CAPÍTULO 34 — MULTIVERSO 30: EL MAGO Y EL DOMINIO QUE NO FUE SUYO
La nave descendió en un valle donde el viento no soplaba, pero el aire se sentía cargado, como si cada partícula estuviera observándolos. No había montañas ni ciudades. Solo llanura infinita y, en el centro, una figura con una túnica tan vieja que parecía tejida con el tiempo mismo. Tenía un bastón que brillaba con una luz inestable, y en sus ojos se veía la sabiduría de eones. Era el Mago Solitario. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Nadie sabía de dónde venía su poder.
Texnolollir bajó solo. Terrari y Perfección se quedaron en la nave, sabiendo que esta pelea tenía que ser entre dos que entendían lo que era controlar la realidad.
EL MAGO SOLITARIO
— Viniste lejos. Pasaste por mundos que yo ni recuerdo. Pero acá termina tu camino. Este multiverso es mío. Y nadie lo atraviesa sin mi permiso.
TEXNOLOLLIR
— No vine a quitarte nada. Solo vine a pasar. Dejame ir y no nos lastimamos.
EL MAGO SOLITARIO
— Nadie me dice lo que tiene que hacer. Ni vos, ni nadie.
LA PELEA QUE NO TERMINABA
El Mago levantó el bastón y el cielo se rompió. Rayos de luz pura cayeron sobre Texnolollir, cada uno capaz de borrar ciudades enteras. Texnolollir se movió, esquivando cada rayo con una precisión que parecía imposible, pero el Mago no paraba. Lanzó tormentas de fuego que no se apagaban, olas de hielo que congelaban el tiempo mismo, hechizos que hacían que las leyes de la física se desmoronaran. Hacía aparecer espadas de luz que volaban solas, abría grietas en el suelo que llevaban al vacío, invocaba sombras que arrastraban a sus víctimas a la nada.
Horas pasaron. Y cuanto más peleaban, más se daba cuenta el Mago de algo que le helaba la sangre: nada funcionaba. Cada hechizo, cada encantamiento, cada explosión de poder inmenso… Texnolollir lo esquivaba, lo desviaba, lo neutralizaba, o simplemente lo soportaba como si fuera una brisa. No porque fuera inmune. Sino porque entendía cómo funcionaba cada cosa antes de que tocara el suelo.
EL MAGO SOLITARIO
— ¿Cómo es posible? ¡He destruido dioses con esto! ¡He borrado reinos con un solo gesto! ¡Y vos ni siquiera te estás esforzando!
TEXNOLOLLIR
— Tu magia es hermosa. Poderosa. Bien ejecutada. Pero cada hechizo tiene una estructura. Cada encantamiento tiene una lógica. Y cuando entendés la lógica… podés cambiarla. Podés desarmarla antes de que funcione.
El Mago lanzó todo lo que tenía. Llamó a estrellas caídas, hizo que el aire se volviera veneno, que la gravedad se invirtiera, que la realidad se doblara sobre sí misma. Y aun así, Texnolollir seguía de pie. Caminando entre los escombros de cada hechizo, sin prisa, sin furia, simplemente avanzando.
EL MAGO SOLITARIO
— Basta. Basta de esto. Veo que no puedo vencerte en tu terreno. Pero no te preocupes… vamos a ir al mío.
LA EXPANSIÓN DE DOMINIO
El Mago clavó el bastón en el suelo y gritó con una voz que no era suya:
— ¡EXPANSIÓN DE DOMINIO!
El mundo se rasgó. El cielo, el suelo, el viento, todo se desvaneció como humo. Y de repente estaban en otro lugar. Un espacio infinito, de un color blanco perfecto, sin sombras, sin horizonte, sin ruido. En el centro flotaba un trono hecho de pura luz, y en él estaba el Mago Solitario, pero ya no se veía débil ni cansado. Brillaba con una autoridad que hacía doler los huesos.
EL MAGO SOLITARIO
— Bienvenido a mi dominio. Mi mundo. Mis reglas. Acá yo escribo cada ley. Yo decido qué funciona y qué no. Y acá… vos no sos nada.
Bajó un dedo. Y Texnolollir quiso dar un paso. No pudo. Su cuerpo se quedó pegado al suelo, pesado como si tuviera galaxias encima. Quiso activar su tecnología, llamar a sus armas, invocar cualquier cosa… y nada pasó. No respondió. La armadura no se encendió. Los sistemas no arrancaron. Todo estaba bloqueado.
EL MAGO SOLITARIO
— ¿Ves? Acá no podés moverte. Acá no podés usar tu tecnología. Acá no podés pensar si yo no te lo permito. Todo lo que sos, todo lo que tenés… no existe aquí. Yo lo decidí. Y cuando yo decido algo… es ley.
El Mago se levantó del trono y bajó lentamente hacia él, flotando con una sonrisa de triunfo que llevaba siglos esperando.
EL MAGO SOLITARIO
— Pensaste que tu inteligencia lo podía todo. Pensaste que porque entendés cómo funcionan las cosas podés dominarlas. Pero acá no hay cómo funcionan las cosas. Acá solo hay lo que yo digo. Y yo digo que te quedás quieto. Y te quedás quieto. Yo digo que no tenés poder. Y no tenés poder. ¿Qué vas a hacer ahora, genio? ¿Qué vas a hacer cuando todo lo que sabés no sirve de nada?
LA RESPUESTA QUE ROMPIÓ TODO
En ese silencio blanco, donde no había nada más que la voz del Mago, Texnolollir habló. No gritó. No sonó furioso. Sonó tranquilo. Seguro.
TEXNOLOLLIR
— Vos decís que no puedo moverme. ¿Pero quién lo decidió?
El Mago se detuvo, confundido.
EL MAGO SOLITARIO
— Yo lo decidí. Soy el dueño de este lugar. Yo lo decidí.
TEXNOLOLLIR
— Vos decís que mi tecnología no sirve acá. ¿Pero quién lo decidió?
EL MAGO SOLITARIO
— ¡Yo! ¡Yo lo decidí! ¡Mi dominio, mis reglas!
Texnolollir dio un paso adelante. No fue fácil. Se vio el esfuerzo en cada músculo. El aire se quebró a su alrededor como vidrio. Pero dio el paso. Y sonrió.
TEXNOLOLLIR
— Ahí está tu error. Vos creaste este lugar. Vos escribiste las reglas. Pero te olvidaste de algo fundamental. El último que decide acá… soy yo.
El Mago abrió los ojos desmesuradamente.
EL MAGO SOLITARIO
— ¡No! ¡Eso es imposible! ¡Mis reglas son absolutas! ¡Nadie las cambia!
Texnolollir dio otro paso. Y esta vez fue más fácil.
TEXNOLOLLIR
— Tus reglas son muy buenas. Están bien escritas. Tienen lógica. Tienen fuerza. Pero olvidaste que cualquier regla… se puede reescribir. Si entendés de dónde viene. Si entendés cómo se sostiene. Y yo la vi. Vi cómo armaste este lugar. Vi cada línea, cada barrera, cada prohibición. Las entendí todas. Y ahora… las voy a cambiar.
Levantó una mano. No salió luz de ella. No hubo explosión. Pero en todo ese espacio blanco, algo se rompió. Una grieta invisible que recorrió todo el dominio de punta a punta.
EL MAGO SOLITARIO
— ¿Qué hiciste? ¿Qué me hiciste?
TEXNOLOLLIR
— Simplemente te mostré que tu poder no es porque vos lo decidas. Es porque te lo creíste. Y yo dejé de creerlo.
LA PELEA EN EL DOMINIO
El Mago gritó de furia y lanzó todo su poder contra él. Rayos que habrían destruido universos enteros, llamas que devoraban la existencia, maldiciones que borraban la memoria de las almas. Pero esta vez fue diferente. Cada vez que el Mago lanzaba algo, Texnolollir lo miraba, lo analizaba en una fracción de segundo, y cambiaba la regla que lo hacía funcionar.
— "Ese rayo viaja rápido porque lo decidiste vos. Yo decido que se detenga." — Y el rayo se congeló en el aire.
— "Ese fuego quema porque lo ordenaste. Yo decido que se enfríe." — Y el fuego se convirtió en nieve que caía suavemente.
— "Yo no puedo moverme porque lo dijiste. Yo decido que yo decido dónde estoy." — Y Texnolollir se movió con una libertad que hizo temblar todo el dominio.
El Mago lo intentó todo. Cambió la gravedad, cambió el tiempo, intentó hacerlo invisible, intentó hacerlo pequeño, intentó hacerlo nada. Y cada vez, Texnolollir simplemente respondía con la misma calma:
— "Tu regla. Mi decisión."
La pelea se volvió algo que nadie había visto nunca: un ser que escribía la realidad contra otro que la reescribía al instante. El Mago construía muros de ley absoluta, y Texnolollir los atravesaba diciendo que no eran paredes. El Mago intentaba borrarlo, y Texnolollir respondía que él decidía si seguía existiendo.
EL FINAL DEL DOMINIO
El Mago cayó de rodillas. Su túnica ya no brillaba. Su luz se apagaba poco a poco. Y el espacio blanco empezó a agrietarse, a desmoronarse, porque la voluntad que lo sostenía ya no tenía fuerza.
EL MAGO SOLITARIO
— ¿Cómo… cómo pudiste? Este lugar era perfecto. Nadie podía vencerme acá. Nadie.
Texnolollir se acercó a él. No lo atacó. Se paró frente a él y lo miró a los ojos.
TEXNOLOLLIR
— Era perfecto. Pero cometiste un solo error. Creíste que porque vos lo creaste, te pertenecía. Y la verdad es que nada pertenece a quien lo crea. Le pertenece a quien lo entiende. Y yo lo entendí mejor que vos.
El dominio se desvaneció. Volvieron al valle donde todo había empezado. El Mago cayó al suelo, débil, sin fuerzas, mirando sus manos como si no supiera qué eran.
EL MAGO SOLITARIO
— Tengo milenios. He visto nacer y morir estrellas. Y nunca… nunca nadie me habló así. Nadie me dijo que mis reglas no eran las últimas.
Texnolollir le extendió una mano.
TEXNOLOLLIR
— Las reglas están para ayudarnos, no para encerrarnos. Y cuando te creés el dueño de la verdad… te olvidás de que también sos un prisionero de tus propias leyes.
El Mago miró la mano. Después miró a Texnolollir. Y por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, sonrió con humildad.
EL MAGO SOLITARIO
— Andá. Seguí tu camino. Ya no te voy a detener. Y gracias. Gracias por mostrarme que incluso el que cree tenerlo todo… todavía tiene algo que aprender.
Texnolollir asintió, se dio vuelta y caminó hacia la nave. Mientras subía, miró hacia atrás una última vez. El Mago seguía ahí, solo, mirando sus manos, pensando en todo lo que había creído que era cierto… y en lo poco que en realidad decidía cada uno.