Texnolollir

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CAPÍTULO 57 — MULTIVERSO 52: EL MUNDO DE LOS FANTASMAS Y LA FRUTA DE CRISTAL
La nave descendió en un mundo que parecía hecho de recuerdos olvidados. El suelo no era tierra, sino una niebla grisácea que se movía lentamente como si respirara. El cielo no tenía sol ni estrellas, solo una luz pálida que venía de ninguna parte, y en el horizonte se veían siluetas de ciudades y montañas que aparecían y desaparecían como si fueran a desvanecerse en cualquier momento. Era un lugar donde la realidad era tan delgada que uno podía atravesarla con la mano. Y en ese mundo, ellos gobernaban.
Los fantasmas no eran sombras simples ni espíritus que vagaban sin rumbo. Eran formas etéreas, altas y transparentes, con ojos que brillaban con una luz fría y vacía. No tenían rostro definido, pero se sentía su furia, su hambre, su deseo de borrar todo lo que era sólido, todo lo que tenía vida. Se movían en manadas, en hordas incontables, y donde pasaban, las cosas no se rompían: se desvanecían. Una casa que tocaban dejaba de existir. Un árbol que rozaban se volvía niebla. Y si tocaban a un ser vivo… ese ser desaparecía como si nunca hubiera nacido.
EL OBJETIVO
Cuando bajaron: Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, y con ellos, por primera vez, el Mercenario. Estaba ahí, con su traje oscuro, sus armas tecnológicas listas, esa media sonrisa que nunca llegaba a completarse, observando todo con esa mirada fría y profesional que lo caracterizaba. No había venido por bondad. No había venido por compasión. Había venido porque había algo que hacer. Y donde había algo que destruir, él estaba en su lugar.
Perfección escaneó el área, procesando miles de datos por segundo, y su voz se volvió más seria que de costumbre.
PERFECCIÓN
— En el centro de este mundo, protegida por toda esa horda, hay algo. Una fruta. No es de este mundo. Es de cristal, transparente, y dentro de ella… hay vida. Una sola vida. Un ser pequeño, atrapado, esperando. Si los fantasmas la tocan… esa vida se borra. Para siempre.
Texnolollir miró hacia el horizonte, donde miles de fantasmas se movían como un mar de sombras que avanzaba sin detenerse.
TEXNOLOLLIR
— Entonces no podemos dejar que lleguen a ella. Tenemos que destruirlos a todos. Antes de que la encuentren.
EL MERCENARIO, ajustando un dispositivo en su brazo con un sonido de chasquido metálico:
— Destruirlos a todos. Qué bien suena. Eso sí sé hacerlo. ¿Y qué hay adentro de esa fruta? ¿Un rey? ¿Un dios? ¿Alguien importante?
TEXNOLOLLIR
— No lo sabemos. Puede ser cualquiera. Puede ser nadie. Pero está viva. Y la quieren borrar. Y eso… es suficiente para defenderla.
EL MERCENARIO, soltando una risa suave:
— Bien. No me importa quién sea. Me importa que hay trabajo. Y me importa que esos fantasmas… parecen divertidos de romper.
LA BATALLA COMIENZA
Los fantasmas los vieron. No gritaron ni rugieron. Simplemente aceleraron. Una ola de sombras que cubría todo el horizonte, avanzando con un silencio aterrador, porque no hacían ruido al caminar. Solo se sentía el viento frío que traían consigo, ese viento que huele a olvido.
Terrari fue el primero en moverse. Su cuerpo se envolvió en la oscuridad de su forma Calamity, y lanzó un ataque que habría borrado montañas enteras. Los rayos atravesaron a docenas de fantasmas… pero estos se volvieron a formar un instante después. No eran cuerpos físicos. No se podían cortar ni quemar de la forma común.
TERRARI, sorprendido:
— ¡Se regeneran! Lo que rompo… vuelve a armarse. No tienen carne ni hueso que destruir. Son pura energía de olvido.
Perfección avanzó entonces, su cuerpo geométrico brillando con luz propia, analizando cada patrón, cada movimiento.
PERFECCIÓN
— No los destruyan por la fuerza bruta. No funciona. Tienen una estructura. Cada fantasma tiene un núcleo invisible, un punto donde se sostiene su existencia. Si golpean ahí… se desvanecen. Si no… simplemente se reparan.
La Reina Slime, abrazada un instante más al brazo de Texnolollir antes de soltarse, brilló con los siete colores de los elementos que había absorbido.
LA REINA SLIME
— Yo los puedo absorber. Si los toco… los tomo. Pero son demasiados. Si me lleno demasiado… no sé qué pase.
TEXNOLOLLIR
— Entonces trabajamos juntos. Terrari, usá tu poder para separarlos en grupos. Perfección, marcá los núcleos. Reina Slime, absorberá los que se acerquen demasiado. Y yo… yo los mantengo ocupados.
Y entonces, el Mercenario dio un paso adelante. No esperó órdenes. No preguntó qué hacer. Simplemente activó sus armas. Dos cuchillas de plasma salieron de sus muñecas, brillando con una luz que no era de este mundo. En su espalda se desplegaron cañones que cargaban energía capaz de atravesar dimensiones. Y esa media sonrisa suya se amplió un poco más.
EL MERCENARIO
— Ustedes busquen los núcleos. Yo les abro camino. Y después… yo me encargo de que no se vuelvan a armar.
EL ARTE DE MATAR LO QUE NO MUERE
La pelea fue como ninguna otra. Los fantasmas atravesaban rocas y árboles como si fueran aire. Atacaban tocando, y donde tocaban, la realidad se deshacía. Un rozón en el brazo de Terrari y parte de su armadura desapareció. Un paso cerca de Perfección y su estructura se tambaleó. Eran implacables, infinitos, silenciosos.
Pero el Mercenario… él era diferente. No peleaba con furia ni con poder divino. Peleaba con precisión. Cada movimiento suyo era calculado mil veces antes de hacerlo. Se movía entre los fantasmas como una sombra más, rápido, silencioso, y cada vez que levantaba la mano, una cuchilla de plasma cortaba no solo al fantasma, sino el aire mismo que lo sostenía. Y cuando lo cortaba, no se regeneraba. Porque el Mercenario no solo sabía dónde golpear. Sabía cómo hacerlo para que no pudieran volver.
En un momento, una horda de cientos de fantasmas lo rodeó. Podría haber sido el fin de cualquiera. Él se detuvo, sonrió, y apretó un botón en su pecho. Una explosión de energía dimensional salió de su cuerpo, no destruyendo nada físico, sino borrando la estructura misma de los espíritus que lo rodeaban. Cientos de ellos se desvanecieron al instante, sin ruido, sin rastro.
EL MERCENARIO, gritando por encima del ruido de la batalla:
— ¡No les peguen como si fueran personas! ¡Péguenles como si fueran errores! ¡Porque eso es lo que son! ¡Algo que no debería estar acá!
Texnolollir lo vio trabajar. Vio cómo movía sus manos con esa precisión letal, cómo cada arma que usaba era exactamente la correcta para cada situación. Y entendió algo: el Mercenario no era fuerte porque tuviera poderes inmensos. Era fuerte porque sabía matar. Sabía cómo funcionaba la muerte. Y sabía cómo dársela a cualquiera, incluso a quienes no deberían poder morir.
LA COMBINACIÓN
Así trabajaron juntos. Terrari abría brechas con su poder devastador. Perfección marcaba los núcleos con luces que solo ellos podían ver. La Reina Slime se lanzaba hacia los que se acercaban demasiado, absorbiéndolos en su cuerpo gelatinoso, guardándolos adentro donde no podían hacer daño. Y el Mercenario… él terminaba el trabajo. Donde los demás dejaban un fantasma herido, él lo remataba. Donde la regeneración intentaba empezar, él la cortaba de raíz.
Pasaron horas. Horas de pelear sin descanso. La horda parecía no tener fin. Pero poco a poco, empezaron a retroceder. Empezaron a desaparecer de verdad. Porque cada vez que uno caía, no volvía. Y el responsable de eso era él, el Mercenario, que seguía ahí, sin cansarse, sin quejarse, matando lo que no podía morir, con esa media sonrisa que nunca se le borraba.
Cuando el último fantasma se desvaneció, quedaron todos respirando con dificultad. El campo de batalla estaba silencioso. La niebla empezó a disiparse. Y en el centro, brillando con una luz suave y cálida, estaba la fruta de cristal.
LA FRUTA DE CRISTAL
Se acercaron despacio. Era hermosa. Del tamaño de una manzana, hecha de cristal transparente que brillaba con su propia luz, y adentro, flotando en una sustancia dorada, había una figura pequeña, dormida, tranquila. No se veía asustada. No se veía herida. Simplemente esperaba.
El Mercenario fue el primero en llegar. Se detuvo frente a ella, la miró de arriba abajo, y por primera vez esa sonrisa suya desapareció.
EL MERCENARIO
— ¿Eso era todo? ¿Todo ese trabajo… por esto?
TEXNOLOLLIR
— Sí. Por esto.
EL MERCENARIO
— No parece gran cosa. No es un rey. No es un arma. Es solo… alguien que estaba durmiendo.
LA REINA SLIME, acercándose y abrazándose de nuevo al brazo de Texnolollir:
— A veces las cosas más pequeñas son las que más vale la pena salvar. ¿No te diste cuenta recién? Vos ayudaste a salvarla. Vos, que decías que no te importaba nadie.
EL MERCENARIO, mirándola con esa mirada que no mostraba nada:
— Fue un trabajo bien hecho. Eso es todo. Me gustó la pelea. Eso es todo.
Pero mientras hablaba, no se dio cuenta de que la fruta de cristal brilló un poco más fuerte cuando él habló. Como si el ser de adentro lo hubiera escuchado. Como si supiera quién lo había salvado.
EL CIERRE
Se quedaron un rato más ahí, mirando la fruta, sabiendo que cuando despertara, no sabría todo lo que habían hecho para que pudiera seguir durmiendo tranquila. No sabría del Mercenario, ni de sus cuchillas de plasma, ni de cómo había matado a lo que no podía morir. Pero ellos lo sabían. Y eso era suficiente.
Cuando subieron a la nave, el Mercenario se fue a su rincón de siempre, a limpiar sus armas, a revisar sus dispositivos, como si nada hubiera pasado. Pero la Reina Slime, que siempre lo observaba todo, le susurró al oído a Texnolollir:
— ¿Viste? Él no lo dice. Pero le gustó ayudar. Le gustó saber que lo que hacía servía para algo más que matar. Solo que nunca lo va a admitir. Eso sería demasiado para él.
Texnolollir miró al Mercenario, que estaba de espaldas a todos, ajustando una cuchilla que brillaba con luz azul.
TEXNOLOLLIR
— Lo sé. Pero no hace falta que lo diga. Con que lo sepa él… y nosotros… ya está bien.
Y la nave se alejó del multiverso 52, dejando atrás un mundo que volvía a ser sólido, y una fruta de cristal que seguía brillando, esperando el momento justo para abrirse.




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