Texnolollir

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CAPÍTULO 42 — MULTIVERSO 37: EL MULTIVERSO DE LAS PUERTAS INFINITAS
La nave descendió en un espacio que no tenía cielo ni suelo, sino que todo estaba formado por hileras y hileras de puertas. Se extendían hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, sin fin, sin repetición, cada una diferente a la otra, tallada con símbolos que brillaban con luces distintas. Era el Multiverso de las Puertas. Cada una conducía a un lugar sagrado, a un mundo donde las reglas eran distintas, donde guardaban cosas que no existían en ningún otro rincón de la creación.
Texnolollir bajó primero. Terrari y Perfección se quedaron a su lado, observando con asombro cómo esa infinidad de puertas parecía no tener fin. No se veía el borde. No se veía el límite. Simplemente seguían y seguían hasta perderse en la distancia.
TEXNOLOLLIR
— Quédense cerca. Cada puerta es un mundo. Cada una tiene su propia ley. Y ninguna es igual a otra. Voy a investigarlas todas. Puede tomar tiempo.
Y comenzó. Puerta por puerta. Una tras otra. Durante tres horas completas no hizo otra cosa que abrir, observar, registrar y cerrar. Tres horas en las que no se detuvo, no descansó, no comió ni bebió. Su mente procesaba cada detalle, cada imagen, cada regla de cada lugar. Y detrás de cada puerta, encontró algo distinto, algo sagrado, algo que jamás había visto.
LO QUE HABÍA DETRÁS DE CADA PUERTA
La primera puerta, de madera antigua tallada con raíces que parecían vivas, conducía a un bosque donde cada árbol contenía la memoria de una vida que había sido vivida en cualquier parte del multiverso. Al entrar, se escuchaban millones de susurros, no de voces, sino de recuerdos: alegrías, tristezas, momentos que alguien había olvidado pero que el bosque guardaba para siempre. No había poder aquí. Solo memoria.
La segunda puerta, hecha de cristal que cambiaba de color según quién la miraba, daba a un valle donde el tiempo no corría hacia adelante ni hacia atrás, sino en círculos. Allí, días que habían sido perfectos se repetían eternamente: atardeceres que nunca terminaban, risas que se escuchaban una y otra vez, abrazos que nunca se soltaban. Era un lugar hermoso, pero Texnolollir entendió que también era una trampa: la belleza que no cambia… deja de crecer.
La tercera puerta, de metal dorado sin ninguna manija ni cerradura, llevaba a una montaña flotante donde se encontraban todas las respuestas que alguien podría buscar. Había libros que decían la verdad sobre el origen de todo, sobre el final de todo. Pero cuando Texnolollir intentó leer uno, vio que la verdad era diferente para cada quien. Y entendió que saberlo todo… te quita el deseo de seguir buscando.
La cuarta puerta, con bordes de fuego que no consumía nada, abría a un campo de batalla donde nadie moría. Cada herida se cerraba al instante, cada caída se levantaba de nuevo. Allí venían los guerreros más poderosos para entrenar sin fin, porque sabían que podían probar todo su poder sin lastimarse. Pero también vio que muchos se quedaban allí para siempre, porque tenían miedo de pelear en un mundo donde la derrota era posible.
La quinta puerta, de piedra tan antigua que parecía anterior a la existencia misma, conducía a un silencio absoluto. No había sonido, no había luz, no había movimiento. Era el lugar donde iban los seres más poderosos cuando necesitaban dejar de serlo. Donde la mente se callaba y solo quedaba la paz. Texnolollir se quedó allí un momento, respirando ese silencio, y sintió que por primera vez en mucho tiempo… no tenía que calcular nada.
La sexta puerta, tejida con hilos de luz y sombra, llevaba a un jardín donde crecían los posibles futuros. Cada flor era un camino que alguien podía tomar: una flor brillante era una vida de alegría, una flor oscura era una vida de dificultades, pero todas eran posibles. Y vio que nadie tenía un solo futuro: todos tenían miles, dependiendo de qué decisión tomaran.
La séptima puerta, hecha de agua que permanecía en forma de puerta sin derramarse, abría a un océano donde vivían los pensamientos que nadie se atrevió a decir. Palabras guardadas, confesiones ocultas, verdades calladas. Flotaban allí como peces luminosas, esperando que alguien las escuchara. Y al tocarlas, Texnolollir entendió que lo que más pesa en el mundo no es lo que se dice… es lo que se calla.
La octava puerta, cubierta de escamas de todos los colores, llevaba al nido de los primeros dragones que existieron. Allí estaban los huevos de los que nacieron los dragones de deseos que él había aprendido a crear. Sintió la energía de ese lugar, antigua y profunda, y entendió que todo lo que había aprendido venía de ahí.
La novena puerta, pequeña y humilde, de madera sencilla sin adornos, conducía a un lugar donde nadie era poderoso. Donde todos eran iguales, donde nadie mandaba ni nadie obedecía. Y vio que era uno de los lugares más sagrados de todos, porque la igualdad no se había logrado con fuerza… sino con bondad.
LA PUERTA QUE LO CAMBIÓ TODO
Y así siguió una tras otra, cientos, miles de puertas, cada una con su secreto, cada una con su milagro. Hasta que después de tres horas de investigación ininterrumpida, llegó a una puerta diferente. No era de madera, ni de cristal, ni de piedra. Estaba hecha de una sustancia que no parecía materia ni energía, sino algo anterior a ambas. No tenía símbolos. No tenía adornos. Pero brillaba con una luz que hizo que todo lo demás pareciera apagado.
Al abrirla, no encontró un bosque ni un valle ni un océano. Encontró una habitación simple, en el centro de la cual flotaba algo que lo dejó sin palabras: el Núcleo Tecnológico Supremo.
Era una esfera que giraba sobre sí misma sin moverse, hecha de circuitos que no eran líneas, sino corrientes de pura inteligencia. No tenía cables. No tenía interruptores. Simplemente era. Y en el instante en que Texnolollir la vio, el núcleo lo reconoció. No hubo luz cegadora ni ruido ensordecedor. Hubo una conexión inmediata, natural, como si dos partes de la misma cosa se hubieran vuelto a encontrar después de eones.
El núcleo funcionó. Se encendió. Y no lanzó rayos ni explosiones. Envió una señal directa a la esencia misma de Texnolollir.
LA FUSIÓN
Texnolollir sintió cómo esa tecnología entraba en él, no como algo externo que se agrega, sino como algo que siempre había estado ahí pero que le faltaba despertar. Cada sistema que tenía, cada modificación, cada capacidad que había ganado como ser absoluto… se conectó con ese núcleo. Se alineó. Se perfeccionó.
No fue una explosión. Fue como si su mente hubiera estado viendo con los ojos entrecerrados y de repente los abriera por completo. Todo se volvió más claro. Más profundo. Más real. Su tecnología ya no era algo que él tenía… ahora era algo que él era.
TERRARI, mirándolo asombrado:
— ¿Qué pasó? Esa luz… vos cambiaste.
PERFECCIÓN, analizando cada cambio:
— Estoy detectando estructuras que no existían antes. Su capacidad de procesamiento se multiplicó. Su conexión con la realidad… es más profunda. Como si ahora no solo la entendiera… como si la escribiera con más facilidad.
Texnolollir miró sus manos. No habían cambiado de forma. Pero la energía que emanaban era diferente. Más completa. Más antigua.
TEXNOLOLLIR
— Ese núcleo… era la base de todo lo que yo venía construyendo. La pieza que faltaba. No me dio poder nuevo. Me dio la clave para usar todo lo que ya tenía… mucho mejor. Ahora mi tecnología no choca con las leyes del universo. Las escribe.
EL CIERRE
Cerró esa puerta. Y aunque quedaban miles más, sabía que no necesitaba verlas todas. Lo más importante ya lo había encontrado. Ese núcleo se había fusionado con él para siempre, parte de su ser, parte de su poder, parte de su forma de ver el mundo.
Mientras caminaban de regreso hacia la nave, Terrari no dejaba de mirarlo.
TERRARI
— Tres horas investigando puertas. Y la que más te cambió fue la que no tenía adorno, la que no llamaba la atención.
TEXNOLOLLIR
— Porque las cosas más importantes no suelen llamar la atención. Simplemente están ahí, esperando a que alguien sepa verlas. Y yo la vi. Y ahora… ahora entiendo todo un poco mejor.
Se subieron a la nave. Y al alejarse de ese lugar donde infinitas puertas conducían a infinitos mundos, Texnolollir sentía que cada puerta que había abierto le había dejado algo, pero esa última… esa última le había dado la llave para abrir todas las demás.




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