Texnolollir

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CAPÍTULO 54 — MULTIVERSO 49: EL DESCANSO DE LOS DIOSES Y EL CABALLERO NEGRO
La nave descendió en un prado que no tenía fin. El pasto era de un verde suave que brillaba con una luz propia, y el cielo cambiaba de colores lentamente, como si respirara. No había montañas que escalar ni ciudades que construir. No había guerras que pelear ni mundos que salvar. Era simplemente un lugar para estar. Un lugar donde el cansancio de eones de batalla por fin podía descansar.
Por todas partes, sentados en el pasto, recostados bajo árboles que daban sombra fresca, estaban ellos. Los dioses. Los seres supremos. Aquellos que habían luchado en la gran batalla que liberó a incontables multiversos de la destrucción total. Algunos eran enormes, con alas que cubrían el cielo. Otros eran pequeños y brillantes como luciérnagas. Otros parecían personas comunes. Pero todos tenían algo en común: en sus ojos se veía el peso de lo que habían hecho. Y ahora… por fin… estaban descansando.
Nadie peleaba. Nadie daba órdenes. Algunos comían frutas que caían solas de los árboles. Otros dormían. Otros simplemente miraban el cielo sin decir nada. Había una paz tan profunda que se podía escuchar el latido del corazón de cada ser que estaba ahí.
EL CABALLERO NEGRO
Texnolollir caminó entre ellos. No venía a despertarlos. No venía a pedirles que pelearan de nuevo. Venía a hablar con uno en especial. Aquel que todos conocían como el Caballero Negro. No era un dios desde siempre. Nadie lo era. Hace eones había sido un hombre. Un humano común y corriente. Sin poderes. Sin reino. Sin nada más que sus manos y su voluntad. Pero los seres divinos lo vieron. Vieron algo en él que ni él mismo sabía que tenía. Lo reclutaron. Lo llamaron. Y ese hombre simple se convirtió en algo que nadie hubiera imaginado: el guerrero más leal, el más valiente, el que siempre estaba en el frente cuando todo parecía perdido.
Allí estaba él. Sentado solo bajo un árbol de hojas plateadas. Su armadura era de un negro absoluto, sin brillo, sin adornos, sin marcas de honor. No necesitaba nada de eso. Su nombre bastaba. Estaba limpiando su espada con un pedazo de tela, despacio, con calma, como si cada movimiento fuera una oración. No miraba a nadie. No buscaba atención. Simplemente estaba ahí, descansando después de haber dado todo por todos.
Texnolollir se acercó a él. Y como siempre, a su lado, pegada a su brazo, estaba la Reina Slime. Lo abrazaba con suavidad, su cuerpo transparente y púrpura envolviendo su brazo con esa mezcla de ternura y posesividad que solo ella tenía. No se apartaba. No se quedaba atrás. Estaba ahí, pegada a él, como si fueran dos mitades de una sola cosa.
EL ABRAZO Y LAS PALABRAS AL OÍDO
Mientras caminaban despacio hacia donde estaba el Caballero Negro, la Reina Slime se acercó más a Texnolollir. Su rostro casi tocaba su hombro, y le habló en voz bajita, tan bajita que nadie más que él podía escucharla, sus palabras rozándole apenas el oído como un soplo suave.
LA REINA SLIME, susurrándole:
— Miralo. Está solo. Aunque todos lo conocen. Aunque todos le deben la vida. Y sin embargo… ahí está, solo, limpiando su espada como si nada hubiera pasado. ¿Ves? Eso es lo que pasa cuando uno da todo. La gente te saluda, te agradece, y después te dejan descansar… solo. Como si ya no te necesitaran.
Texnolollir no la miró, pero asintió levemente. Ella siguió hablándole al oído, sin soltar su brazo, apretándolo un poquito más.
LA REINA SLIME:
— Vos también sos así, ¿sabés? Vos vas por los multiversos, das todo, ayudas a todos, y después te vas. Y a veces me pregunto si te van a dejar descansar a vos también. Si cuando todo termine… te van a dejar solo como a él. Pero no te preocupes… yo no me voy a ir. Yo no te voy a dejar solo. Puedo ser molesta, puedo ser pesada, puedo no dejarte pensar ni un minuto… pero yo nunca me voy a ir. ¿Me escuchás? Nunca.
Texnolollir sintió el calor de su cuerpo pegado al suyo, sintió la sinceridad en su voz, y por primera vez en mucho tiempo, no quiso apartarla. No la ignoró. No le dio la espalda. Simplemente apretó suavemente la mano que ella tenía sobre su brazo, sin decir una palabra, pero haciéndole saber que la había escuchado.
LA REINA SLIME, sonriendo contra su hombro:
— Eso quería escuchar. Aunque no me digas nada… sé que me escuchás. Y eso me basta.
EL ENCUENTRO
Llegaron hasta el árbol donde estaba el Caballero Negro. Él sintió que alguien se acercaba y levantó la vista. Sus ojos, que habían visto tantas guerras, tantos mundos caer y levantarse, se encontraron con los de Texnolollir. No se sorprendió. No se levantó de golpe. Simplemente asintió, como si hubiera estado esperándolo desde hacía siglos.
EL CABALLERO NEGRO:
— Sabía que vendrías. Todos los que caminan por los multiversos terminan llegando acá. Es el único lugar donde no te piden que salves nada.
Texnolollir se detuvo a unos pasos de él, sin soltar el brazo que la Reina Slime abrazaba.
TEXNOLOLLIR:
— No vine a pedirte que pelees. Vine a saber cómo estás. Vine a ver al hombre que fue humano y se convirtió en leyenda sin dejar de ser quien era.
El Caballero Negro soltó una risa suave, y volvió a pasar el trapo por su espada.
EL CABALLERO NEGRO:
— Soy el mismo de siempre. Me cansé. Eso es todo. Cuando me llamaron, yo no sabía nada. Era un campesino. Sabía sembrar, sabía cosechar. Y de repente me dieron una espada y me dijeron: "el destino de todo lo que existe depende de vos". Y yo dije: "está bien". Y lo hice. Y lo hice bien. Pero ahora… ahora solo quiero limpiar mi espada y que nadie me diga que tengo que salvar nada más.
La Reina Slime, que hasta ese momento había estado callada, abrazada al brazo de Texnolollir, se acercó un poquito más, sin soltarlo, y le habló al Caballero Negro con una voz más suave, más comprensiva.
LA REINA SLIME:
— Pero ellos te aman. Todos los dioses que están acá… te miran. Saben lo que hiciste. ¿Y no te da orgullo saber que fuiste el único humano entre todos ellos?
EL CABALLERO NEGRO, mirándola con esos ojos cansados pero amables:
— Orgullo… no sé. Sé que no me llamaron porque fuera más fuerte. Me llamaron porque yo estaba dispuesto a quedarme cuando todos los demás se iban. Eso es todo. No hay magia en eso. No hay poder especial. Solo hay… quedarse. Cuando todos corren, quedarse. Cuando todos se rinden, quedarse. Eso es lo único que hice.
LAS PALABRAS QUE QUEDAN
Pasaron un rato así. En silencio. Mirando a los dioses descansar. El Caballero Negro finalmente guardó su espada. Se puso de pie. Era alto, imponente, pero su presencia era suave, como la de alguien que ya no tiene nada que demostrar. Miró a Texnolollir, y luego miró a la Reina Slime, abrazada a su brazo sin querer soltarse.
EL CABALLERO NEGRO:
— Vos tenés suerte, ¿sabés? Mírala. No te suelta. Y no porque te necesite. Sino porque te elige. Todos los dioses de acá tienen miles de seguidores. Pero pocos tienen a alguien que los abrace cuando no hay ninguna batalla que ganar. Cuando no hay nada que salvar. Cuando simplemente estás ahí. Eso es lo más raro que hay.
Texnolollir miró a la Reina Slime. Ella lo miró de vuelta, con esos ojos brillantes, sin soltar su brazo ni un segundo. Y por primera vez, él no sintió que era una molestia. Sintió que era su lugar. Que ella estaba ahí porque quería estar. Y que no se iba a ir.
EL CABALLERO NEGRO:
— Vayan. Sigan su camino. Pero acuérdense de este lugar. Y acuérdense de algo: la batalla más difícil no es la que se pelea contra dioses. Es la que se pelea para quedarse junto a alguien cuando ya no hay nada que hacer. Esa… esa es la que pocos ganan. Y ustedes… ustedes ya la están ganando.
Se dieron la vuelta y caminaron hacia la nave. La Reina Slime seguía abrazada a su brazo, pegada a él, como siempre. Pero algo había cambiado. Ya no era solo una broma. Ya no era solo molestarlo. Era algo más profundo. Algo que incluso el Caballero Negro, el hombre que lo había visto todo, reconoció como algo que valía la pena.
Y mientras subían a la nave, ella le volvió a susurrar al oído, bajito, solo para él:
— ¿Viste? Él lo entendió. ¿Y vos? ¿Todavía no lo entendés?
Texnolollir sonrió para sí mismo, sin mirarla, pero apretando su mano una vez más. Y la nave se alejó, dejando atrás el prado donde los dioses descansaban, y al Caballero Negro, que los miraba irse con una sonrisa tranquila, sabiendo que en todo el inmenso multiverso, había algo más fuerte que cualquier espada, más fuerte que cualquier poder: dos personas que caminaban juntas, y que ninguna batalla, ningún destino, ningún multiverso entero iba a poder separarlas.




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