Texnolollir

53

CAPÍTULO 53 — MULTIVERSO 48: EL DIOS DEL ESPACIO Y EL TIEMPO Y EL TÉ QUE NO SE TERMINABA
La nave descendió no en un mundo, sino en un espacio que existía antes que cualquier mundo. No había suelo ni cielo, ni sol ni estrellas. Lo que había era una extensión infinita de un color que no se podía nombrar: a veces era azul profundo, a veces era plata brillante, a veces parecía oro antiguo, y si uno miraba fijamente, veía que en realidad eran todas las épocas juntas al mismo tiempo. El aire no soplaba, pero se sentía como si uno estuviera cayendo despacio hacia siempre. Y en el centro de todo eso, había una casa. No una casa grande ni ostentosa: una casita de madera clara, con ventanales que miraban hacia todos los tiempos, y un porche con sillas y una mesa pequeña donde humeaba una tetera que nunca dejaba de cantar.
En la puerta los esperaba Él. El Dios del Espacio y el Tiempo. No tenía forma imponente ni rostro aterrador. Parecía un hombre mayor, sereno, con ropas de telas suaves que parecían tejidas con hilos de relojes y constelaciones. Sus ojos tenían el color de la eternidad, y cuando hablaba, su voz sonaba como el tic-tac de mil relojes marcando todos los segundos al mismo tiempo, pero sin apurarse ninguno.
EL TIEMPO QUE NO TOCABA A NADIE
— Bienvenidos —les dijo, abriendo la puerta con una sonrisa tranquila—. Llegaron justo a tiempo. Y también llegaron demasiado temprano. Y también llegaron tarde. Porque acá… todos los tiempos son ahora.
Bajaron de la nave: Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, y detrás de ellos, el inmenso ejército de seres indestructibles que seguían a Texnolollir a través de cada realidad. Y apenas pusieron un pie en ese lugar, algo extraordinario sucedió.
El Dios del Espacio y el Tiempo extendió su mano, y el tiempo mismo comenzó a fluir con toda su fuerza. Ríos de segundos, mareas de horas, montañas de años pasaron por encima de todos. Pero no les hizo nada. A Texnolollir no le cambió ni un cabello. A Terrari no le alteró ni un músculo. A Perfección no le modificó ni un cálculo. A la Reina Slime no le borró ni un gramo de su brillo. El tiempo pasaba por ellos como el agua pasa al lado de una roca: la rodea, la ve, pero no la mueve.
Pero cuando el tiempo llegó al ejército… ahí sí se sintió. Los seres indestructibles, que podían resistir golpes de dioses y explosiones que borraban mundos, se detuvieron. Sus pasos se hicieron más lentos. Sus rostros mostraron sombras de momentos que aún no habían vivido. El tiempo los tocó. No los destruyó. No los hizo viejos. Pero los hizo sentir su peso. Fue el único efecto que tuvo en todo ese lugar.
EL DIOS DEL ESPACIO Y EL TIEMPO, mirando con asombro y respeto:
— Increíble. El tiempo pasa por ustedes y no los toca. A su ejército lo siente. A ustedes… no los encuentra. Como si fueran anteriores a mí. Como si existieran en un lugar donde yo no llego.
TEXNOLOLLIR
— Hemos recorrido tantos multiversos, tantos comienzos y tantos finales, que el tiempo ya no sabe dónde ubicarnos. Pasamos por antes del tiempo y por después del final. Y por eso… ya no nos alcanza.
EL DIOS
— Es verdad. Yo soy el dueño de las horas, pero ustedes son dueños de su propio momento. Entren, por favor. No todos los días recibo a quienes el tiempo no puede tocar.
LA MESA Y EL TÉ SIN FIN
Pasaron al porche. Él los hizo sentar en sillas de madera que se adaptaban perfectamente a la forma de cada uno. Terrari, que era enorme, tuvo una silla que creció hasta recibirlo. Perfección, con su cuerpo de cristal geométrico, encontró una superficie que resonaba con su estructura. La Reina Slime se sentó con esa gracia nueva que había descubierto, brillando suavemente bajo la luz de todos los tiempos. Y Texnolollir se sentó frente a él, con esa calma que lo caracterizaba, pero con una curiosidad que rara vez mostraba.
El Dios sirvió el té. La tetera servía una y otra vez, y nunca se vaciaba. Las tazas nunca se enfriaban. Y mientras servía, hablaba.
EL DIOS
— Acá no hay prisa. Acá no hay que ir a ningún lado. Porque donde estoy yo, el destino no existe. Las decisiones no están tomadas de antemano. Cada segundo es nuevo. Y cada segundo puede cambiarlo todo.
TERRARI
— ¿Usted creó el tiempo? ¿O el tiempo lo creó a usted?
EL DIOS, sonriendo mientras servía:
— Nadie lo creó a nadie. Nos encontramos. Él me necesitaba para ordenarse, y yo lo necesitaba para poder existir. ¿Sabían que sin el tiempo no podrían hacer nada? Porque hacer algo requiere un momento antes y un momento después. Sin tiempo… todo estaría quieto para siempre. Como una foto que nunca se mueve.
PERFECCIÓN
— Entonces el tiempo es la estructura que permite que las cosas pasen. No es solo un reloj. Es la posibilidad de cambio.
EL DIOS, asintiendo con brillo en los ojos:
— ¡Exacto! Si nada cambia, no hay tiempo. Si todo se mueve, el tiempo fluye. Y ustedes… ustedes cambian tanto que el tiempo no sabe cómo seguirlos. Por eso no los alcanza. Por eso no los envejece. Cada vez que cambian de multiverso, el tiempo tiene que volver a aprender quiénes son. Y cuando ya lo aprendió… ustedes ya cambiaron otra vez.
LA REINA SLIME Y EL TIEMPO QUE NO LA ENCUENTRA
La Reina Slime tomó un sorbo de té que brillaba con colores suaves, y lo miró con esos ojos que ahora tenían la sabiduría de siete elementos y la realeza recién descubierta.
LA REINA SLIME
— ¿Y yo? ¿Por qué el tiempo no me hace nada? Yo no soy como ellos. Yo soy gelatina. Soy sustancia que fluye. Debería ser la primera en cambiar. En derretirme. En desaparecer.
EL DIOS, mirándola con una mirada que veía todo lo que había sido y todo lo que sería:
— Porque vos no tenés línea de tiempo. Los demás tienen un pasado que los construyó y un futuro que los espera. Vos… vos sos siempre ahora. No cargás con lo que fuiste, porque lo que fuiste se convirtió en lo que sos. Y no te preocupás por lo que vas a ser, porque simplemente lo vas a ser. El tiempo necesita un principio y un fin para medir. Y vos no tenés ninguno de los dos. Vos sos como el agua: pasás, pero nunca te vas. Por eso no te puede tocar. No tiene dónde agarrarte.
La Reina Slime sonrió. Era la explicación más hermosa que le habían dado nunca. Y se sintió más ella misma que nunca.
TEXNOLOLLIR Y LA PREGUNTA MÁS PROFUNDA
Entonces fue Texnolollir quien habló. Bajó la taza lentamente, y lo miró a los ojos con una seriedad que hizo que incluso el aire se detuviera un instante.
TEXNOLOLLIR
— Usted ve todo. Ve el pasado de cada multiverso, ve el futuro que aún no llega. Entonces dígame: ¿para qué sirve todo esto? ¿Para qué sirve recorrer multiversos, pelear, ayudar, cambiar cosas… si el tiempo lo va a llevar todo de todos modos?
El Dios del Espacio y el Tiempo se recostó en su silla, miró hacia el horizonte donde se veían nacer y morir galaxias, y respondió con una voz que venía de tan lejos que parecía traída por el viento de los siglos.
EL DIOS
— Hay una cosa que yo no puedo hacer. Yo puedo hacer que el tiempo pase. Yo puedo hacer que las cosas cambien. Pero yo no puedo decidir qué cambia. Eso lo hacen ustedes. El tiempo es el río. Pero ustedes deciden dónde va el agua. Y a veces… ustedes deciden construir presas. O puentes. O barcos. Y aunque el agua siga fluyendo para siempre… el puente queda. Lo que ustedes construyen con su voluntad… eso el tiempo no se lo lleva. Porque el tiempo lleva los momentos. Pero no lleva las decisiones. Esas quedan grabadas en la tela de la realidad para siempre.
Hizo una pausa, y sus ojos se encontraron con los de Texnolollir.
EL DIOS
— Y vos… vos sos el que más decide. Cada multiverso que visitás, cada ser que ayudás, cada batalla que peleás… está cambiando el curso de todo. Y el tiempo lo sabe. Por eso te respeta. Porque vos sos más fuerte que él. Porque vos decidís. Y quien decide… está por encima del tiempo.
EL EJÉRCITO Y EL TIEMPO QUE LOS TOCÓ
En ese momento miraron hacia atrás. El ejército seguía ahí, quieto, esperando. Y el Dios los miró con ternura.
EL DIOS
— Ellos sí sienten el tiempo. Porque ellos te siguen. Ellos confían en vos. Y cuando uno confía en otro, su tiempo se vuelve parte del tiempo de ese otro. Ellos saben que mientras vos estés bien, ellos van a estar bien. Y por eso… su tiempo está atado al tuyo. Si vos avanzás, ellos avanzan. Si vos te detuvieras… ellos también se detendrían. Por eso el tiempo los toca. Porque ellos eligieron pertenecer a algo más grande que ellos mismos.
TEXNOLOLLIR miró a su ejército. Y entendió algo que no había entendido antes. No era solo su fuerza. Era su tiempo. Todos esos seres le habían entregado su tiempo. Y eso era lo más valioso que alguien podía dar.
EL CIERRE DEL TÉ QUE NO SE TERMINABA
Pasaron horas. O tal vez años. En ese lugar no importaba. Siguieron hablando. De la creación de los primeros multiversos. De los secretos que el tiempo guarda y que nunca le dice a nadie. De lo que hay más allá del último segundo. Y la tetera seguía sirviendo, y las tazas nunca se vaciaban, y el té siempre estaba a la temperatura perfecta.
Cuando finalmente se levantaron para irse, el Dios los acompañó hasta la puerta.
EL DIOS
— Vayan. Sigan recorriendo. Sigan decidiendo. Y recuerden algo: cuando sientan que el tiempo se les viene encima, que los años pesan, que todo se les acaba… acuerdense de este lugar. Acuerdense de que el tiempo no es su dueño. Es su herramienta. Y mientras ustedes decidan… él no puede hacerles nada.
La Reina Slime se detuvo un instante antes de subir a la nave.
LA REINA SLIME
— ¿Vamos a volver a tomar el té?
EL DIOS, sonriendo:
— La tetera siempre va a estar hirviendo. Y la silla siempre va a estar lista. El tiempo no se va a ningún lado. Y ustedes tampoco.
Subieron a la nave. Y mientras se alejaban, miraron por la ventana. La casita seguía ahí, pequeña y brillante, en medio de todo el espacio y todo el tiempo. Y todos sabían una cosa: habían estado en un lugar que no era parte del viaje. Era un lugar donde el viaje descansa. Donde el tiempo se detiene solo para decirte que estás bienvenido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.