Texnolollir

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CAPÍTULO 37 — MULTIVERSO 32: EL MUNDO QUE RESPIRABA SIN PENSAR
La nave descendió lentamente sobre un mundo donde el verde no era un color, era una fuerza que lo cubría todo. No había ciudades, ni caminos, ni rastro de que alguna vez hubo alguien que construyera algo. Lo que sí había era vida. Vida en cada rincón, en cada hoja, en cada gota de rocío. Bosques que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, ríos que corrían con un agua tan clara que parecía invisible, praderas que ondulaban con el viento como si fueran mares de hierba alta. Y en todas partes, animales de todos los tamaños: pequeños, grandes, majestuosos, extraños, moviéndose en un ritmo antiguo, sin prisa, sin miedo, sin guerras.
No había vida inteligente. Nadie que hablara, que construyera, que pensara en el mañana. Solo había seres que vivían. Y las plantas… las plantas de este mundo no eran simples vegetales que crecían quietas. Estaban vivas de verdad. Tenían conciencia. Sentían. Percibían. Cuando alguien pasaba cerca, las hojas se giraban para mirar. Cuando se cortaba una fruta, la planta lo sentía, no con dolor, sino con reconocimiento, como si supiera que estaba dando algo necesario. Era un mundo entero que respiraba, latía y sentía, pero nunca había desarrollado la capacidad de razonar. Simplemente era.
Texnolollir, Terrari y Perfección bajaron primero. Detrás de ellos, las puertas enormes de la nave se abrieron por completo. Y entonces comenzó a salir el ejército. Billones de seres, descendendo en filas ordenadas, llenando los claros del bosque, desplegándose por los campos y los valles. No venían a pelear. No venían a conquistar. Venían a recolectar.
LA ORDEN
Texnolollir se paró sobre una roca alta, donde todos podían verlo. Su voz no necesitó ser gritada; llegó a cada uno de los presentes, clara y firme.
TEXNOLOLLIR
— Escúchenme bien. Este mundo no tiene dueño. No tiene nadie que le dé órdenes. No tiene nadie que lo defienda con violencia. Pero eso no significa que sea nuestro para hacer lo que queramos. Todo lo que hay acá está vivo. Las plantas sienten. Los animales saben. Y vamos a respetarlos. No vamos a destruir nada más de lo que necesitamos. No vamos a cortar un árbol entero si solo necesitamos sus frutos. No vamos a matar un animal si no vamos a usar cada parte de él. Y cuando tomemos algo… dejemos algo a cambio. Semillas. Agua. Cuidado. Lo que tomamos, lo devolvemos en forma de vida.
El ejército asintió. No hubo que explicarlo dos veces. Sabían que no era una orden cualquiera. Era la forma en que él hacía las cosas.
LA RECOLECCIÓN
Se separaron en grupos. Unos se dirigieron a los árboles gigantes que daban frutos del tamaño de personas, de cáscara dorada y pulpa tan dulce que se sentía como energía pura al comerla. Otros bajaron a los valles donde crecían legumbres que crecían solas, enormes, llenas de nutrientes que podían sostener a un ser indestructible durante días. Otros fueron a los ríos, donde el agua no era solo agua: tenía minerales y propiedades que reparaban el cuerpo y fortalecían los huesos.
Y las plantas los miraban. Cuando alguien extendía la mano para tomar una fruta, el árbol la inclinaba suavemente, como si se la ofreciera. Cuando arrancaban una raíz, la tierra se abría sola para facilitarlo, y la planta no se defendía, porque sentía que no había malicia en quienes la tomaban.
Terrari caminaba entre los grupos, cargando canastas que solas habrían pesado toneladas. Vio cómo un grupo de seres enormes, de tres metros de altura, manejaban las frutas con una delicadeza que no parecía posible en ellos. Las colocaban con cuidado en los almacenes, una por una, sin golpearlas, sin apurarse.
TERRARI
— Nunca pensé que un ejército pudiera ser tan suave. Pensé que siempre era destruir y tomar.
TEXNOLOLLIR, que pasaba cerca cargando él mismo una cesta llena, respondió sin detenerse:
— Destruir es fácil. Cualquiera puede destruir. Pero tomar lo que necesitás sin romper todo lo demás… eso requiere más fuerza. Requiere pensar en lo que dejás atrás.
LO QUE LAS PLANTAS DIJERON
Pasaron días. Días de trabajo tranquilo, lleno de movimiento pero sin ruido innecesario. Al atardecer del tercer día, cuando la nave ya empezaba a llenarse, Texnolollir estaba en el borde de un claro, observando cómo terminaban de cargar las últimas provisiones. Fue entonces cuando lo sintió. No fue una voz. Fue una sensación que le llenó la mente.
Se dio vuelta y vio que frente a él, un enorme árbol de corteza plateada tenía todas sus hojas apuntándolo a él. Se movían suavemente, como manos saludando. Y entendió. El mundo entero, todas las plantas juntas, le estaban hablando. No con palabras, sino con imágenes y sentimientos.
Le mostraron que habían sentido cada paso. Que sabían que venían a tomar, pero que no venían a quedarse. Que habían visto que no rompían lo que no necesitaban, que no lastimaban por lastimar. Y le enviaron un sentimiento claro: gracias. Gracias por no destruirlos. Gracias por tratarlos como seres vivos y no como cosas.
Texnolollir se quedó quieto, recibiendo eso. Y les respondió con su propia mente: gracias a ustedes, por compartir. Gracias por dar lo que tienen.
Perfección se acercó y vio el árbol.
PERFECCIÓN
— Están de acuerdo. Sienten que no se les hizo daño. Calculo que si hubiéramos venido a saquear, las plantas mismas nos habrían detenido. Tienen vida, tienen fuerza. Y son muchas.
TEXNOLOLLIR
— Lo sé. Por eso no vine a mandar. Vine a pedir prestado. Y cuando pedís prestado… devolvés mejor de lo que te dieron.
LA DESPEDIDA
Cuando todo estuvo cargado, el ejército se reunió antes de subir. Había carros llenos de frutas que no se pudren en siglos, barriles de agua que fortalecía, semillas de cada tipo que podían cultivar en cualquier mundo. Tenían provisiones para mucho tiempo. Para todos. Billones de seres alimentados con lo que ese mundo les había dado.
Antes de subir, Texnolollir hizo una cosa más. Dio la orden de que dejaran semillas de cada fruto que habían traído de otros mundos, esparcidas por los campos, para que crecieran allí también. Dejaron sistemas de riego sencillos, hechos con tecnología que no dañaba, para que los ríos llegaran a los lugares más secos. Dejaron algo mejor de lo que encontraron.
Y cuando la nave comenzó a elevarse, miraron hacia abajo. Todo el bosque, todas las plantas, todas las hojas… se movían al mismo tiempo, como despidiéndose. Ondulando en una ola verde que recorría valles y montañas.
TERRARI
— No hubo peleas. No hubo enemigos. Y aun así… fue uno de los mundos más impresionantes que vimos.
TEXNOLOLLIR
— Porque no todo tiene que ser batalla. A veces lo más difícil es no pelear. Es saber pedir. Y saber agradecer.
La nave se alejó, dejando atrás ese mundo que respiraba, que sentía, que vivía en paz sin necesidad de entender nada más que eso: vivir, dar, y seguir creciendo. Y llevaban consigo no solo alimento para el cuerpo, sino también algo para el alma: la certeza de que se puede tomar todo lo que necesitás… sin romper nada en el camino.




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