CAPÍTULO 59 — MULTIVERSO 53: EL DIOS DE LAS ESPADAS Y EL ARTE DE ENCERRAR EL PODER
La nave descendió en un mundo que no tenía montañas ni ríos, sino que estaba cubierto por un campo infinito de espadas clavadas en el suelo. Miles, millones de ellas, de todas las formas y tamaños, de materiales que brillaban con luces que no existían en ningún otro lugar. Algunas eran tan grandes que sus empuñaduras parecían torres. Otras eran tan pequeñas que apenas se veían. Y en el centro de ese campo, sobre una plataforma de piedra lisa que no tenía ni una sola marca, estaba Él. El Dios de las Espadas.
No vestía armadura pesada ni ropas de rey. Llevaba un uniforme sencillo de tela blanca, ajustado al cuerpo, y en su cinturón llevaba una sola espada. No brillaba. No tenía joyas. Parecía hecha de acero común. Pero cuando se movía, el aire mismo se abría paso antes que él. Era el maestro de todas las artes de la espada. Nadie lo había superado jamás. Y nadie sabía que había sido parte del grupo más legendario que jamás hubiera existido.
EL GRUPO DE LOS CUATRO
Cuando se acercaron, él los miró con ojos que habían visto nacer y morir galaxias. Y antes de hablar de entrenamiento, les contó lo que nadie recordaba.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— Hace eones, no estaba solo. Éramos cuatro. Yo, el Dios de las Espadas. Y conmigo, el Dios Supremo Bárbaro, que destrozaba mundos con sus manos desnudas. El Dios Supremo Mercenario de Luz, que aparecía y desaparecía como un destello, matando antes de que nadie supiera que había llegado. Y el Dios Supremo Curador, que podía devolver la vida a quien ya la había perdido. Los cuatro juntos… no teníamos enemigos. Atravesábamos galaxias enteras, y donde llegábamos, el mal desaparecía. Destruimos ejércitos que habrían borrado multiversos, y lo hicimos como quien va a pasear. Nadie nos podía tocar. Nadie se atrevía a mirarnos a los ojos.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió lejana, como si estuviera viendo a esos tres que ya no estaban con él.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— Pero el tiempo pasa. O las cosas cambian. El Bárbaro se fue a vivir a lo más profundo del caos. El Mercenario de Luz desapareció un día sin decir adiós. Y el Curador… se quedó cuidando un mundo que necesitaba de él para siempre. Y yo… yo me vine acá. A entrenar. A esperar. Porque sabía que algún día vendrían quienes necesitaran aprender lo que nosotros sabíamos.
EL ENTRENAMIENTO
Se puso de pie, y con un gesto sencillo, les dijo que lo siguieran. No los atacó de golpe. No los puso contra monstruos ni enemigos. Los puso contra él mismo.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— No voy a enseñarles a golpear fuerte. Cualquiera golpea fuerte. Voy a enseñarles a golpear con precisión. Con intención. Con el alma. Porque una espada en manos vacías es solo metal. Pero una espada con propósito… puede contener todo lo que existe.
Durante días, y tal vez semanas, entrenaron. A Terrari le enseñó a canalizar su poder Calamity en un solo corte, para que no desperdiciara ni un gramo de energía. A Perfección le enseñó a calcular el movimiento exacto de un oponente antes de que este lo hiciera. Y a Texnolollir… a Texnolollir le enseñó algo que nadie más había aprendido en toda la eternidad.
EL ARTE DE ENCERRAR EN UNA ESPADA
Un atardecer de luz dorada, cuando todos descansaban, el Dios de las Espadas llamó a Texnolollir. Se sentaron juntos en esa piedra lisa, y él sacó su espada sencilla, la que no brillaba.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— Hay algo que solo le enseño a quienes yo sé que van a cargar con más peso que cualquier ser vivo. Es la técnica más antigua que conozco. Es la razón por la que mi espada no brilla. Porque adentro… tiene algo guardado.
Le mostró la empuñadura. Y al tocarla, Texnolollir sintió que adentro había un universo entero.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— Cuando te enfrentas a un ser demasiado poderoso, cuando no podés destruirlo sin destruir todo lo que lo rodea… no lo matás. Lo encerrás. Aprendés a guiar su fuerza, a encontrar el ritmo de su energía, y entonces… la desvías hacia la espada. La espada se convierte en su prisión. Y mientras la espada esté intacta, ese ser no puede salir. No puede hacer daño. No puede destruir nada. Y lo más importante: no tiene que morir para ser detenido.
Le tomó la mano, le puso la mano sobre la hoja de la espada, y le explicó cada paso. Cómo sentir la energía del enemigo. Cómo no luchar contra ella, sino acompañarla. Cómo abrir la puerta de la espada para que esa energía entre voluntariamente. Y cómo sellarla para que no se escape.
Texnolollir practicó una y otra vez. Al principio no le salía. La energía se le escapaba por todos lados. Pero el Dios de las Espadas no se impacientaba. Le corregía la postura, la respiración, la forma de pensar. Y poco a poco… Texnolollir lo logró. Tomó una porción de su propio poder, la guió, la envolvió, y la metió dentro de la espada. Y la espada la contuvo. Sin explotar. Sin romperse. Simplemente… la guardó.
EL DIOS DE LAS ESPADAS, sonriendo:
— Lo hiciste. Nadie lo había hecho tan rápido. Eso significa que ya lo llevabas adentro. Solo necesitabas que alguien te mostrara cómo sacarlo.
LA REINA SLIME Y LAS PORRAS
En ese momento, desde el costado, se escuchó un grito lleno de alegría que rompió toda la serenidad del lugar.
— ¡¡¡BRAVO!!! ¡¡¡ESE ES MI TEXNOLOLLIR!!! ¡¡¡LO HIZO!!! ¡¡¡SÍIIII!!!
Era la Reina Slime. Había estado mirando todo el entrenamiento desde lejos, esperando el momento justo. Y en cuanto vio que lo había logrado, empezó a saltar de alegría, dando vueltas, aplaudiendo con todas sus fuerzas, brillando con todos los colores de los siete elementos. Se acercó corriendo, sin importarle que todos los miraran, y empezó a hacer porras como si estuviera en una competencia.
LA REINA SLIME
— ¡¡¡LO ENCERRÓ!!! ¡¡¡LO ENCERRÓ!!! ¡¡¡ES EL MEJOR!!! ¡¡¡NADIE LO HACE COMO ÉL!!! ¡¡¡SÍIIII!!! ¡¡¡VAMOS TEXNOLOLLIR!!! ¡¡¡VAMOS!!!
Saltaba tan alto que a veces se elevaba metros en el aire, y cuando caía, seguía aplaudiendo, siguiendo con la mirada cada movimiento suyo, orgullosa como si ella lo hubiera enseñado. No le importaba que el Dios de las Espadas estuviera ahí. No le importaba que Terrari y Perfección la miraran. Ella solo sabía una cosa: él lo había logrado. Y ella tenía que celebrarlo.
Se acercó corriendo hasta donde estaba Texnolollir, lo abrazó con fuerza, pegándose a su brazo como siempre, pero esta vez con una alegría que no cabía en su cuerpo.
LA REINA SLIME
— ¿Viste lo que hiciste? ¡¡¡Lo hiciste increíble!!! ¡¡¡Yo sabía que podías!!! ¡¡¡Nadie te lo enseñaba mejor que nadie y vos lo aprendiste enseguida!!! ¡¡¡Sos el más grande!!!
Texnolollir, que pocas veces se veía sonrojado, miró al suelo un instante, pero luego la miró a ella y le sonrió. No la apartó. No le dijo que se callara. Simplemente aceptó su abrazo y su alegría, sabiendo que por más poderoso que fuera, nada se sentía tan bien como que alguien estuviera ahí, celebrando cada cosa que hacía, sin importar qué tan grande o pequeña fuera.
El Dios de las Espadas los miró a los dos, y una sonrisa tranquila se le formó en los labios.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— Vos tenés el talento. Pero ella… ella tiene la fe. Y eso… eso es más fuerte que cualquier técnica de espada.
LA DESPEDIDA
Cuando llegó el momento de irse, el Dios de las Espadas les entregó a cada uno una espada. No eran armas para pelear. Eran espadas para guardar. Para contener. Y a Texnolollir le entregó la suya, la que había usado para aprender.
EL DIOS DE LAS ESPADAS
— Esta espada ahora tiene tu marca. Cuando necesites encerrar algo, llamala. Y te va a responder. Pero acuérdate: lo que encierras, también te compromete a vos. Cuidalo. Porque lo que está adentro… es tu responsabilidad.
Texnolollir asintió, guardó la espada, y junto con Terrari, Perfección y la Reina Slime subieron a la nave. Y mientras se alejaban, la Reina Slime no dejaba de hablar, de repetir lo bien que lo había hecho, de imaginar todas las cosas que iba a poder hacer ahora con esa técnica, saltando de alegría una y otra vez.
Y Texnolollir la escuchaba, y sabía que no solo se había llevado una técnica nueva. Se había llevado algo más importante: la certeza de que cada vez que lograra algo, no iba a estar solo. Porque ella iba a estar ahí, saltando, haciendo porras, y diciéndole que era el mejor. Siempre.