Texnolollir

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CAPÍTULO 56 — MULTIVERSO 51: EL ÚLTIMO MERCENARIO Y EL VACÍO DEL VIRUS
La nave descendió en un mundo que no estaba muerto, sino que estaba vacío. No había ruinas de ciudades, no había cuerpos tirados, no había señales de batalla ni destrucción. Lo que había era algo mucho más inquietante: todo estaba intacto. Las casas estaban en pie, las luces encendidas, las mesas servidas, los vehículos estacionados en sus lugares. Pero no había nadie. Ningún ser vivo. Ni siquiera un insecto, ni una planta, ni un microbio. El aire estaba limpio, demasiado limpio. Y en cada pared, en cada superficie, se veía una sustancia brillante, transparente, que se extendía despacio, como si estuviera respirando. Era el virus.
No era un virus que enfermaba ni mataba. Era algo más terrible: absorbía la vida. No la destruía. La tomaba, la convertía en esa sustancia brillante, y la guardaba para siempre. Y así, de a poco, había ido tomando todo el multiverso. Millones de mundos, incontables razas, cada ser que alguna vez respiró… todos habían sido absorbidos. Y ahora, no quedaba nada. Excepto él.
EL ÚNICO QUE QUEDÓ
En el centro de lo que había sido la capital más grande de ese multiverso, sobre el techo de un rascacielos que miraba todo el horizonte, estaba Él. El Mercenario.
No vestía ropas ostentosas ni armaduras brillantes. Llevaba un traje ajustado de tonos oscuros, cubierto de artilugios y armas que no se veían en ningún otro lugar: cuchillas de plasma plegables, proyectiles que atravesaban dimensiones, dispositivos que interferían la realidad misma. Tenía el rostro serio, la mirada fría y calculadora, y una sonrisa que nunca llegaba a ser completa, esa sonrisa de alguien que disfrutaba lo que hacía, incluso cuando lo que hacía era matar.
Era psicópata. No por maldad, sino porque no sentía lo que los demás sentían. El dolor ajeno no le dolía. La compasión no existía en su vocabulario. Pero era un profesional. De los mejores. Dominaba las artes marciales multiversales: golpes que rompían el espacio, movimientos que esquivaban el tiempo, técnicas que habían derribado dioses sin necesidad de armas. Y con las armas… era aún más peligroso. Conocía cada dispositivo, cada explosivo, cada tecnología de destrucción masiva que había en mil mundos. Y sabía usarlas todas.
Había sobrevivido no porque fuera el más fuerte, sino porque cuando el virus llegó, él no intentó huir ni esconderse. Se quedó quieto. Esperó. Y aprendió. Vio cómo el virus tomaba a todos los demás. Vio cómo funcionaba. Y descubrió que había algo en él, algo en su estructura, en su forma de ser, que el virus no podía absorber. No sabía qué era. No le importaba. Simplemente… era inmune.
EL ENCUENTRO
Texnolollir, Terrari, Perfección y la Reina Slime bajaron de la nave y caminaron por esa ciudad vacía. El silencio era tan pesado que se podía escuchar el movimiento del virus extendiéndose por las paredes, como un susurro constante. Cuando llegaron al edificio donde él estaba, él no se escondió. No intentó emboscarlos. Simplemente se dio vuelta y los miró, con esa media sonrisa que no prometía nada bueno.
EL MERCENARIO
— Tardaron bastante. Yo ya pensé que no venía nadie.
Texnolollir se detuvo a unos pasos de él. No lo desafió. No sacó ninguna arma.
TEXNOLOLLIR
— ¿Vos sos el único que queda?
EL MERCENARIO, señalando todo el horizonte con un movimiento de mano:
— Mirá alrededor. Casas listas. Comida servida. Luces prendidas. Pero nadie está en casa. Todos se fueron a vivir adentro de esa cosa brillante que se te pega en la pared. Y yo… yo me quedé. Porque no me quiso. Probó de todo. Me tocó, me envolvió, me quiso meter adentro… y nada. Yo sigo acá.
LA CONVERSACIÓN
Terrari dio un paso adelante, analizando el virus que cubría todo.
TERRARI
— Es impresionante. Absorbió todo un multiverso. Cada ser vivo. Cada forma de vida. Y lo convirtió en eso. ¿Por qué no te tomó a vos?
EL MERCENARIO, soltando una risa seca:
— ¿Quién sabe? Tal vez hasta el virus tiene miedo de los locos. O tal vez vio que yo soy demasiado caótico para guardarme en su estante ordenado. Lo cierto es que no me pudo. Y yo me quedé mirando. Esperando. Viendo cómo se lo llevaban a todos. Esperando a ver qué hacía. ¿Y sabés qué hizo? Nada. Absorbió todo y después… se quedó quieto. Como si ya estuviera satisfecho. Como si no necesitara nada más.
PERFECCIÓN, escaneando la sustancia brillante:
— El virus no tiene conciencia. No tiene voluntad. Es un mecanismo de consumo infinito. Absorbe todo lo que tiene vida hasta que no queda nada. Y cuando no queda nada… se detiene. No porque quiera. Porque no tiene nada más que comer.
EL MERCENARIO, asintiendo:
— Eso. Eso es exactamente lo que pasó. Yo estuve semanas, meses, quién sabe cuánto tiempo, mirándolo. Y no hizo nada más. Se quedó ahí brillando, feliz, con todo su banquete comido. Y yo… yo me aburrí.
La Reina Slime, que había estado abrazada al brazo de Texnolollir, miró al Mercenario con curiosidad, sin soltarlo.
LA REINA SLIME
— ¿Y no intentaste destruirlo? ¿No intentaste romperlo, quemarlo, hacer algo? Sos el único que quedó. Podrías haber hecho algo.
EL MERCENARIO, mirándola con esos ojos que no mostraban nada:
— ¿Para qué? Si lo rompía, ¿qué pasaba? ¿Volvían todos? No. Ellos ya no estaban. Eran parte de él. Si lo destruía, los destruía a ellos también. Y además… ¿a mí qué me importaba? Yo no los conocía. No eran mis amigos. No eran mi familia. Yo soy mercenario. Yo peleo cuando me pagan. Nadie me pagó por salvar este mundo. Así que me quedé. Miré. Y esperé.
LA DECISIÓN
Texnolollir lo miró a los ojos, y vio algo que nadie más habría visto: no era maldad. No era crueldad. Era simplemente soledad. Y la costumbre de no esperar nada de nadie.
TEXNOLOLLIR
— Entonces… ¿qué vamos a hacer? ¿Vamos a destruirlo? ¿Vamos a liberarlos?
EL MERCENARIO, encogiéndose de hombros:
— Hagan lo que quieran. No me importa. Si lo rompen, bien. Si se lo dejan, también bien. Yo ya cumplí mi parte. Me quedé vivo. Vi lo que pasaba. Y ahora… ya está. No me voy a quedar acá cuidando paredes brillantes. No es mi trabajo.
TERRARI
— ¿Y adónde vas? Si te quedás acá, estás solo para siempre.
EL MERCENARIO, con esa media sonrisa:
— Yo siempre estuve solo. Antes del virus, después del virus… no cambió mucho. Pero si me preguntás… me voy con ustedes. Este mundo ya no tiene nada interesante. Y donde van ustedes… seguro hay peleas. Y donde hay peleas… hay trabajo. Y donde hay trabajo… hay pago.
PERFECCIÓN
— No tenemos nada que pagarte.
EL MERCENARIO
— Ya veremos. Algo aparecerá. Siempre aparece algo que vale la pena tomar.
LA PARTIDA
No hicieron nada. No destruyeron el virus. No intentaron liberar a nadie. Porque el Mercenario tenía razón: no sabían cómo. Romper la sustancia brillante no iba a devolver la vida. Solo iba a borrarla por completo. Y así, decidieron dejarlo como estaba. Un monumento silencioso a todo lo que alguna vez vivió.
Subieron a la nave. El Mercenario subió con ellos, cargando sus armas, ajustándose el traje, mirando todo con esa mirada de quien no se impresiona por nada. La Reina Slime se volvió a abrazar al brazo de Texnolollir, pero antes de que la nave se alejara, miró por la ventana una última vez hacia ese mundo vacío y brillante.
LA REINA SLIME, susurrándole al oído a Texnolollir:
— Él es raro. No le importó nada. Pero yo creo que en el fondo… estaba esperando que alguien viniera. Aunque no lo quiera admitir.
Texnolollir miró al Mercenario, que ya estaba revisando sus armas en un rincón de la nave, indiferente a todo.
TEXNOLOLLIR
— Tal vez. Pero no se lo vamos a decir. A él no le gustaría que sepamos que lo esperaba.
Y la nave se alejó del multiverso 51, dejando atrás un mundo donde todo estaba perfecto, todo estaba en su lugar, y sin embargo… no quedaba nadie. Y el Mercenario, el único que había sobrevivido, no habló una palabra más. Simplemente se sentó, esperando a ver qué pasaba después. Y eso era todo lo que quería: ver qué pasaba después.




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