CAPÍTULO 38 — MULTIVERSO 33: EL DÍA QUE LA LIBERTAD SE PAGÓ CON OBEDIENCIA
La nave descendió en un mundo donde el cielo estaba dividido en franjas de colores, como si alguien lo hubiera pintado a propósito para mostrar quién mandaba. Al pisar la superficie, lo primero que vieron fue esto: la gente caminaba mirando el suelo. No porque estuvieran tristes. Sino porque cada vez que levantaban la vista, veían a los dioses. Flotando sobre las montañas, sentados sobre las nubes, observando cada movimiento. Eran seres brillantes, imponentes, que hablaban con voz que hacía temblar la tierra. Y todos los que vivían ahí… eran sus esclavos.
Texnolollir, Terrari y Perfección bajaron. Y detrás de ellos, el ejército. No vinieron a pelear contra la gente. Vinieron a acabar con quienes los oprimían. Porque vieron que esos seres no eran débiles: tenían poder. Cada uno de ellos podía controlar el fuego, mover la tierra, hablar con los animales. Pero su poder ni siquiera llegaba al nivel de un semidiós. Nunca habían podido superar a quienes los dominaban desde hacía eones.
LA MASACRE DE LOS DIOSES
Texnolollir no perdió tiempo. Miró hacia lo alto, donde los dioses los miraban con desprecio, y avanzó. No hubo discursos. No hubo advertencias. Él era un ser absoluto. Y ellos… eran simplemente dioses pequeños de un mundo pequeño.
Subió al cielo como quien sube una escalera. Los dioses lanzaron rayos que habrían destruido continentes. Texnolollir los atravesó como si fueran humo. Los golpeó, los rompió, los hizo caer uno por uno desde lo alto. No fue una pelea. Fue una masacre. En cuestión de minutos, todos los dioses que habían reinado durante eones yacían destruidos en el suelo. Ninguno quedó en pie. Ninguno quedó con poder.
Bajó entre la gente, manchado de luz divina, y les habló con voz que hizo temblar cada rincón del mundo.
TEXNOLOLLIR
— ¡Ya está! ¡Se acabó! Los maté a todos. Ya no tienen dueños. Ya nadie les va a decir qué hacer. Son libres.
EL AGRADECIMIENTO QUE NO FUE TAL
Por un momento hubo silencio. Luego, la gente se acercó. Terrari y Perfección esperaban ver alegría. Lágrimas de gratitud. Gente abrazándose, corriendo, gritando de alegría. Pero no fue así.
Se acercaron, sí. Pero no sonreían. No miraban a los ojos. Y cuando hablaron, lo hicieron con una voz extraña, seca, cargada de resentimiento.
UNO DE ELLOS
— Bueno, gracias supongo. Pero… ¿qué hacemos ahora? ¿Nos dejaste solos?
OTRO, cruzado de brazos:
— Sí, gracias y todo eso, pero ahora quién nos da de comer. ¿Quién nos protege? Los dioses nos cuidaban. Vos los mataste y ahora nos dejaste sin nada.
UNA MUJER, con tono de reproche:
— No pedíamos que los mataras. Estábamos bien. Sí, nos mandaban, pero nos daban todo. Vos venís, rompés todo y te vas. ¿Y nosotros qué?
TERRARI, incrédulo:
— ¿Qué dicen? ¡Acabamos de salvarlos! ¡Les devolvimos la vida!
OTRO, gritando:
— ¡No nos salvaste nada! ¡Nos metiste en problemas! ¡Ahora quién nos cuida!
No eran palabras de gratitud. Eran quejas. Eran reclamos. Eran reproches. Le agradecían mal. Como si él les hubiera hecho un favor mal hecho, como si la libertad fuera un problema que él les había dejado encima. Lo miraban como si fuera el culpable de que ya no tuvieran a nadie que les ordenara.
LA DECISIÓN
Texnolollir los miró. Sintió la ingratitud. Vio que no valoraban lo que les había dado. Que solo veían lo que habían perdido, no lo que habían ganado. Y su expresión cambió. No se enojó con furia. Se puso serio. Frío. Absoluto.
TEXNOLOLLIR
— Los maté a todos por ustedes. Les di la vida. Y así me lo agradecen. Se quejan. Se quejan de que son libres. Se quejan de que ya nadie les dice qué hacer.
Dio un paso hacia ellos. Su presencia pesó más que antes.
TEXNOLOLLIR
— No voy a permitir que desperdicien esto. No voy a permitir que vivan enojados con lo que hice por ustedes. Si no saben estar contentos… yo voy a hacer que estén contentos.
EL LAVADO DE CEREBRO
Levantó una mano. No fue violento. No dolió. Fue suave. Pero en ese instante, cada mente de cada ser en ese mundo se abrió como un libro. Él entró. Cambió lo que tenía que cambiar. No borró todo. No les quitó su identidad. Pero reescribió cómo se sentían respecto a lo que había pasado.
De repente, las caras cambiaron. El ceño fruncido se relajó. La queja se convirtió en sonrisa. El resentimiento se convirtió en adoración. Todos lo miraron a él con ojos brillantes, llenos de alegría sincera, de gratitud profunda, de admiración absoluta. Como si siempre lo hubieran mirado así. Como si siempre hubieran sentido eso.
UNO DE ELLOS, con voz llena de alegría:
— ¡Gracias! ¡Muchas gracias por salvarnos! ¡Eres el más grande de todos!
OTRO, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad:
— ¡Qué bueno que viniste! ¡Qué bueno que nos liberaste! ¡Nunca fuimos tan felices como ahora!
TERRARI, mirándolos asombrado:
— ¿Qué hiciste?
TEXNOLOLLIR, sin dejar de mirarlos:
— Les di lo que no podían encontrar solos. Les di alegría. Ahora están contentos. Ahora agradecen como corresponde. Ahora todo está bien.
PERFECCIÓN
— Pero no es real. No lo sienten de verdad.
TEXNOLOLLIR
— ¿Y qué importa? Si están contentos. Si están agradecidos. Si viven en paz. ¿Qué más da si yo se lo puse? Ellos no lo saben. Ellos lo creen suyo. Y eso es suficiente.
EL RESULTADO
Se dieron vuelta y se fueron. Detrás de ellos, todo el mundo los despedía saludando, sonriendo, llenos de una felicidad que no era suya pero que para ellos era tan real como el sol. Vivieron libres de los dioses, sí. Pero ahora vivían bajo la voluntad de Texnolollir. No lo sabían. No lo sentían como una cadena. Lo sentían como gratitud. Como amor. Como la cosa más natural del mundo.
Ya en la nave, Terrari no dejaba de pensar en lo que había visto.
TERRARI
— Los salvó. Mató a los dioses. Los liberó. Y cuando no le agradecieron bien… les cambió la mente.
TEXNOLOLLIR
— Hice lo que tenía que hacer. ¿Para qué los liberé si iban a vivir quejándose? ¿Para qué les di todo si iban a odiarme por hacerlo? Prefiero que estén contentos aunque no sepan por qué.
PERFECCIÓN
— Y ahora… ¿quién es su dios?
Texnolollir miró por la ventana cómo ese mundo se alejaba, tranquilo, feliz, agradecido.
TEXNOLOLLIR
— Ahora tienen a alguien que los cuida. Alguien que les dio todo. Y ahora… por fin… saben agradecerlo como se debe.