CAPÍTULO 27 — MULTIVERSO 24: EL ÁRBOL QUE DABA Y QUITABA VIDAS
La nave descendió en un mundo donde no había montañas ni ciudades. Todo era un valle infinito cubierto de un pasto suave que brillaba con una luz tenue y dorada. Y en el centro de todo, se alzaba él. El Gran Árbol. No era un árbol común. Su tronco era tan ancho que habría cubierto ciudades enteras, y sus ramas se extendían tan alto que parecían sostenerse entre las estrellas. Su corteza tenía un brillo que cambiaba suavemente, como si latiera, y de él emanaba una energía tan inmensa que se podía sentir en el aire, en el suelo, en cada respiración.
Texnolollir, Terrari y Perfección se acercaron lentamente. Al estar cerca del árbol, sintieron algo extraño: a la vez que les daba fuerza, que los llenaba de una energía que sanaba cualquier herida, sentían que algo los tomaba prestado. Como si el árbol estuviera tomando un poco de ellos para seguir creciendo.
PERFECCIÓN
— Lo estoy analizando. Este árbol funciona como un puente. Extrae energía de todo el multiverso, de cada estrella, de cada planeta, de cada ser vivo… y la acumula aquí. Y con esa energía… crea frutos. Cada fruto es una vida. Una vida que ya existió y que volvió.
TEXNOLOLLIR
— Resucita seres poderosos. Al azar. Cada vez que un fruto madura y cae, alguien que murió hace siglos, hace milenios, vuelve. Y no vuelve débil. Vuelve con todo su poder. Como si nunca hubiera muerto.
Miraron hacia abajo. Había frutos por todas partes. Algunos brillaban con luz propia, otros estaban llenos de fuerza. Pero entonces vieron algo que los detuvo. Había un fruto que no brillaba. Estaba arrugado, seco, sin vida, colgando de una rama baja como si hubiera olvidado madurar.
TERRARI
— Ese… ese no va a caer. No va a resucitar a nadie.
Se quedaron mirándolo. Podrían haberlo tocado, podrían haberlo activado, podrían haberlo hecho caer. Pero los tres pensaron lo mismo al mismo tiempo.
TEXNOLOLLIR
— Si lo hacemos caer, resucitamos a alguien. Y no sabemos quién puede ser. Podría ser el ser más bondadoso que existió. O podría ser el más destructivo que jamás caminó por un mundo. Y no vale la pena el riesgo.
TERRARI
— Tiene razón. Dejémoslo así. Seco. Quieto. Mejor que no nazca lo que no sabemos si podemos controlar.
Así que lo dejaron. El fruto seco siguió ahí, olvidado, sin molestar a nadie. Y ellos siguieron adelante, investigando qué más había en ese lugar.
EL LIBRO Y EL SECRETO DEL ÁRBOL
Caminaron alrededor del árbol durante horas. Encontraron raíces que bajaban hasta lo más profundo del multiverso, canales de energía que brillaban bajo la corteza, cámaras donde la fuerza se acumulaba esperando ser usada. Y en una de esas cámaras, oculto entre las raíces más antiguas, encontraron algo que no esperaban: un libro.
No estaba hecho de papel. Sus páginas eran de un material que parecía luz solidificada. Y al abrirlo, las palabras se formaban solas ante sus ojos. Contaban la historia completa del árbol: quién lo plantó, cómo se alimentaba, cómo cada fruto contenía un alma que había partido de este mundo. Y al final, hablaba de alguien. Alguien que había estado observando, esperando, aprendiendo cómo funcionaba todo.
Texnolollir leyó en voz alta:
"Y habrá uno que no tendrá poder. No tendrá fuerza. No tendrá brillo. Pero aprenderá el secreto del árbol. Y querrá usarlo para unir todo lo que hay. Querrá tomar cada alma resucitada, cada ser poderoso que caiga de sus ramas, y combinarlos todos en uno solo. Querrá hacer una existencia hecha de mil existencias, un ser que lo sea todo, que lo controle todo, que no deje espacio para nadie más."
Cerraron el libro. Y entonces lo escucharon. Una risa suave, que venía de entre las sombras. No era una risa que asustara. Era una risa de alguien que creía tener todo resuelto.
EL SER QUE QUERÍA SERLO TODO
De entre las raíces salió él. Un ser de apariencia común, frágil, con ropas sencillas, sin armadura, sin armas, sin brillo. No irradiaba poder. No pesaba sobre el aire. No hacía temblar el suelo. Era débil. Tan débil que cualquiera de ellos habría podido romperlo con un dedo. Pero en sus ojos había una ambición tan grande que habría llenado galaxias enteras.
EL SER DE LAS RAÍCES
— Ya lo leyeron, ¿verdad? Ya saben lo que voy a hacer. Este árbol me dio todo lo que necesitaba. Cada fruto que cae es una pieza de mi rompecabezas. Cada ser que resucita es una parte de lo que voy a ser. Voy a combinarlos a todos. Voy a tomar su fuerza, su inteligencia, su memoria, su alma… y voy a fundirlas en mí. Y cuando termine… no habrá nadie más. Solo yo. Todo lo que fue, todo lo que es, todo lo que será… todo seré yo.
Texnolollir lo miró con lástima.
TEXNOLOLLIR
— Y creés que podés hacerlo. Tomar lo que otros fueron y hacerlo tuyo. Sin haber vivido lo que ellos vivieron. Sin haber cargado lo que ellos cargaron.
EL SER DE LAS RAÍCES
— No importa cómo lo consiga. Importa que lo consiga. Yo voy a ser el único. Y este árbol… este árbol va a darme todo lo que necesito. Ya aprendí cómo funciona. Ya sé cómo unir las almas. Nadie me puede detener. Nadie entiende lo que yo entiendo.
Terrari lo miró. Lo analizó de arriba abajo. Vio que no tenía defensas. No tenía escudos. No tenía ninguna capacidad de pelea. Solo tenía un plan. Un plan que habría destruido la identidad de millones de seres, pero que él no tenía la fuerza de llevar a cabo.
TERRARI
— Escuchame bien. Vos querías serlo todo. Pero no sos nada. Querías tener el poder de todos, pero no pudiste ni conseguir el tuyo propio.
EL SER DE LAS RAÍCES
— ¡No me entendés! ¡Yo soy el que va a cambiar todo! ¡Déjame mostrarte! ¡Ya tengo el primer fruto listo para caer!
El ser extendió las manos hacia el árbol, intentando activar algo, intentando comenzar el proceso que habría fusionado todo. Pero Terrari no esperó. No necesitó transformarse. No necesitó usar Calamity. No necesitó ningún poder especial.
Simplemente dio un paso adelante, levantó el pie y le dio un zapapié tan fuerte, tan directo, tan simple, que le reventó la cabeza antes de que pudiera terminar de hablar.
No hubo explosión. No hubo rayos. No hubo palabras finales. Fue un golpe seco, fuerte, definitivo. Y el ser que quería serlo todo cayó al suelo, sin vida, sin gloria, sin haber logrado nada.
EL ÁRBOL SIGUE EN PIE
Terrari sacudió el polvo de su pie.
TERRARI
— A veces los planes más grandes se terminan con el golpe más chico. Porque si no tenés la fuerza para sostenerlos, no importa qué tan buenos sean. Se caen solos.
Texnolollir miró el árbol. Seguía ahí, inmenso, lleno de energía, lleno de frutos. Seguía tomando fuerza del multiverso y devolviéndola en forma de vidas. Pero ahora sabían que nadie lo estaba manipulando. Que el que quería usarlo ya no estaba.
PERFECCIÓN
— El árbol va a seguir dando frutos. Van a seguir cayendo. Van a seguir resucitando seres poderosos. Pero al menos ahora van a ser libres. Nadie los va a juntar. Nadie los va a fusionar. Cada uno va a ser quien quiera ser.
Miraron hacia el fruto seco. Seguía ahí, quieto, sin caerse, sin madurar.
TEXNOLOLLIR
— Y ese… ese sigue seco. Y así va a seguir. Porque a veces la mejor decisión no es saber qué va a pasar. Es saber que hay cosas que es mejor no saber. Y no tocar.
Se alejaron del Gran Árbol mientras la luz de sus ramas los despedía suavemente. Detrás de ellos, el árbol seguía latiendo, llenando el mundo de energía, esperando que sus frutos maduraran. Pero ninguno de ellos volvió a tocar el fruto seco. Y el ser que quería serlo todo quedó olvidado entre las raíces, como una lección de que no hace falta ser fuerte para tener grandes planes… pero hace falta ser fuerte para que esos planes no terminen con un solo golpe.