CAPÍTULO 39 — MULTIVERSO 34: LA CIUDAD QUE FLOTABA ENTRE MUNDOS
La nave descendió no hacia un planeta, sino hacia algo más grande, más brillante, más inmenso: una nave comercial tan enorme que abarcaba un multiverso entero. No tenía horizonte. No tenía fin. Se extendía en todas direcciones, llena de pasillos tan anchos como ríos, de mercados que parecían océanos de puestos, de estructuras que tocaban los límites de la existencia misma. Seres de mil formas, mil colores, mil mundos diferentes caminaban por sus calles. Algunos volaban. Algunos flotaban. Algunos caminaban sobre sus manos. Todos venían de lugares distintos, todos traían algo para vender, todos buscaban algo para llevarse. Era el punto de encuentro de todo lo que existía.
Texnolollir, Terrari y Perfección bajaron a esa inmensa ciudad flotante. No vinieron a pelear. No vinieron a conquistar. Simplemente se detuvieron a ver. A recorrer. A mirar cómo seres de realidades tan diferentes convivían, comerciaban, se hablaban sin entenderse del todo pero entendiendo lo suficiente para intercambiar.
EL CAMINO Y LAS PALABRAS
Caminaron por pasillos que no tenían fin. A los lados, puestos de todo tipo: vendían estrellas en frascos, recuerdos de vidas que nunca se vivieron, tecnologías que rompían leyes físicas, objetos que pesaban menos que un pensamiento y más que una galaxia. El ruido era suave, un murmullo de miles de idiomas a la vez.
Y mientras caminaban, hablaron. O mejor dicho: Terrari y Perfección hablaron.
TERRARI
— Mirá todo esto. Cada ser que ves acá cruzó fronteras que nosotros ni imaginamos. Vienen de multiversos donde las leyes de la física no son las nuestras, donde el tiempo corre para atrás, donde el espacio no se mide en metros sino en sentimientos. Y todos se juntan acá… para cambiar cosas. Para compartir. Como si fuera lo más natural del mundo.
PERFECCIÓN
— Lo más impresionante no es lo que venden. Es que se dejan estar. No se atacan. No se dominan. Cada uno tiene su poder, su origen, su forma de ser… y aun así negocian. Acuerdan. Respetan el trato. Eso requiere más fuerza que destruir un mundo.
TERRARI
— ¿Y vos creés que lo hacen por necesidad? ¿O porque simplemente aprendieron que es más fácil compartir que quitar?
PERFECCIÓN
— Creo que aprendieron que hay cosas que no se pueden tomar por la fuerza. Hay conocimientos, hay experiencias, hay cosas que solo te las dan si te las quieren dar. Y acá… todos saben eso.
Y así siguieron, hablando, analizando, preguntándose, comentando cada cosa que veían. Terrari con su asombro, con su mirada de guerrero que veía algo más grande que la batalla. Perfección con sus análisis, sus cálculos, sus observaciones sobre cómo funcionaba todo ese inmenso sistema de comercio y convivencia.
EL QUE HABLABA POCO
Y mientras ellos hablaban, Texnolollir caminaba al lado, escuchando, pero diciendo casi nada. De vez en cuando asentía. De vez en cuando miraba algo con más atención, se detenía un instante, y seguía caminando. Pero no participaba de la conversación. No porque no le importara. Sino porque estaba viendo otra cosa.
Terrari se dio cuenta y se le acercó un momento.
TERRARI
— ¿No te llama la atención nada? ¿No tenés nada que decir de todo esto?
Texnolollir miró alrededor, a los miles de seres que pasaban, a los puestos, a la luz que recorría toda esa nave infinita.
TEXNOLOLLIR
— Me llama la atención todo. Por eso no hablo. Cuando hablo, dejo de ver. Y acá hay mucho para ver.
PERFECCIÓN
— ¿Y qué ves que nosotros no vemos?
TEXNOLOLLIR
— Veo que todos comercian. Pero nadie pregunta de dónde viene lo que compran. Nadie pregunta qué costo tuvo para quien lo trajo. Cambian cosas como si fueran objetos… sin saber que cada una tiene una historia detrás. Y eso está bien. Es necesario. Pero es incompleto.
Se detuvo frente a un puesto donde un ser de luz vendía semillas que hacían crecer árboles que daban frutos de tiempo. Lo miró un momento, asintió, y siguió caminando.
TEXNOLOLLIR
— Ustedes hablan de cómo funciona. Yo pienso en por qué funciona. Y en cuánto va a durar.
EL FINAL DEL RECORRIDO
Caminaron horas. O días. En esa nave el tiempo no importaba. Recorrieron mercados enteros, cruzaron plazas donde se reunían seres de cientos de multiversos, vieron intercambios que habrían cambiado el destino de mundos enteros. Y todo ese tiempo, Terrari y Perfección siguieron hablando, compartiendo ideas, aprendiendo el uno del otro. Y Texnolollir caminaba con ellos, al lado, presente, atento, pero siempre con esa calma silenciosa que lo hacía parecer como si supiera algo que los demás todavía no iban a entender.
Cuando llegaron al lugar donde estaba su nave, listos para partir, Terrari miró hacia atrás, hacia esa ciudad inmensa que seguía llenándose de seres que llegaban y se iban.
TERRARI
— Fue lindo. No hubo peleas. No hubo enemigos. Solo gente comerciando.
TEXNOLOLLIR
— Sí. Fue lindo. Pero no te confundas. Que no haya peleas no significa que no haya poder. Acá cada uno tiene el poder de destruir lo que ve. Y aun así… eligen intercambiar. Eso es lo que realmente vale la pena.
Y sin decir nada más, subió primero a la nave. Terrari y Perfección se miraron, sonrieron, y lo siguieron. Y mientras la nave despegaba, dejando atrás esa ciudad que flotaba entre todos los mundos, se quedaron pensando en lo que él había dicho: que la verdadera fuerza no está en poder destruir todo, sino en tener el poder de destruir todo… y elegir no hacerlo.