Texnolollir

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CAPÍTULO 44 — MULTIVERSO 39: LA ESCUELA DE LA LUZ QUE ENSEÑABA A DESTRUIR
La nave descendió en un mundo donde todo era luz. No había sombras, no había piedras, no había ríos de agua. Había ríos de luz que fluían por el suelo, montañas que brillaban con su propio resplandor, y un cielo que parecía tejido de hilos dorados y plateados. En el centro de ese mundo, en una llanura infinita de luz blanca, se veía algo que no encajaba: filas y filas de seres entrenando.
Texnolollir, Terrari y Perfección bajaron y se quedaron observando desde lejos. No intervinieron. No hablaron. Simplemente miraron y aprendieron.
Los que enseñaban eran seres de luz pura, figuras humanas hechas de resplandor, sin rostro definido, sin cuerpo sólido, pero con una presencia que hacía que el aire mismo se volviera más ligero. Y los que aprendían… eran diferentes. Eran seres de sombra, de forma irregular, de peso denso. Cada golpe que practicaban, cada movimiento que hacían, tenía un solo propósito: destruir.
Golpes que rompían el aire. Gritos que hacían temblar la luz misma. Técnicas diseñadas para partir cosas en dos, para borrarlas, para convertirlas en nada. Y los seres de luz los guiaban. Los corregían. Les enseñaban la postura, la fuerza, el momento exacto. Como si estuvieran enseñando a pintar o a curar.
LA PREGUNTA
Pasaron horas. Los tres siguieron mirando. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Hasta que Texnolollir dio un paso adelante. Se acercó a uno de los seres de luz, el más alto, el que parecía ser el maestro de todos. El ser de luz no se giró asustado. Lo esperó.
TEXNOLOLLIR
— Yo solo vine a mirar. Pero hay algo que no entiendo. Vos sos luz. Vos sos lo más puro que existe. ¿Por qué entrenás a seres que están hechos para destruir? ¿Por qué les enseñás todo lo que sabés para que rompan, borren y maten?
El ser de luz lo miró. Su voz no venía de una garganta, resonaba en todo el cuerpo de Texnolollir, suave pero firme como una roca.
EL SER DE LUZ
— Porque es necesario. Y te voy a decir por qué.
EL PORQUÉ DE TODO
EL SER DE LUZ
— Todo lo que existe tiene dos caras. La creación y la destrucción. Nadie te lo enseña así. Te dicen que la creación es buena y la destrucción es mala. Te dicen que hay que construir y nunca romper. Y eso es una mentira.
Hizo una pausa y señaló hacia los aprendices, que seguían practicando golpes que partían la luz en dos.
EL SER DE LUZ
— ¿Sabés qué pasa si nada se destruye? Lo viejo se queda para siempre. Lo que ya no sirve ocupa el lugar de lo que tiene que nacer. Los mundos que están rotos siguen ahí estorbando. Las ideas que mataron a gente siguen siendo creídas. Las cadenas que atan a los demás nunca se rompen. Si no hay destrucción, no hay espacio para nada nuevo.
Se acercó un paso más, y su luz envolvió a Texnolollir sin quemarlo.
EL SER DE LUZ
— Yo no los entreno para que destruyan por odio. No los entreno para que destruyan por placer. Los entreno para que sepan qué romper y cuándo romperlo. Hay cosas que no merecen seguir existiendo. Hay injusticias que solo se arreglan destruyendo lo que las sostiene. Hay cadenas que no se desatan… se rompen. Y si nadie sabe romperlas… la gente sigue atada para siempre.
Señaló a uno de los aprendices, que acababa de hacer un golpe tan preciso que dividió una columna de luz sin hacerla caer del todo.
EL SER DE LUZ
— Miralo. Aprende a destruir con precisión. Aprende a destruir solo lo que tiene que desaparecer, sin romper todo lo demás. Eso es lo más difícil. Cualquiera puede destruir todo. Cualquiera puede prender fuego a una casa y decir que la quemó. Pero destruir solo la pared que estorba, sin tocar a la gente que vive adentro… eso requiere enseñanza. Eso requiere luz.
Y entonces dijo algo que se quedó grabado en la mente de Texnolollir para siempre.
EL SER DE LUZ
— La creación sin destrucción es una jaula. La destrucción sin creación es un desierto. Pero la destrucción que sabe para qué sirve… es la herramienta más poderosa que existe. Porque a veces, para construir algo bueno, primero tenés que destruir todo lo que lo impide. Y yo los entreno para eso. Para que cuando llegue el momento… sepan qué romper. Y sepan qué dejar de pie.
EL SILENCIO DESPUÉS
Texnolollir se quedó callado. Miró a los aprendices. Ya no los vio como seres hechos para el mal. Los vio como algo más. Como herramientas necesarias. Como el fuego que quema la maleza para que el bosque pueda crecer.
TEXNOLOLLIR
— Nunca lo vi así. Siempre pensé que destruir era perder. Que construir era ganar.
EL SER DE LUZ
— Construís bien si sabés qué derribar. Y derribás bien si sabés qué dejar de pie. Son dos partes de la misma cosa. Y nadie te lo enseña. Porque a la gente le gusta que se vea bien. Y destruir no se ve bien. Pero muchas veces… es lo único que sirve.
Texnolollir asintió. No hizo más preguntas. Se dio vuelta y volvió con Terrari y Perfección. Los tres se quedaron mirando un rato más, en silencio, viendo cómo los seres de luz corregían los golpes, cómo los aprendices mejoraban cada vez, cómo la luz misma enseñaba a romperla.
LA PARTIDA
Cuando subieron a la nave, Terrari fue el primero en hablar.
TERRARI
— Yo que siempre peleo… yo que siempre destruyo… nunca me lo explicaron así. Pensé que lo hacía porque era fuerte. No sabía que lo hacía porque era necesario.
PERFECCIÓN
— Tiene lógica. Si nada se destruye, todo se acumula. Y lo que se acumula sin orden… termina aplastando todo.
Texnolollir miró por la ventana cómo ese mundo de luz se alejaba, donde seres brillantes enseñaban a ser sombra.
TEXNOLOLLIR
— Nos enseñan que destruir es malo. Pero él me dijo la verdad. Hay cosas que no merecen seguir viviendo. Y si no tenés la fuerza para destruirlas… ellas te destruyen a vos. Y lo que él enseña no es a odiar. Es a saber elegir qué romper. Y eso… eso es lo que vamos a necesitar cuando lleguemos al final.




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