CAPÍTULO 51 — MULTIVERSO 46: EL SER DE LOS SIETE ELEMENTOS Y LA ABSORCIÓN FINAL
La nave descendió en un mundo que no tenía un solo cielo, sino siete. Siete cielos superpuestos, cada uno con su propio color, su propia fuerza, su propia naturaleza. En el más bajo, ríos de agua pura corrían por el aire sin caer. Encima, vientos tan fuertes que podían arrancar galaxias soplaban sin detenerse. Más arriba, montañas de roca flotante se mantenían firmes contra todo. Y en lo más alto, el fuego, la luz, la oscuridad y la electricidad giraban en un remolino eterno.
Y en el centro de todo eso, estaba Él. El Ser de los Siete Elementos. No tenía una forma fija: su cuerpo cambiaba constantemente, ahora de roca sólida, ahora de llamas vivas, ahora de agua que fluía sin contención. Cada uno de sus siete corazones latía con una fuerza distinta, y cada latido hacía temblar una parte de la realidad. Era el equilibrio hecho carne. Y nadie lo había vencido jamás.
EL DESAFÍO
PERFECCIÓN dio un paso adelante. No dudó. Sabía que este enemigo era suyo.
PERFECCIÓN
— Quiero ver de qué estás hecho. Quiero ver si siete fuerzas son suficientes contra lo que yo soy.
EL SER DE LOS ELEMENTOS, con voz que sonaba como trueno y como río al mismo tiempo:
— Siete fuerzas que han existido desde antes del primer mundo. Yo soy el agua que te ahoga, el fuego que te quema, la tierra que te aplasta, el viento que te arrastra, la luz que te ciega, la oscuridad que te esconde y el rayo que te destruye. ¿Y vos creés que podés contra todo eso solo?
PERFECCIÓN
— No contra todo eso. Contra vos.
LA PELEA INTENSA
La pelea comenzó con una explosión de viento. El Ser agitó una mano y huracanes capaces de despedazar estrellas se lanzaron contra Perfección. Pero Perfección no se movió. Su cuerpo de cristal geométrico, de formas piramidales, simplemente se mantuvo firme. El viento lo golpeó con toda su furia y no logró moverlo ni un milímetro.
Entonces vino el fuego. Llamas que no pertenecían a este mundo, que quemaban incluso la propia energía. Perfección se envolvió en luz propia y atravesó las llamas sin que su superficie se oscureciera.
La tierra lo intentó después: montañas inmensas se levantaron del suelo para aplastarlo. Perfección las partió en dos con un solo movimiento de brazo.
El agua lo envolvió, intentando ahogarlo en un océano de presión infinita. Perfección siguió moviéndose dentro de ella como si caminara por el aire.
Luego vino la luz, tan brillante que borraba la sombra de todo lo que existía. Y la oscuridad, tan profunda que borraba la existencia misma. Y la electricidad, rayos que saltaban de multiverso a multiverso, cargados con el voltaje de mil soles.
El Ser lanzó todo al mismo tiempo. Los siete elementos juntos. Una tormenta de creación y destrucción que habría borrado cualquier ejército, cualquier dios, cualquier ser absoluto.
Pero Perfección estaba en el centro de todo eso, sin retroceder. Se actualizaba a cada instante. Cada golpe que recibía lo hacía más fuerte. Cada elemento que lo tocaba lo mejoraba. Su forma cambiaba, se perfeccionaba, se adaptaba. Si el fuego lo quemaba un poco, su piel se volvía más resistente al calor. Si el agua lo presionaba, su estructura se hacía más firme. Si la electricidad lo recorría, su energía se estabilizaba. No importaba con qué lo golpearan: él se hacía más fuerte con cada golpe.
EL SER DE LOS ELEMENTOS, con voz que empezaba a quebrarse:
— ¿Cómo es posible? ¡Les estoy dando todo! ¡Agua, fuego, tierra, viento, luz, oscuridad, electricidad! ¡Todo al mismo tiempo!
PERFECCIÓN
— Porque vos peleás con lo que tenés. Yo peleo con lo que me voy convirtiendo. Cada golpe tuyo me hace mejor. Cada ataque me enseña algo nuevo. Y ahora… ya te conocí.
EL MOMENTO DE LA DERROTA
Perfección avanzó. No lanzó una explosión masiva. No destruyó todo de golpe. Se acercó al Ser y con precisión milimétrica golpeó cada uno de sus siete corazones, uno por uno, en el orden exacto en que latían. Agua, fuego, tierra, viento, luz, oscuridad, electricidad. Cada golpe justo en el momento justo.
El Ser gritó. Sus elementos se descontrolaron. El fuego apagó el agua, la tierra bloqueó al viento, la luz se perdió en la oscuridad. Sus propias fuerzas se volvieron contra él. Porque Perfección había encontrado el punto exacto donde el equilibrio se rompe. Y cuando el equilibrio se rompe… todo cae.
El Ser se desplomó. Sus formas se mezclaron confundidas. Ya no era fuego ni agua ni nada. Era solo energía, inmensa pero descontrolada, debilitada, sin fuerza.
LA ABSORCIÓN DE LA SLIME
En ese momento, cuando todos pensaban que la pelea había terminado con la victoria de Perfección, alguien más se movió. La Slime. Había estado observando todo desde lejos, esperando el momento justo. Y ese momento había llegado.
Se deslizó hacia adelante, con esa sonrisa que siempre tenía cuando estaba por hacer de las suyas, pero esta vez brillaba con más intensidad.
LA SLIME
— Bueno… ya que lo dejaste tan bien desarmado… me lo llevo.
PERFECCIÓN, entendiendo lo que venía:
— Lo derroté. Pero no pensé en qué hacer con él.
LA SLIME
— Entonces me lo quedo yo. Siete elementos. ¡Imaginate todo lo que voy a poder hacer con eso!
El Ser, débil y confundido, intentó defenderse. Lanzó un último rayo, una última ola de fuego, pero no tenía fuerza. La Slime simplemente lo atravesó. Y cuando estuvo frente a él, abrió su cuerpo gelatinoso, transparente, púrpura, y lo envolvió por completo.
El Ser gritó. Intentó usar los elementos. Pero ya no tenía control. Y la Slime… ella absorbía todo. El fuego, el agua, la tierra, el viento, la luz, la oscuridad y la electricidad. Todo pasó a través de ella. Todo se convirtió en parte de ella. No destruyó al Ser. Lo tomó. Lo hizo suyo. Y en cuestión de minutos, el Ser de los Siete Elementos ya no existía afuera. Estaba todo adentro de ella.
La Slime se cerró, volvió a su forma normal, pero ahora brillaba con siete luces distintas que se veían a través de su cuerpo transparente. Azul del agua, rojo del fuego, verde de la tierra, blanco del viento, dorado de la luz, morado de la oscuridad y amarillo de la electricidad. Siete colores moviéndose dentro de ella como un universo entero.
EL CIERRE
Texnolollir se acercó, mirándola con asombro.
TEXNOLOLLIR
— Perfección lo derrotó. Pero vos te lo llevaste.
LA SLIME, con una sonrisa que tenía siete colores:
— Él hizo el trabajo duro. Yo solo recogí los frutos. ¿No dicen que el equilibrio es importante? Bueno… ahora yo soy el equilibrio. Tengo todo adentro.
PERFECCIÓN, analizando los cambios en ella:
— Su poder se multiplicó. Ahora puede usar cualquiera de los siete elementos. Y combinarlos. Nadie sabe hasta dónde puede llegar.
LA SLIME, acercándose a Texnolollir con ojos brillantes:
— ¿Sabés lo que significa esto? Que ahora cuando te moleste… voy a poder hacerlo con fuego, con agua, con viento… con todo. Vas a tener que cuidarte mucho más.
Texnolollir negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. Porque sabía que tenerla cerca ya no era solo cuestión de bromas. Ahora, con siete elementos viviendo dentro de ella, la Slime se había convertido en algo mucho más grande. Y mucho más peligroso. Especialmente para él