Texnolollir

52

CAPÍTULO 52 — MULTIVERSO 47: EL DIOS DE LA FIESTA Y LA REINA QUE NACIÓ ENTRE MÚSICA
La nave descendió en un mundo donde no existía el silencio. Desde el primer instante en que pusieron un pie en él, el aire vibraba con ritmos que venían de todas partes, melodías que nacían solas y no se terminaban nunca. El suelo estaba cubierto de luces de todos los colores que cambiaban al compás de la música, y por todas partes se veían seres de mil formas distintas: humanoides, bestias, seres de luz, de sombra, de cristal, todos riendo, bailando, comiendo, abrazándose, sin prisa, sin cansancio, sin motivo aparente más que estar juntos y disfrutar.
En el centro de todo, sobre un escenario que flotaba en el aire, estaba Él. El Dios de la Fiesta. No era imponente ni aterrador. Era alto, redondo, con una risa que hacía temblar el suelo, vestido con telas que brillaban como luces de colores y sostenía un bastón que cada vez que lo golpeaba contra el suelo, hacía que la música se volviera más alegre todavía. Lo miraba todo con una alegría infinita, como si cada ser que bailara fuera una nota en su canción favorita.
LA FIESTA SIN FIN
— ¡Bienvenidos! —gritó el Dios de la Fiesta con una voz que sonaba como mil instrumentos tocando al mismo tiempo—. ¡Llegaron justo a tiempo! La fiesta ya empezó… y no va a terminar nunca. ¡Aquí nadie se va a dormir! ¡Aquí nadie se va a ir! ¡Esto es para siempre!
Texnolollir, Terrari y Perfección caminaron entre la multitud, observando todo con asombro. Había razas que no conocían: seres de fuego que bailaban sin quemar a nadie, seres de agua que saltaban y se convertían en espuma que luego volvía a formarse, seres de piedra que se movían con una gracia increíble. Todos festejaban. Todos se abrazaban. Todos se reían. Pero a medida que pasaron las horas, empezaron a notar algo: no había nada más. No había ciudades que construir, no había tierras que cultivar, no había conocimiento que buscar, no había desafíos que enfrentar. Solo música, comida, risas… y más música.
TERRARI
— Es hermoso. Todo el mundo feliz al mismo tiempo. Pero… ¿eso es todo? ¿Solo esto?
PERFECCIÓN, analizando cada rincón del multiverso:
— Mis escáneres no detectan nada más. No hay historia. No hay evolución. No hay cambio. Hoy es igual que ayer, y mañana será igual que hoy. La fiesta no avanza. La fiesta no termina. Tampoco empieza. Simplemente… es.
Texnolollir miró a todos lados. Veía la alegría de los seres, pero también veía que esa alegría no tenía profundidad. No era la alegría de haber superado algo difícil. Era la alegría de quien no tiene nada que superar. Y eso… empezó a pesarle. Se puso rígido. Tenso. Sus hombros se endurecieron. Su postura se volvió seria, como siempre, pero ahora más que nunca. No bailaba. No sonreía. Solo observaba, calculaba, pensaba en qué sentido tenía todo eso, en qué utilidad tenía, en para qué servía estar ahí.
EL CAMBIO DE LA SLIME
Mientras ellos hablaban y analizaban, la Slime estaba en medio de la multitud. Y algo estaba pasando. Ella, que siempre había sido una slime cualquiera, una gelatina púrpura transparente que solo sabía hacer bromas y molestar, empezó a cambiar. Nadie lo notó al principio. Pero a medida que pasaba el tiempo, su cuerpo se hacía más brillante. Su forma se definía con más elegancia. Los siete elementos que había absorbido —agua, fuego, tierra, viento, luz, oscuridad y electricidad— empezaron a girar dentro de ella en un ritmo perfecto, sincronizado con la música de ese mundo.
Los seres que festejaban empezaron a mirarla. Primero uno, luego diez, luego cientos. Se apartaban para dejarla pasar. Porque de repente, ella no era una más. Ella era el centro. Su presencia se había vuelto más grande, más majestuosa, más real. Y cuando el Dios de la Fiesta la vio, sus ojos se abrieron de par en par.
EL DIOS DE LA FIESTA
— ¡Mirenla! ¡Mírenla bien! ¡Ella no es una slime cualquiera! ¡Ella es la Reina Slime! ¡La reina de la alegría que no necesita motivo!
Todos gritaron su nombre. La llamaron Reina. Y ella, que siempre había sido la pequeña molesta que nadie tomaba en serio, se dio cuenta de que era verdad. No era solo una gelatina que absorbía poderes. Era algo más. Algo que estaba destinada a estar arriba, a ser mirada, a ser seguida. Y aceptó ese título con una sonrisa que ya no era solo pícara, sino que tenía algo de realeza.
LA INVITACIÓN A BAILAR
Pero a pesar de haber sido coronada como Reina, ella no se alejó de Texnolollir. Lo vio ahí, parado al margen, tenso, serio, con el cuerpo rígido como si estuviera hecho de la misma piedra que sus pensamientos. No se movía al ritmo de la música. No dejaba que nada lo tocara. Y ella sabía que tenía que hacer algo.
Se acercó a él despacio, caminando con esa elegancia nueva que había descubierto, y se paró justo frente a él. Lo miró de arriba abajo, vio cada músculo tenso, cada gesto cerrado, cada línea de su cuerpo que parecía hecha para resistir, no para fluir.
LA REINA SLIME
— Aflojá un poco ese cuerpo. Mirate. Parecés una estatua que se olvidó de que puede moverse. Todo acá se mueve, todo fluye, todo cambia… y vos estás ahí como si el mundo te estorbara.
TEXNOLOLLIR, sin dejar de mirar a los lados, sin relajar un solo músculo:
— Hay cosas que analizar. Hay cosas que entender. No todo es música y movimiento. Hay que pensar. Hay que estar preparado. Hay que…
LA REINA SLIME, interrumpiéndolo suavemente:
— Hay que vivir. Eso es lo que hay. Y vos te estás olvidando cómo se hace. Aflojá los hombros. Soltá la mandíbula. Dejá de pensar en qué sentido tiene todo y dejate llevar un rato. No te va a pasar nada malo. No se te va a romper el mundo si te movés al ritmo de la música.
Le tomó las manos. Y en ese gesto, ya no era la pequeña slime que se pegaba a él para molestarlo. Era la Reina Slime. Y su toque era suave, pero tenía una fuerza que lo hizo dudar.
LA REINA SLIME
— Vamos. Bailá conmigo. Solo un rato. No necesitás saber cómo se hace. Solo dejate llevar. Yo te enseño. O mejor aún… yo te sigo. Y vos simplemente sentí.
EL BAILE QUE LO CAMBIÓ
Texnolollir quiso decir que no. Quiso decir que tenía cosas que hacer, que no era el momento, que él no era de esos. Pero ella lo miraba con esos ojos brillantes, con esa sonrisa que ya no era de broma sino de algo más profundo. Y soltó el aire que estaba reteniendo sin darse cuenta. Aflojó los hombros. Y dio un paso.
Fue torpe al principio. Rígido. Como si su cuerpo no supiera qué hacer sin una orden exacta, sin un cálculo previo. Pero ella estaba ahí, pegada a él, guiándolo con suavidad, moviéndose a su lado, dejando que él encontrara su propio ritmo. Y poco a poco… algo pasó. Su cuerpo dejó de resistir. Sus pies empezaron a seguir la música sin que tuviera que pensar en cada paso. Sus manos soltaron la tensión. Y por primera vez en mucho tiempo… no estaba calculando nada. No estaba planeando nada. Simplemente estaba ahí. Bailando.
La música se volvió más hermosa. Las luces giraban alrededor de ellos. Los seres de todas las razas dejaron de bailar para mirarlos. Y el Dios de la Fiesta sonreía, sabiendo que algo especial estaba ocurriendo en su mundo.
Pasaron horas. O tal vez días. En ese lugar el tiempo no importaba. Cuando la música finalmente bajó de volumen, Texnolollir se detuvo. Estaba sin aliento, pero no de cansancio. Estaba relajado. Más relajado de lo que había estado en toda su vida. Miró a la Slime, y por primera vez la vio no como la molestia que siempre tenía cerca, sino como lo que era ahora: la Reina.
TEXNOLOLLIR
— No sabía que podías ser así. No sabía que tenías esto adentro.
LA REINA SLIME, con una sonrisa suave y brillante:
— Yo tampoco lo sabía. Hasta que llegué acá. Hasta que me di cuenta de que no necesito ser más que yo misma para ser reina. Y vos… vos tampoco necesitás ser tan duro todo el tiempo. A veces lo más fuerte que podés hacer… es soltarte.
LA PARTIDA Y EL RECUERDO
Cuando subieron a la nave para irse, el Dios de la Fiesta los despidió con un abrazo que hizo que todos se rieran.
EL DIOS DE LA FIESTA
— ¡Vuelvan cuando quieran! ¡La fiesta nunca termina! ¡Y traigan el ritmo con ustedes!
Mientras la nave se alejaba, Terrari y Perfección hablaban entre ellos, asombrados de lo que habían visto. Pero Texnolollir estaba callado, mirando por la ventana. Y a su lado estaba ella, la Reina Slime, que ya no era la misma que había bajado de la nave. Algo había cambiado en los dos.
LA REINA SLIME, acercándose a él con esa mezcla de realeza y travesura que ahora tenía:
— ¿Sabés qué? Ahora que soy reina… te voy a hacer bailar en cada multiverso. No te vas a escapar. Donde vos vayas, yo voy a ir. Y vamos a bailar. Te guste o no.
Texnolollir la miró, y esta vez no la ignoró. No le dio la espalda. Le sonrió. Una sonrisa pequeña, pero sincera.
TEXNOLOLLIR
— Ya veremos. Pero… gracias. Por haberme hecho aflojar.
Y mientras la nave cruzaba hacia el siguiente multiverso, la música de ese mundo seguía sonando en sus oídos. Y en el pecho de Texnolollir, algo que siempre había estado tenso… por fin había aprendido a moverse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.