Texnolollir

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CAPÍTULO 45 — MULTIVERSO 40: EL DRAGÓN DE DESEOS Y EL ÁRBOL DE LAS RUNAS
La nave descendió en un mundo donde el cielo era de un color dorado tan intenso que parecía hecho de luz sólida. No había montañas ni ríos de agua, sino corrientes de energía que fluían por el suelo, brillando con un resplandor que cegaba a cualquiera que no estuviera preparado. Y en el centro de ese mundo, Él. El Dragón Dorado. No era una bestia común. Era alto, imponente, con escamas que reflejaban toda la gloria de los cielos, alas que cubrían el horizonte entero, y ojos rojos que brillaban con un poder antiguo. Era el ser que podía conceder deseos. Pero no los concedía a otros. Los usaba todos para sí mismo.
EL ENFRENTAMIENTO INICIAL
Texnolollir dio un paso adelante. Terrari y Perfección se quedaron atrás, sintiendo la presión que emanaba de ese ser. Era como estar frente a un océano de poder que podía ahogarlos con solo respirar.
EL DRAGÓN DORADO
— Sé por qué viniste. Buscás pedirme algo. O tal vez intentar quitarme lo que tengo. Déjame decirte algo: cada deseo que alguien pide aquí… yo lo tomo. Yo lo hago mío. Y mientras más me pidan, más fuerte me vuelvo.
TEXNOLOLLIR
— El poder de conceder deseos no fue hecho para acumularlo todo para vos. Fue hecho para ayudar.
EL DRAGÓN DORADO, con una risa que hizo temblar el suelo:
— ¿Ayudar? Qué palabra tan débil. El poder es para quien lo sabe tomar. Y yo tomé todos los deseos de todos los que vinieron antes que vos. Sus riquezas, sus fuerzas, sus vidas… todo es mío ahora.
La pelea comenzó. Texnolollir desplegó todo su poder, todo lo que había ganado en cuarenta multiversos. Lanzó rayos que rompían dimensiones, abrió grietas en el espacio-tiempo, usó cada técnica, cada habilidad que había aprendido. Pero el Dragón Dorado simplemente sonreía. Cada ataque que Texnolollir lanzaba, el dragón lo tomaba, lo convertía en un deseo, y lo usaba contra él.
EL DRAGÓN DORADO
— Deseo ser más fuerte que vos. Y de repente, sus músculos crecieron, su presencia se duplicó. Deseo que tu poder se vuelva mío. Y la energía que Texnolollir había acumulado empezó a fluir hacia el dragón como agua hacia un abismo.
Texnolollir golpeó, cortó, destruyó todo lo que tenía a su alcance. Pero el dragón simplemente deseaba que los golpes no le hicieran daño. Y no le hacían daño. Era inútil. No podía vencerlo. No porque fuera más fuerte físicamente, sino porque el poder de los deseos superaba cualquier fuerza bruta. Si el dragón deseaba que ganara… ganaba. No importaba qué hiciera Texnolollir.
LA DECISIÓN DE IRSE
Texnolollir se detuvo, respirando con dificultad, con marcas de luz dorada quemándole la piel donde los deseos del dragón lo habían rozado. Lo miró y entendió: No puedo ganarle así. Mientras él tenga el poder de desear, cualquier cosa que yo haga, él puede desear que no funcione. Necesito algo más profundo. Algo que ni siquiera un deseo pueda tocar.
Sin decir una palabra, dio media vuelta y se fue. El Dragón Dorado se rió detrás de él.
EL DRAGÓN DORADO
— ¡Corré! ¡Huí! ¡Nada va a cambiar! ¡Yo soy el dueño de todos los deseos! ¡Volvete cuando estés listo para pedirme perdón!
Texnolollir no miró atrás. Subió a la nave y le dio la orden de partir. No se fueron lejos. Se dirigieron a un lugar que había visto en visiones, un lugar que existía más allá de ese mundo: El Árbol Inmenso.
EL ÁRBOL INMENSO Y LA BIBLIOTECA DE RUNAS
Llegaron a un espacio que no pertenecía a ningún multiverso. Allí, flotando en la nada, estaba él. Un árbol tan grande que sus raíces atravesaban cada uno de los infinitos multiversos, tocando cada realidad, cada mundo, cada rincón de la existencia. Su corteza era de madera antigua, oscura, grabada con símbolos que brillaban con una luz suave y constante. Y cuando Texnolollir entró en el tronco del árbol, encontró lo que buscaba: una biblioteca infinita.
Estantes que subían hasta perderse de vista, llenos de libros hechos de un material que no era papel ni piedra, sino de algo más antiguo. Y cada página, cada línea, cada palabra… eran runas. Símbolos que no eran magia ni tecnología, sino algo anterior a ambas: la escritura misma de la realidad.
Texnolollir comenzó a leer. Y no solo a leer: a aprender. A entender el lenguaje con el que el universo fue escrito. Pasó días, semanas, siglos. En ese árbol el tiempo no corría igual. Aprendió cada runa. Cada significado. Cada combinación. Aprendió que las runas no piden cosas como los deseos. Las runas definen cómo son las cosas. Un deseo puede cambiar la realidad por un momento. Una runa cambia la naturaleza de la realidad para siempre.
EL REGRESO DE SU DRAGÓN
Y mientras estaba en lo más profundo del árbol, meditando con las runas, sucedió algo que no esperaba pero que reconoció al instante. Una luz familiar se acercó entre los estantes. No era un dragón nuevo. Era el primero que él había creado. Aquel que había hecho cuando el Creador de los Dragones le enseñó el arte de dar vida a esos seres. El dragón de escamas azules eléctricas, de alas como cielo nocturno, aquel que había nacido de sus manos y de su corazón.
El dragón se acercó a él con paso lento, majestuoso, y sus ojos brillaron con la misma luz que tenía el día que nació.
EL DRAGÓN
— Te estuve esperando. Sabía que llegaría este momento. Cuando me creaste, me diste vida libre, me dejaste elegir mi camino. Y yo elegí este. Elegí volver a vos.
TEXNOLOLLIR lo miró, conmovido:
— Pensé que habías ido lejos. Pensé que estabas cumpliendo tu propósito en otros mundos.
EL DRAGÓN
— Lo hice. Fui a muchos lugares. Ayudé a mucha gente. Pero cada vez que alguien me preguntaba de dónde venía… yo hablaba de vos. De quien me creó. De quien me dio la libertad de ser quien soy. Y ahora llegaste a un lugar donde necesitás más que poder. Necesitás que tu propia creación camine a tu lado. Por eso vine.
Se acercó más, hasta que su frente tocó el pecho de Texnolollir.
EL DRAGÓN
— No vine para pedirte nada. Vine para darte lo que te debo. Me voy a unir a tu espíritu. Voy a formar parte de vos. Donde tú vayas, yo voy a ir en tu alma. Cuando luches, mi fuerza será la tuya. Cuando pienses, mi sabiduría se sumará a la tuya. Y así… serás más poderoso de lo que jamás pudiste ser solo. No soy un regalo nuevo. Soy el regreso de lo que vos mismo creaste.
Antes de que Texnolollir pudiera responder, el dragón se envolvió en luz suave y entró en él. No dolió. No fue pesado. Fue como recuperar una parte de sí mismo que no sabía que le faltaba. Sintió su fuerza, su calma, su voz resonando dentro de su pecho, como si siempre hubiera estado ahí. Ya no eran dos. Eran uno. El creador y su creación, unidos para siempre.
EL REGRESO Y LA BATALLA FINAL
Volvió al mundo del Dragón Dorado. Al llegar, el ser dorado lo miró con desprecio.
EL DRAGÓN DORADO
— ¿Volviste? ¿Viniste a pedirme un deseo? ¿Querés que te deje vivir?
TEXNOLOLLIR
— No vine a pedir nada. Vine a escribir cómo termina esto.
El Dragón Dorado soltó una carcajada que hizo caer estrellas de su lugar. Y entonces, abrió sus alas y gritó con una voz que resonó en todos los multiversos:
EL DRAGÓN DORADO
— ¡Muy bien! ¡Si querés pelear, pelemos! ¡Yo usé el poder de todos los dioses que alguna vez existieron! ¡Yo tomé su fuerza, su gloria, su autoridad! ¡Y ahora es mía! ¡DESEO SER EL SER MÁS PODEROSO QUE EXISTA!
Con esas palabras, su poder creció hasta límites que nadie podía imaginar. Se hizo más grande que los mundos. Más brillante que las galaxias. Lanzó un ataque, una ola de energía dorada que podía borrar cualquier ser, cualquier realidad, cualquier cosa que existiera. Era el poder acumulado de eones, de dioses, de deseos incontables. Venía hacia Texnolollir para borrarlo de la existencia misma.
Pero Texnolollir no se movió. No lo esquivó. Simplemente levantó una mano. Y en su mano aparecieron las runas. Brillaron con una luz que no era dorada ni oscura: era la luz de la verdad. Y junto a esa luz, se sentía la presencia de su dragón, fluyendo en cada movimiento suyo.
TEXNOLOLLIR
— Tu deseo dice que sos el más poderoso. Pero las runas dicen lo que es verdad. Y la verdad es esto: ningún deseo puede cambiar lo que es. Y hay algo más: tu poder lo pediste todo. Yo… yo tengo lo que yo mismo creé. Y eso… nadie me lo puede quitar.
La ola de poder del dragón chocó contra las runas y contra la luz que emanaba de Texnolollir, fortalecida por el dragón unido a su espíritu. Y se detuvo. Como si el agua chocara contra una roca que no se puede mover. El poder de los dioses, el poder de mil deseos, se estrelló contra la protección de las runas y no pudo pasar. Porque las runas estaban por encima de los deseos. Los deseos son caprichos. Las runas son leyes. Y la fuerza de su propia creación unida a su alma… era algo que ningún deseo podía igualar.
EL DRAGÓN DORADO, con voz quebrada por la sorpresa:
— ¿Qué hiciste? ¡Yo deseé que te destruyera! ¡Yo deseé que nada me pudiera detener!
TEXNOLOLLIR
— Desear no hace que las cosas sean ciertas. Solo cambia cómo las ves. Las runas son lo que realmente hay. Y mi dragón… el que yo creé… está conmigo. Y eso… eso es más fuerte que cualquier deseo.
Cada golpe que Texnolollir lanzaba llevaba la fuerza de las runas y el poder de su dragón fluyendo desde lo más profundo de su ser. Cada vez que el Dragón Dorado deseaba que los golpes no le hicieran daño, las runas respondían: "Esto no es un deseo. Esto es lo que sucede." Y los golpes sí lo tocaban. Sí lo lastimaban. Sí lo hacían retroceder.
El Dragón Dorado deseó ser invencible. Las runas mostraron que todos pueden ser vencidos. Deseó tener poder infinito. Las runas mostraron que el poder sin entrega no tiene fondo. Deseó que Texnolollir dejara de existir. Las runas y la presencia de su dragón mostraron que lo que se crea con amor… nunca desaparece.
EL CIERRE
Con cada segundo que pasaba, el Dragón Dorado se hacía más pequeño. No porque perdiera fuerza, sino porque entendió la verdad: todo su poder era prestado. Todo lo que tenía venía de pedir, de tomar, de desear. Nunca fue suyo. En cambio Texnolollir… tenía las runas que había aprendido. Tenía al dragón que él mismo había creado, que había vuelto a él voluntariamente, unido a su espíritu para siempre. Eso era suyo. Nadie se lo había dado. Nadie se lo podía quitar.
El último golpe no fue violento. Texnolollir simplemente puso una mano sobre el pecho del Dragón Dorado y grabó una sola runa en su corazón. La runa de VERDAD. Y en ese instante, todo el poder acumulado del dragón se desvaneció. Sus escamas doradas se apagaron. Sus alas se cerraron. Se quedó pequeño, simple, sin el brillo que había robado a tantos.
TEXNOLOLLIR
— Podés seguir deseando cosas. Pero hasta que no construyas algo tuyo… algo que salga de vos… nada va a durar. Y si alguna vez querés aprender a crear en lugar de pedir… el árbol está ahí. Siempre está ahí.
Texnolollir se dio vuelta y se fue. Mientras caminaba hacia la nave, sonrió para sí mismo porque en lo profundo de su ser sentía la presencia de su dragón, acompañándolo, latiendo al mismo ritmo que su corazón. No hablaban. No necesitaban hablar. Eran uno.
Terrari y Perfección lo esperaban. Lo miraron y vieron que algo había cambiado. Había una luz nueva en sus ojos. Una fuerza que no venía de afuera.
PERFECCIÓN
— Las runas te protegieron. Pero fue algo más. Se sintió como si fueras dos personas peleando al mismo tiempo, pero moviéndose como una sola.
TEXNOLOLLIR, mirando sus manos donde brillaban suavemente las runas:
— Volvió. El primer dragón que yo creé. Vino de vuelta. Se unió a mi espíritu. Y ahora… ahora entiendo lo que el Creador me enseñó: lo que creás con tus manos y con tu corazón… nunca se aleja del todo. Siempre vuelve. Y cuando vuelve… te hace más fuerte de lo que jamás pudiste ser solo.
Subieron a la nave. Y mientras se alejaban, Texnolollir llevaba consigo no solo el conocimiento de las runas, sino también la certeza de que ya no caminaba completamente solo. Porque aquello que él mismo había dado vida… ahora caminaba dentro de él.




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