CAPÍTULO 31 — MULTIVERSO 28: EL ACORDE PODEROSO Y LA TECNOLOGÍA DE LA RESONANCIA
La nave descendió en un mundo donde el aire vibraba constantemente, como si estuviera lleno de sonidos que aún no se habían escuchado. No había ruido de máquinas ni de bestias. Había silencio, pero un silencio tenso, como si estuviera esperando la primera nota.
Texnolollir bajó solo. Sabía que algo lo estaba esperando. Algo que no iba a poder resolver solo con su inteligencia. Algo que lo iba a obligar a usar lo que había guardado en lo más profundo de su armadura: esa tecnología que fusionó con su cuerpo hace eones, la que daba vida a su equipo, la que podía invocar Devoradores de Dioses, la que él prefería no tocar. Y lo que lo hacía aún más difícil: sabía que las probabilidades estaban en su contra. Tenía menos del 1% de posibilidades de salir victorioso. Prácticamente era imposible.
En el centro de un claro inmenso, lo vio. Un ser de apariencia humana, esbelto, tranquilo, con una postura relajada como si estuviera a punto de dar un concierto. Llevaba unos anteojos de cristal oscuro que brillaban con una luz propia. Y en sus manos sostenía algo que no era un instrumento común: una guitarra con el cuerpo de un hacha de guerra, el mástil como un mango de acero, y las cuerdas hechas de una energía que cortaba el aire solo de verla.
Era el Acorde Poderoso. Todo su poder, absolutamente todo, venía de la música. De las notas, de los acordes, de la resonancia. No usaba tecnología. No usaba nada más. Solo la música.
ACORDE PODEROSO
— Viniste. Hace rato que te escucho llegar. Cada paso que das tiene un ritmo propio. Lástima que lo vas a interrumpir.
TEXNOLOLLIR
— No vine a escuchar música. Vine a pasar.
ACORDE PODEROSO
— Nadie pasa sin escuchar mi canción. Y nadie sobrevive a mi solo.
LA PELEA DE LAS NOTAS QUE DESTRUYEN
El Acorde Poderoso movió los dedos sobre las cuerdas. No fue un sonido cualquiera. Fue un acorde que hizo temblar el suelo kilómetros a la redonda. Y de cada vibración, de cada onda de sonido, nacieron seres. Sombras con forma de bestias, espectros con garras, criaturas hechas de pura resonancia que salieron disparadas hacia Texnolollir. Todo nacía de la música.
A la vez, el Acorde tocó una nota aguda, afilada como una espada, y de la guitarra salió un rayo de energía tan concentrado que atravesó tres montañas detrás de Texnolollir. No paraba: tocaba a dos manos, una tras otra, acordes que invocaban ejércitos y notas que lanzaban rayos capaces de romper la atmósfera. Hacía todo al mismo tiempo, sin errores, sin dudar, con una destreza que parecía imposible.
Texnolollir esquivaba los rayos, desviaba a las criaturas invocadas, pero cada vez que se acercaba, una pared de sonido lo empujaba hacia atrás. El poder de esas notas era real, físico, pesado. Cada acorde golpeaba como un puño de miles de toneladas.
ACORDE PODEROSO
— ¡Mírame cuando te hablo! ¡Mírame a los ojos!
Se quitó los anteojos un instante y los volvió a poner. Pero en ese segundo en que los tuvo levantados, una sombra cayó sobre todo el campo de batalla. Donde la mirada del Acorde tocaba, la gente, las rocas, el aire mismo… se convertían en piedra. Estatuas perfectas, silenciosas, para siempre.
ACORDE PODEROSO
— ¿Ves eso? Eso es lo que te espera. Solo me aguanto las ganas de sacármelos porque todavía quiero tocarte la canción. Pero si me obligás… te quedás así para siempre.
El Acorde Poderoso sonrió y volvió a tocar. Esta vez más rápido, más fuerte. Rayos cruzaban el cielo en todas direcciones. Cientos de seres invocados rodeaban a Texnolollir. La presión era tan grande que la armadura de Texnolollir empezó a crujir. No podía seguir así. No podía ganar solo esquivando. Las probabilidades eran menos del uno por ciento. Y ahí fue cuando llegó el momento que él temía.
LA TECNOLOGÍA QUE RESPONDE AL MISMO RITMO
Texnolollir se detuvo en medio del campo de batalla. Cerró los ojos un instante. Y tomó la decisión.
TEXNOLOLLIR
— No quería recurrir a esto. Pero me obligaste.
Puso ambas manos sobre su pecho. Y la armadura que llevaba puesta, esa que él había fusionado con su propia esencia hace tanto tiempo, esa que tenía vida propia, despertó. Las líneas grabadas en su cuerpo empezaron a brillar con una luz roja y oscura que hizo que el aire se volviera pesado. La armadura dejó de ser una protección pasiva: respiró. Se movió sola, se reconfiguró, creció, y de su espalda salieron aberturas que no estaban ahí antes.
Y de esas aberturas salieron ellos. Sombras inmensas, con bocas llenas de dientes que muerden estrellas, cuerpos que devoran la luz misma. Los Devoradores de Dioses. Invocados por esa armadura viva. No eran suyos, eran de la tecnología, pero respondían a su llamado.
El campo de batalla cambió de golpe. Los seres invocados por la guitarra chocaron contra los Devoradores y fueron borrados. Los rayos de energía eran absorbidos por esas sombras infinitas que no se rompían, no se quemaban, no se detenían.
ACORDE PODEROSO
— ¡No importa qué llames! ¡Mi música lo destruye todo! ¡Escuchá este acorde y desintegrate!
Tocó el acorde más poderoso de todos. Una nota que habría partido un planeta por la mitad. Pero los Devoradores simplemente la mordieron. Se la comieron. Y siguieron avanzando.
EL CUBO Y EL TIEMPO DETENIDO
El Acorde Poderoso empezó a desesperarse. Tocaba más rápido, más fuerte, se quitaba los anteojos intentando mirar a Texnolollir, convertirlo en piedra. Pero cada vez que lo hacía, Texnolollir lo miraba de frente y no pasaba nada.
ACORDE PODEROSO
— ¿Por qué no te convertís en piedra? ¡¿Por qué?!
TEXNOLOLLIR
— Porque yo ya no soy carne. Soy metal y luz. Y la mirada que convierte seres vivos en piedra… no sabe qué hacer conmigo. No encuentra vida que transformar. Encuentra estructura. Y la estructura no se convierte en estatua. La estructura se mantiene de pie.
El Acorde Poderoso dio un paso atrás. Ya no tenía trucos. Ya no tenía ventajas. Y en ese momento, uno de los Devoradores avanzó. No con furia, sino con propósito. Y con un movimiento lento y pesado, envolvió al Acorde Poderoso. No lo destruyó. No lo rompió. Lo encerró en un cubo. El mismo cubo que Texnolollir había usado antes, esa prisión que no necesita paredes porque se sostiene por fuerzas perfectamente alineadas.
Dentro del cubo, el Acorde Poderoso intentó tocar. Pero las notas no salían. Se quedaban atrapadas, rebotando contra las paredes invisibles. Y entonces, Texnolollir hizo algo más. Con la última energía que le quedaba, congeló el espacio y el tiempo justo dentro del cubo.
El Acorde Poderoso se quedó con los dedos sobre las cuerdas, con la boca abierta a punto de cantar, con la luz de sus anteojos congelada en el aire. Todo se detuvo. La vibración de la guitarra. El sonido que iba a salir. El movimiento de sus dedos. Todo quedó suspendido en un instante que no iba a pasar nunca.
EL FINAL
Texnolollir miró el cubo flotando suavemente hacia la nave. Menos del uno por ciento de probabilidad. Y aun así, había ganado.
La armadura se apagó lentamente, volviendo a su estado normal, durmiendo otra vez hasta que la necesitaran de nuevo. Los Devoradores se desvanecieron en la nada, como si nunca hubieran estado ahí. Y Texnolollir se quedó solo un momento, pensando en lo difícil que era ganar cuando las probabilidades dicen que no podés… y en lo mucho más difícil que era cuando tu enemigo tenía un poder que parecía no tener fin.