Texnolollir

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CAPÍTULO 43 — MULTIVERSO 38: EL SER SUPREMO Y LA HORDA DE LOS ABSOLUTOS MALIGNOS
La nave descendió en un espacio donde no había estrellas, ni galaxias, ni luz. Era un vacío absoluto, pero no vacío de nada: estaba lleno de una presencia tan densa que se podía tocar. Y en el centro de ese vacío, esperándolos, había miles de figuras. Miles de siluetas que no tenían forma definida, que cambiaban cada vez que las mirabas, que emanaban un poder que hacía temblar los cimientos de la creación. Eran seres absolutos malignos. Cada uno de ellos tenía el poder de destruir multiversos. Y había miles.
Texnolollir dio un paso adelante. Terrari y Perfección lo siguieron, pero él levantó una mano para detenerlos.
TEXNOLOLLIR
— Quédense. Esto me corresponde a mí. Ya no soy lo que era antes. Soy un ser supremo. Y esto… es lo que un ser supremo hace.
TERRARI
— Son miles. Cada uno de ellos es un absoluto. Juntos podrían borrar todo lo que existe.
TEXNOLOLLIR
— Lo sé. Pero yo ya no soy un absoluto. Soy más. Quédense acá. Y miren.
EL INICIO DE LA BATALLA
La horda no esperó. Al verlo solo, los miles de seres absolutos malignos se lanzaron al mismo tiempo. No gritaron. No amenazaron. Simplemente avanzaron, y con su movimiento, el espacio mismo se rasgó.
El primero de ellos llegó a una velocidad que ni la luz podía seguir. Lanzó un puño envuelto en una energía negra que devoraba todo lo que tocaba. Texnolollir no lo bloqueó. Se movió. Con una precisión que no tenía error, desvió el cuerpo apenas unos milímetros. El puño pasó rozando su hombro. La energía del golpe quemó la tela de su ropa y dejó una marca leve en la piel, pero nada más. Lo había rozado. Y aun así, ese roce habría borrado una estrella.
Un segundo ser apareció detrás de él, lanzando una lanza hecha de odio puro que atravesaba dimensiones. Texnolollir se inclinó hacia un lado, la lanza pasó rozando su cabeza, cortó un mechón de cabello y siguió su camino atravesando tres realidades distintas. No lo tocó de lleno. Solo lo rozó. Y esa lanza habría partido un planeta en dos.
LA DANZA DE LOS ROZADOS
Y así comenzaron horas de combate. Miles de seres atacando desde todos los ángulos, desde arriba, desde abajo, desde el pasado y desde el futuro. Cada uno con técnicas de poder crueles, diseñadas para destruir, para torturar, para borrar la existencia sin dejar rastro. Rayos que convertían la materia en polvo, ondas de choque que rompían el tiempo, campos de fuerza que hacían que la propia realidad se odiara a sí misma.
Y Texnolollir… esquivaba todo. No porque fuera fácil. Sino porque calculaba cada movimiento antes de que ocurriera. Veía la intención en sus ojos antes de que levantaran la mano. Sentía la energía acumulándose antes de que lanzaran el ataque. Y se movía. Siempre milímetros. Siempre al borde. Siempre dejando que el ataque pasara tan cerca que casi lo tocaba.
Pero casi no es lo mismo que sí.
Una bola de destrucción total, tan grande como un sistema solar, descendió sobre él. Texnolollir se deslizó hacia un lado, la bola pasó rozando su espalda. El calor abrasador le quemó parte de la armadura y dejó una línea roja en su piel. Una herida superficial. Nada profundo. Pero esa bola habría convertido mil mundos en cenizas.
Un ser abrió una grieta en el suelo bajo sus pies, una grieta que llevaba a la nada misma. Texnolollir saltó hacia atrás, el borde de la grieta le rozó los talones. La energía que emanaba lo hizo tambalearse un instante, pero no cayó. Esa grieta habría borrado cualquier ser absoluto sin dejar nombre.
Otro lanzó cientos de espadas de luz oscura que llovieron desde todos los ángulos. Texnolollir giró sobre sí mismo, moviéndose con una precisión milimétrica. Cada espada pasó rozándolo: una le cortó la mejilla, otra le rasgó el brazo, otra le hizo una herida en la pierna. Todas heridas leves. Todas rozaduras. Pero cada una de esas espadas habría atravesado la armadura de un dios como si fuera papel.
EL ESFUERZO Y EL PRECIO
No era que no pudieran tocarlo. Lo tocaban. Pero solo lo rozaban. Siempre el borde, siempre el límite. Y aun así, cada roce era algo que habría destruido a cualquier ser absoluto. A él… solo lo lastimaba un poco.
Estaba sudando. Respiraba con más fuerza de lo normal. Las rozaduras se sumaban: el hombro, la espalda, la mejilla, los brazos, las piernas. Líneas rojas, marcas de calor, cortes superficiales. No eran heridas graves. No ponían en peligro su vida. Pero eran suficientes para demostrar que no era invencible. Que incluso un ser supremo tenía que esforzarse.
Antes, cuando era un absoluto, también esquivaba. Pero a veces lo golpeaban de lleno. A veces caía. A veces tenía que reconstruirse. Ahora no. Ahora su precisión era tal que ninguno lograba golpearlo de verdad. Solo lo rozaban. Y esos roces… eran todo lo que le permitían recibir.
Texnolollir pensó mientras se movía: Son miles. Cada uno con poder para borrar multiversos. Y todos juntos me atacan. Y aun así… ninguno logra golpearme de verdad. Solo me rozan. Y con eso ya me cuesta. Si uno solo de ellos me golpeara con toda su fuerza… sería diferente.
Pero no lo hacían. No podían. Él era demasiado rápido. Demasiado preciso. Demasiado supremo.
EL CONTRAATAQUE
Pasaron horas. Miles de ataques. Miles de técnicas crueles. Miles de golpes que rozaron su cuerpo, dejando marcas, quemaduras, cortes. Y entonces Texnolollir decidió que era suficiente.
Esquivó un último golpe —un rayo que habría borrado la historia de una civilización entera— que le rozó el costado, dejando una marca brillante en su piel. Y en lugar de alejarse… avanzó.
No lanzó un ataque masivo. No destruyó todo de golpe. Sabía que eran demasiados. Sabía que tenía que ser preciso.
Se movió entre ellos como una sombra. Tan rápido que no lo veían. Tocó el pecho del primero. Solo un toque. Y ese ser absoluto se desvaneció. Pasó al lado del segundo, le rozó el hombro con dos dedos, y el segundo cayó. Giró entre cientos de ellos, cada movimiento suyo era exacto, cada golpe justo en el punto donde su poder era más débil. No los destruyó con explosiones. Los anuló. Uno por uno. Diez a la vez. Cien a la vez. Mil a la vez.
La horda intentó rodearlo. Intentó atacarlo todos juntos desde todas partes. Pero él seguía moviéndose. Esquivando los últimos roces. Devolviendo cada roce con una precisión letal. Y uno tras otro, los seres absolutos malignos dejaron de existir. No hubo gritos. No hubo explosiones. Simplemente dejaron de estar.
EL FINAL DE LA PELEA
Cuando terminó, solo quedaba él. De pie en ese vacío infinito. El silencio volvió a llenar todo el espacio.
Texnolollir se llevó la mano al hombro, donde tenía la marca del primer roce. Se tocó la mejilla donde la espada lo había cortado. Sintió el calor en la espalda. Las heridas estaban ahí, pero ya se estaban cerrando. Se recuperaba rápido. Muy rápido. Su cuerpo sanaba solo, casi sin esfuerzo. En cuestión de minutos no quedaría ni rastro.
Terrari y Perfección se acercaron. Lo miraron: las marcas, las rozaduras, el polvo de la batalla. Y no podían creerlo.
TERRARI
— Eran miles. Cada uno era un ser absoluto. Juntos podrían haber destruido todo el multiverso. Y vos… vos solo los derrotaste a todos.
PERFECCIÓN
— Analicé cada movimiento. Ninguno de ellos logró golpearte de lleno. Todos te rozaron. Y aun así… recibiste miles de roces. Cada uno con poder suficiente para destruir mundos. Y sobreviviste. Y te recuperaste.
Texnolollir miró sus manos. Las heridas ya casi no se veían.
TEXNOLOLLIR
— Me costó. Más de lo que pensaba. Eran demasiados. Y eran crueles. Cada técnica que usaban no era para vencer… era para hacer daño. Y aunque solo me rozaron… fueron miles de roces. Miles de pedazos de poder que me tocaron. Me dolió. Pero no fue suficiente.
TERRARI
— Antes, cuando eras un absoluto, te habrían golpeado más fuerte. Te habrían hecho caer.
TEXNOLOLLIR
— Sí. Antes me golpeaban de lleno. Ahora… ya no llego a eso. Ahora solo me rozan. Y eso… eso es lo que significa ser supremo. Que incluso cuando te tocan… no logran tocarte de verdad.
Se dio vuelta y caminó hacia la nave. Las últimas heridas se habían cerrado. Ya no quedaba nada visible. Pero él sabía que estaban ahí, como recuerdo: incluso siendo supremo, no era fácil. Incluso ganando, algo siempre te rozaba. Y eso era lo que te mantenía con los pies en la tierra.




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