CAPÍTULO 28 — MULTIVERSO 25: EL CABALLERO SOLARI Y LA ESPADA QUE CORTABA REALIDADES
La nave descendió en un mundo silencioso, donde el polvo flotaba como si el tiempo se hubiera detenido hace eones. Al pisar la superficie, lo primero que vieron fue eso: armaduras. Miles de ellas, esparcidas por todo el reino, algunas rotas, otras enteras, todas vacías, todas sin dueño. Parecían haber sido abandonadas en un instante, como si quienes las usaban hubieran desaparecido de golpe, sin tiempo de soltarlas, sin tiempo de huir.
Caminaron entre filas de armaduras que alguna vez pertenecieron a guerreros poderosos, a guardianes, a protectores de ese mundo. Y al llegar al centro del reino, frente a lo que quedaba de un trono imponente, lo vieron.
En el asiento real, cubierto de polvo, estaban los huesos del Rey. Blancos, limpios, quietos. No había signos de batalla en ellos. No había marcas de espada ni de fuego. Simplemente estaban ahí, como si su vida se hubiera apagado de un momento a otro sin que pudiera hacer nada.
Y a unos tres metros de distancia, arrodillado, con la punta de su espada apoyada en el suelo, estaba otra armadura. No era como las demás. Era de un metal que brillaba con un tono dorado suave, grabada con runas que dormían, esperando. Su postura era perfecta: lealtad absoluta, respeto eterno, espera infinita. Frente a su Rey, arrodillado, desde hacía quién sabe cuánto tiempo.
Texnolollir dio un paso hacia ella. Terrari y Perfección se detuvieron atrás.
TEXNOLOLLIR
— Hay algo aquí. No es solo metal. Algo duerme adentro.
Extendió la mano y tocó el hombro de la armadura.
En ese instante, las runas que estaban grabadas en cada pieza de la armadura se encendieron de golpe con una luz dorada intensa. El aire vibró. El suelo tembló. Y la armadura, que había estado quieta por siglos, se enderezó lentamente. No era metal movido por resortes ni por magia externa: el espíritu que alguna vez habitó ese cuerpo había vuelto a tomar posesión de su hogar. Estaba completo. Estaba de vuelta.
La armadura se puso de pie. Su espada, que había estado apoyada en el polvo, se levantó sola, firme, lista. Y una voz resonó, profunda, cálida, como el sonido de soles naciendo:
— Yo soy el Gran Caballero Solari. Y este es mi reino. Y nadie lo va a tocar mientras yo esté aquí.
Texnolollir no retrocedió. Lo miró a los ojos, que ahora brillaban con fuego dorado detrás del yelmo.
SOLARI
— Mi espada no es como las demás. Fue forjada en el corazón de cien mil estrellas. Su filo no corta solo carne ni metal. Corta realidades enteras. Con un solo toque puedo separar un mundo de su historia, puedo abrir grietas entre el tiempo, puedo dividir lo que parecía indivisible. Su poder es el de cien mil trillones de soles. Y la voy a usar si hace falta.
Se lanzó al ataque. No era una pelea de furia: era una pelea de alguien que ha entrenado toda su vida para un solo propósito. Cada movimiento era perfecto, medido, letal. Su espada dejaba estelas de luz que al pasar abrían grietas en el espacio mismo, como si la realidad se rasgara solo por donde ella pasaba. Cada golpe que daba hacía temblar los cimientos del multiverso.
Texnolollir lo esquivaba. No porque no pudiera detenerlo, sino porque entendía que Solari no era su enemigo. Estaba defendiendo lo que amaba. Estaba cumpliendo su juramento. Cada vez que la espada bajaba, Texnolollir se movía justo donde la realidad no se rompía, justo donde el filo más afilado no llegaba. Horas parecieron minutos. Minutos parecieron segundos. Y poco a poco, entre golpe y golpe, entre estocada y estocada, Solari empezó a ver algo que no esperaba.
Vio que Texnolollir no atacaba. Vio que no venía a destruir. Vio que no venía a conquistar. Que esquivaba con respeto, que se movía con cuidado, que no quería lastimarlo. Y en el momento en que iba a dar el golpe más poderoso de todos, detuvo la espada a centímetros de su pecho.
SOLARI
— No venís a matar. No venís a tomar nada. ¿Quién sos?
TEXNOLOLLIR
— Soy quien pasa a ver. Quien ve mundos, quien los entiende. No vine a invadirte, Solari. Vine a saber qué pasó aquí.
LA VERDAD DEL REINO SILENCIOSO
Solari bajó la espada. La luz de sus runas se suavizó. Ya no había amenaza en su postura, solo una tristeza tan grande que pesaba más que su armadura entera.
SOLARI
— Me preguntás cómo fue posible que mi espíritu volviera. Que tomara la armadura después de tanto tiempo... Fue por las runas. Las grabé yo mismo, antes de que pasara. Sabía que si yo caía, si mi cuerpo moría, mientras la armadura siguiera ahí, mientras alguien la tocara con intención pura... yo volvería. No para vivir para siempre. Solo para defender lo que dejé.
Miró hacia los huesos del Rey, a tres metros de distancia. Y su voz se quebró, aunque no se escuchó en su tono: se sintió en el aire.
SOLARI
— Lo que pasó aquí... no fue una guerra. No fue un ejército. No fue una espada. Vino él. Vino Domi.
Texnolollir asintió. Ya había escuchado ese nombre antes. En otros mundos, en otros silencios.
SOLARI
— Nadie peleó contra él. Nadie pudo. Porque no necesitó golpearnos. No necesitó lanzar rayos ni romper montañas. Simplemente estuvo ahí. Su sola presencia era tan grande, tan inmensa, que todo lo que existía aquí dejó de funcionar. El aire dejó de moverse. La vida dejó de crecer. Los corazones dejaron de latir. No fue violencia. Fue peso. Un peso que aplastó todo el multiverso sin que él moviera un dedo.
Se detuvo, miró sus manos de metal, la espada que podía cortar realidades.
SOLARI
— Yo tenía esta espada que podía dividir mundos. Yo tenía el poder de cien mil trillones de soles. Y no sirvió de nada. Porque no había nada que pelear. No había nada que atacar. Él simplemente existió... y todo lo demás se detuvo. El Rey se quedó quieto. El ejército se quedó quieto. Y yo... yo me arrodillé aquí, esperando. Esperando a que alguien tocara la armadura. Esperando a que alguien preguntara. Esperando a que alguien supiera que pasó.
Texnolollir se acercó un poco más.
TEXNOLOLLIR
— ¿Y Domi se fue?
SOLARI
— Se fue. O tal vez sigue ahí y no lo vemos. Lo único que sé es que después de que demostró todo su poder, con solo estar, simplemente se alejó. Y nos dejó así. Quietos. Congelados. Como si hubiéramos sido un recuerdo que alguien decidió dejar de mirar.
Solari miró su espada, la que podía cortar realidades, la que tenía el poder de soles incontables. Y la guardó lentamente en su vaina.
SOLARI
— Ahora sé por qué volví. No era para pelear. Era para contarlo. Era para que alguien supiera que Domi pasó por aquí. Que lo hizo sin esfuerzo. Sin ruido. Sin siquiera levantar la mano.
TEXNOLOLLIR
— Gracias por decírmelo. Ahora sé qué tan lejos llega. Y sé qué tan pesado es su paso.
Solari asintió. Y con ese gesto, las runas de su armadura empezaron a apagarse una a una.
SOLARI
— Ya cumplí. Ya lo conté. Ya alguien lo sabe.
Su figura se volvió cada vez más transparente. La luz dorada se desvaneció. Y cuando desapareció por completo, la armadura volvió a arrodillarse en el mismo lugar, a tres metros de su Rey, quieta, esperando. Pero ahora no esperaba a que alguien la tocara. Esperaba a que alguien lo recordara.
Texnolollir, Terrari y Perfección se quedaron un momento en silencio, frente a los huesos del Rey y la armadura vacía del Gran Caballero Solari. Y entendieron algo que ninguno de ellos había pensado antes: el poder más grande no es el que corta realidades. Es el que las detiene sin siquiera tocarlas.
Y con ese peso en el pecho, se alejaron del reino silencioso, sabiendo que cada paso que daban los acercaba más a ese ser que con solo estar, podía borrarlo todo.