Texnolollir

58

CAPÍTULO 58 — MULTIVERSO 52: PARTE 2 — LA NIÑA DE LUZ Y LA DECISIÓN FINAL
La fruta de cristal comenzó a vibrar. Su luz, que antes era suave y contenida, empezó a crecer, a pulsar con un ritmo que coincidía con el latido del corazón de todos los presentes. Las grietas que aparecieron en su superficie no eran de ruptura, sino de liberación. Y entonces, la puerta se abrió.
No salió un monstruo, ni un dios, ni un arma antigua. Salió ella: una niña. Parecía tener apenas unos pocos años. Era pequeña, frágil, con ojos grandes y serenos, y su cuerpo no era de carne ni de sombra. Brillaba con una luz divina, blanca y dorada, tan pura que hacía que todo lo que la rodeaba pareciera oscuro en comparación. No era como los demás fantasmas. Ellos eran el vacío. Ella era la luz que lo llenaba. Era la vida que los fantasmas querían borrar y no pudieron.
EL MULTIVERSO SE CONVIERTE EN UN FANTASMA GIGANTE
Pero en el instante en que ella abrió los ojos, algo sucedió. Algo que ninguno había previsto. Esa sustancia brillante, el virus que había absorbido todo el multiverso, que había convertido cada ser, cada montaña, cada estrella en parte de sí mismo… se movió. No se extendió. No atacó. Se unió.
Todo el cielo, todo el suelo, toda la niebla grisácea que cubría infinitos mundos, comenzó a fluir hacia un mismo punto. Se mezcló, se condensó, creció y creció hasta que ya no quedó nada más. Y frente a ellos se alzó un fantasma inmenso. No era de carne ni de materia sólida. Era pura esencia espectral, hecha de billones de seres absorbidos, de todo un multiverso convertido en una sola sombra etérea y hambrienta. Tan grande que su cabeza rozaba los límites de la creación. Y ahora… tenía un solo objetivo: la niña.
La niña dio un paso atrás, asustada. Su luz tembló. Y el fantasma inmenso levantó una mano espectral que podría haber borrado galaxias enteras con solo rozarlas, y descendió lentamente, decidido a absorberla, a convertir esa última chispa de luz en parte de su oscuridad eterna.
LA DECISIÓN DEL MERCENARIO
En ese momento, el Mercenario dio un paso adelante. Se paró entre el gigante y los demás. No sacó sus cuchillas de plasma. No desplegó sus cañones. Sabía que nada de eso serviría. Sabía que incluso si todos juntos atacaban con todo su poder, no podrían destruir algo que era un multiverso entero convertido en espíritu.
Se dio vuelta y los miró a todos, uno por uno. A Texnolollir, a Terrari, a Perfección, a la Reina Slime, y por último a la niña que brillaba temblando detrás de ellos. Esa media sonrisa suya, que siempre estaba ahí, esa sonrisa que no prometía nada bueno… por primera vez se transformó. Se volvió sincera. Completa. Sin ninguna sombra.
EL MERCENARIO
— Vayan. Ahora mismo. Llévenla lejos. No miren atrás. No se detengan. No vuelvan.
Texnolollir dio un paso hacia él, entendiendo de golpe lo que iba a hacer.
TEXNOLOLLIR
— No. Hay otra forma. Siempre hay otra forma.
EL MERCENARIO, negando con la cabeza, con una calma que dolía más que cualquier grito:
— No la hay. Y vos lo sabés. Esto es lo que hago. Esto es lo que sé hacer bien. Vayan.
La Reina Slime lo miró con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer. No se abrazó al brazo de Texnolollir. Se quedó quieta, sabiendo que no podía hacer nada. Que incluso ella, que podía absorber poderes, no podía absorber lo que estaba por venir.
EL MERCENARIO, mirando a la niña una última vez:
— Vos… brillá fuerte. ¿Escuchaste? Brillá fuerte para los dos.
Y entonces, con todos mirándolo sin poder moverse, el Mercenario llevó su mano al pecho. Encontró el botón que nadie conocía. El dispositivo que él mismo había construido, escondido, esperando el momento justo. Lo construyó porque sabía que algún día llegaría este momento. Y lo apretó.
LA EXPLOSIÓN QUE SINTIÓ TODO LO QUE EXISTE
No hubo ruido al principio. No hubo fuego. No hubo luz cegadora. Primero fue un silencio tan profundo que se podía escuchar el latido de cada corazón en cada multiverso. Y después… vino la explosión.
No fue una explosión de fuego ni de energía. Fue una explosión de existencia. El botón que activó no destruía materia: borraba la conexión entre todo lo que formaba ese fantasma gigante espectral. Y al mismo tiempo… borraba la suya.
La onda expansiva no se detuvo en ese multiverso. Atravesó dimensiones. Cruzó barreras. Llegó a cada rincón de la creación. En cada mundo, en cada realidad, en cada lugar donde hubiera vida, alguien sintió ese momento. Un vacío repentino en el pecho. Una sensación de que alguien que no conocías acababa de dar todo lo que tenía por algo más grande que él.
El fantasma inmenso, hecho de un multiverso entero convertido en espíritu, se desvaneció en un instante. No fue destruido: fue desarmado. Cada parte, cada ser que había sido absorbido, fue liberado. Volvió a ser libre. Volvió a ser sí mismo. Y junto con él, en el centro de esa luz que lo abarcó todo, se fue el Mercenario. No quedó rastro de su cuerpo. No quedó rastro de sus armas. No quedó nada. Solo el eco de su voz, que pareció resonar en el aire mucho después de que ya no estaba.
"Está bien. Fue un trabajo bien hecho."
EL SILENCIO DESPUÉS
Cuando la luz se disipó, el multiverso ya no era sombra. Ya no era virus. Era de nuevo vida. Mundos enteros recuperados, seres que respiraban otra vez, que miraban al cielo confundidos, sin saber qué había pasado, sin saber quién los había salvado.
En el lugar donde él había estado, no había tumba ni monumento. Solo estaba la niña de luz. Brillando más fuerte que nunca, con lágrimas en los ojos que brillaban como estrellas. Se acercó al lugar donde él se había parado, tocó el aire con sus manitas pequeñas, y por un instante, su luz se mezcló con una presencia que todavía quedaba ahí, débil pero inconfundible.
La Reina Slime se apoyó en Texnolollir, y por primera vez en mucho tiempo, no dijo ninguna broma. No hizo ningún comentario. Simplemente lloró. En silencio. Porque entendió lo que pocos entenderían: el Mercenario, el hombre que decía que no le importaba nadie, que no tenía amigos, que solo trabajaba por pago… había dado lo único que tenía: su vida. Por una niña que no conocía. Por un mundo que no era el suyo. Por algo que no le debía nada.
Texnolollir miró hacia el horizonte, donde el sol de ese multiverso empezaba a salir por primera vez en mucho tiempo.
TEXNOLOLLIR
— Siempre decía que estaba solo. Que no tenía a nadie. Que no le importaba nada. Pero al final… fue el que más dio.
PERFECCIÓN, con voz baja y seria:
— Mis registros dicen que en todas las realidades, en cada punto de la creación, se sintió esa explosión. Nadie sabe qué fue. Pero todos sintieron que algo grande había pasado. Que alguien se había sacrificado por ellos.
TERRARI
— Y él lo hizo como hacía todo… en silencio. Sin que nadie le diera las gracias. Sin que nadie supiera su nombre.
EL LEGADO
La niña de luz los miró a todos, y con una voz que sonaba como el viento entre las hojas, les dijo:
LA NIÑA
— Él no se fue. No del todo. La luz que él dejó… está en mí ahora. Y va a estar en todos los mundos. Cada vez que alguien esté solo, cada vez que alguien crea que no hay nadie que se preocupe… va a sentirlo. Va a saber que alguien estuvo ahí. Y que no tuvo miedo.
La Reina Slime se secó las lágrimas, apretó la mano de Texnolollir, y miró hacia el cielo que ahora estaba lleno de colores.
LA REINA SLIME
— Él decía que no le importaba nada. Pero yo creo… yo creo que simplemente estaba esperando algo que valiera la pena por qué morir. Y lo encontró.
Y mientras subían a la nave, llevándose consigo a la niña de luz, todos sabían una cosa: de ahora en adelante, donde quiera que fueran, donde quiera que pelearan, él iba a estar ahí. No con sus armas ni sus cuchillas. Pero su nombre, su sacrificio, esa decisión que tomó en un segundo, iba a estar grabada en la historia de todos los multiversos. Y nadie… nadie lo iba a olvidar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.