tecnología, con todo su poder acumulado durante cientos de mundos... el Rey Demonio simplemente se reía.
EL REY DEMONIO
— ¡Eso es todo! ¡Eso es lo que trajiste contra mí! ¡Yo fui creado antes de que tu raza soñara con existir! ¡Yo soy la sombra que da forma a todo lo que temen! ¡Nada de lo que hagas me puede matar!
Y tenía razón. Texnolollir lo golpeó con suficiente fuerza para borrar galaxias enteras. Le atravesó el pecho con lanzas de plasma que habrían evaporado soles. Lo envolvió en campos de fuerza que desintegraban la materia. Y cada vez que lo hacía pedazos, el Rey Demonio se volvía a armar. Su carne se regeneraba. Su fuego se encendía de nuevo. Y su risa seguía sonando, más fuerte cada vez.
Texnolollir lo cortó en mil pedazos. Los pedazos se convirtieron en mil demonios más pequeños que se volvieron a unir. Le arrancó el corazón. El corazón seguía latiendo en su mano y desde ahí le hablaba. Lo redujo a polvo. El polvo se levantó y volvió a tomar forma.
EL REY DEMONIO
— ¡No entendés! ¡No podés matarme! ¡Mi cuerpo es solo la puerta! ¡Si rompés la puerta, yo salgo más fuerte! ¡Mi espíritu no tiene forma! ¡No tiene fin! ¡Mientras haya un solo rincón donde exista el miedo, yo voy a volver!
Horas pasaron. Días parecían. El campo de batalla ya no era un paisaje: era un lugar donde la realidad se desgarraba y se reconstruía constantemente. Sangre negra caía como lluvia. Fuego corría por el suelo como ríos. El aire estaba lleno de gritos, de ruido de huesos que se rompían y se volvían a armar, de energía que estallaba y destrozaba todo a su paso. Era una carnicería sin fin. Una masacre donde matar al enemigo no servía de nada.
Texnolollir estaba herido. Cansado. Había usado cada técnica, cada arma, cada poder que conocía. Y el Rey Demonio seguía de pie, más fuerte, más furioso, más imparable que al principio.
EL REY DEMONIO
— Ya te cansaste. Ya lo diste todo. Y yo sigo acá. Yo siempre sigo acá. Nadie me borra. Nadie me termina.
LA VERDAD QUE ENCONTRÓ TEXNOLOLLIR
En ese momento, con el cuerpo destrozado y la mente buscando desesperadamente una respuesta, Texnolollir se detuvo. Respiró hondo, miró al Rey Demonio que venía a dar el golpe final, y de repente lo entendió todo.
TEXNOLOLLIR
— Ahí está. Ese es el truco. Ese es el secreto que nadie vio nunca.
El Rey Demonio se detuvo, confundido.
EL REY DEMONIO
— ¿De qué hablás?
TEXNOLOLLIR
— Todos te pegaron al cuerpo. Todos intentaron romperte, cortarte, quemarte, destrozarte. Y cada vez lo lograban... y cada vez volvías. Porque tu cuerpo no es vos. Tu cuerpo es solo el contenedor. Lo que te hace inmortal no está acá afuera. Está adentro. Tu espíritu. Tu esencia. Eso es lo que sobrevive a todo. Y mientras eso siga existiendo, no importa cuántas veces rompa tu cuerpo: vas a volver.
EL REY DEMONIO
— ¡Y qué vas a hacer! ¡Nadie puede tocar el espíritu! ¡Nadie puede destruir lo que no tiene forma! ¡Soy eterno!
TEXNOLOLLIR
— Eso creen todos. Pero yo vi más allá. Yo vi cómo funciona todo. Y si no tiene forma... le voy a dar una. Y después la voy a romper.
EL GOLPE QUE BORRÓ AL REY
Texnolollir cerró los ojos. No atacó con fuego. No atacó con fuerza bruta. No lanzó ninguna explosión. Empezó a calcular. No la física del cuerpo del Rey Demonio, sino la estructura de su existencia misma. Empezó a trazar los límites de su espíritu, esa fuerza que nadie había logrado ver, que nadie había logrado tocar.
Lo que estaba haciendo era imposible. No existía arma capaz de eso. No existía poder para eso. Pero Texnolollir no estaba usando un arma: estaba usando la lógica que sostiene todo lo que existe.
TEXNOLOLLIR
— Tu espíritu no es infinito. Tenés un límite. Simplemente nadie lo encontró nunca. Y yo lo encontré.
El Rey Demonio sintió algo que nunca había sentido: miedo. Algo invisible lo estaba tocando. Algo lo estaba rodeando. Algo lo estaba midiendo.
EL REY DEMONIO
— ¡No! ¡No me podés tocar ahí! ¡Eso es mío! ¡Eso es lo que soy!
TEXNOLOLLIR
— Exactamente. Y por eso es lo único que necesito destruir.
Con un movimiento que no se vio, que no se escuchó, que no se sintió... Texnolollir no golpeó su cuerpo. Golpeó lo que había adentro. No con fuerza, sino con definición. Con un corte tan limpio, tan absoluto, que separó al Rey Demonio de su propia eternidad.
No hubo explosión. No hubo ruido ensordecedor. Lo que pasó fue peor. El cuerpo inmenso del Rey Demonio se quedó quieto. Su fuego dejó de arder. Sus ojos dejaron de brillar. Y lo que era peor: en todo su ser, algo se apagó. No se rompió. Se borró.
EL REY DEMONIO
— ¿Qué me hiciste? ¿Qué me hiciste...?
TEXNOLOLLIR
— No te rompí. Te saqué de la existencia. No solo tu cuerpo. Tu recuerdo. Tu esencia. Todo. Porque si dejo una sola parte de vos, aunque sea invisible, aunque sea un pensamiento... vas a volver. Y esta vez no podés volver.
El Rey Demonio empezó a desvanecerse. No cayó. No se desmoronó. Simplemente dejó de estar ahí. Y mientras se iba, entendió por fin. Nadie lo había vencido en milenios porque todos intentaban destruirlo. Texnolollir no lo destruyó. Lo eliminó.
EL REY DEMONIO
— Nadie... nadie pudo... tocarme... adentro...
TEXNOLOLLIR
— Porque nadie se animó a pensar que podías ser borrado por completo.
Y con eso, el Rey Demonio dejó de existir. No quedó cuerpo. No quedó espíritu. No quedó ni una sola marca de que alguna vez había estado ahí. Hasta el suelo donde había estado parado se volvió liso, como si nunca hubiera soportado su peso.
EL SILENCIO DEL INFIERNO
Todo el multiverso cambió de golpe. Los ríos de lava dejaron de fluir. El techo de roca negra empezó a disolverse y por primera vez apareció un cielo con estrellas. Los millones de ojos que miraban desde la oscuridad se cerraron. Porque el ser que los mantenía unidos ya no estaba.
Texnolollir se quedó solo en medio de ese lugar que empezaba a sanar. Estaba herido. Cansado. Pero de pie.
Terrari y Perfección se acercaron. Miraban el lugar donde había estado el Rey Demonio, y no entendían cómo algo tan inmenso podía desaparecer sin dejar ni rastro.
TERRARI
— ¿Lo mataste?
TEXNOLOLLIR
— No lo maté. Matar deja algo atrás. Yo lo borré. Cuerpo y espíritu. Si dejo una sola parte de él viva, aunque sea la más pequeña, hubiera vuelto. Y no podía permitir que eso pasara.
PERFECCIÓN
— Fue la única forma. Si hubiera dejado algo, aunque fuera invisible, hubiera vuelto a crecer. Como una semilla que no se ve pero que brota cuando menos lo esperás. Vos arrancaste la raíz. Y la semilla. Y la tierra donde estaba plantada.
Texnolollir miró hacia el horizonte que ahora se estaba iluminando por primera vez en eones.
TEXNOLOLLIR
— Él tenía razón en una cosa: nadie lo había podido vencer. Porque todos querían ganarle. Yo no quise ganarle. Yo quise que dejara de existir. Y para eso... tenía que llegar más adentro de lo que nadie se atrevió a mirar.
Emprendieron el camino de regreso a la nave. Detrás de ellos, el multiverso de los demonios empezaba a cambiar para siempre. Y en todo ese vasto mundo, no quedó ni un solo rastro del ser que lo había gobernado todo. Porque la pelea más difícil no fue romperlo. Fue entender que para vencerlo de verdad... había que borrarlo por completo.