CAPÍTULO 60 — MULTIVERSO 54: LA COPIA DE DOMI Y EL PODER QUE NO SE PUEDE ENCERRAR
La nave descendió en un campo de batalla que hacía temblar los cimientos de la realidad. Por todas partes, seres de mil formas y tamaños peleaban con espadas que brillaban con la misma luz que habían aprendido del Dios de las Espadas. Todos habían recibido su entrenamiento. Todos conocían las artes marciales de la espada. Y todos peleaban contra Él.
No era Domi real. Era una copia. Una proyección creada por el propio Domi, hecha con apenas el 30% de su poder. Pero ese 30% era suficiente para hacer temblar galaxias. Su presencia pesaba tanto que el suelo se hundía bajo sus pies. Cada movimiento suyo hacía que el espacio se rasgara. Y los seres que habían aprendido a encerrar cualquier cosa en una espada… descubrieron que esta vez era diferente.
LA ESPADA QUE SE ROMPIÓ
Cientos de guerreros se acercaron, coordinados, con la técnica que el Dios de las Espadas les había enseñado. Guiaron la energía de la copia de Domi, la canalizaron, la abrazaron, y con un grito unísono, la empujaron hacia una espada legendaria que esperaba abierta para recibirla. La copia de Domi sonrió, sin siquiera moverse. Y cuando la espada se cerró sobre él… se escuchó un crujido que atravesó todos los multiversos.
La espada se hizo añicos. Fragmentos de cristal y acero cayeron como lluvia. Y la copia de Domi seguía ahí, intacta, con su poder desatado más fuerte que antes.
LA COPIA DE DOMI
— Ustedes aprendieron a encerrar dioses. Pero yo no soy un dios. Yo soy el que creó a los dioses. Y ninguna espada hecha por manos creadas puede contener lo que yo soy.
Los guerreros cayeron de rodillas. Nadie sabía qué hacer. Si la técnica más poderosa que conocían no servía… ¿qué quedaba?
TEXNOLOLLIR EN EL FRENTE
En ese momento, Texnolollir dio un paso adelante. No venía solo. En su espíritu, dormido pero presente, sentía el calor del dragón. Y en su cuerpo, brillando con luz propia, estaban las runas que había recolectado a través de cincuenta y tres multiversos, grabadas en su piel, en su armadura, en su alma. Cada runa era un poder distinto, una leyenda, un secreto de la creación.
TEXNOLOLLIR
— Si la espada no lo puede contener… entonces lo voy a enfrentar con todo lo que soy.
La copia de Domi lo miró, con una mezcla de curiosidad y condescendencia.
LA COPIA DE DOMI
— Vos. El que recorre todo. El que cambia todo. ¿Y creés que podés contra el 30% de mi poder?
Texnolollir no respondió. Simplemente activó las runas. Una por una se encendieron, lanzando luces de colores que iluminaron todo el campo de batalla. Y al mismo tiempo, en su interior, el dragón despertó. Una fuerza antigua, inmensa, que no era suya pero que lo elegía a él como su portador. Su cuerpo se envolvió en un aura que combinaba la precisión tecnológica con la furia más antigua que existía.
LA PELEA QUE LE COSTÓ
La pelea fue brutal. No fue una victoria fácil. No fue una victoria rápida. La copia de Domi golpeaba con fuerza que rompía la realidad misma. Cada golpe que Texnolollir esquivaba hacía que el lugar donde había estado se desvaneciera. Cada rayo que lanzaba era capaz de borrar ejércitos. Texnolollir usó cada runa, cada técnica, cada habilidad que había aprendido. Las runas creaban barreras, desviaban ataques, amplificaban su fuerza. El dragón le daba la resistencia para seguir de pie cuando ya no tenía fuerzas.
Pero aun así… le costó. Sangró. Sus runas se apagaron una por una bajo el peso de los ataques. El dragón rugía, pero incluso su fuerza se agotaba. Texnolollir cayó de rodillas dos veces. Tres veces. Cada vez se levantaba, más herido, más cansado, pero sin soltar la espada que el Dios de las Espadas le había entregado.
La copia de Domi lo tenía contra las cuerdas. Levantó la mano para dar el golpe final. Y todos pensaron que ahí terminaba todo. Que incluso con todo lo que tenía, no era suficiente.
EL ATAQUE DE LA REINA SLIME
Pero en ese instante, cuando nadie esperaba, cuando todos estaban distraídos viendo a Texnolollir caer, algo se movió.
La Reina Slime había estado observando todo desde lejos. No se había metido. No había intervenido. Sabía que esta era la batalla de él. Sabía que tenía que ganarla él mismo. Pero cuando vio que la mano de la copia de Domi bajaba, cuando vio que Texnolollir no tenía cómo defenderse… ella no lo dudó más.
Se lanzó hacia adelante. No saltó de alegría como siempre. No hizo bromas. Su cuerpo se volvió transparente y brillante, y juntó toda la energía de los siete elementos que había absorbido: agua, fuego, tierra, viento, luz, oscuridad y electricidad. Los mezcló en un solo ataque concentrado, pequeño, preciso, y lo lanzó justo antes de que el golpe final cayera.
El ataque envolvió a la copia de Domi. No lo destruyó. No le hizo daño grave. Pero hizo algo mucho más importante: lo paralizó. Sus músculos se endurecieron. Su energía se detuvo. Quedó completamente inmóvil, con la mano levantada, sin poder mover ni un dedo.
LA COPIA DE DOMI, con voz sorprendida:
— ¿Qué… qué hiciste?
LA REINA SLIME, sin alejarse de Texnolollir, con voz firme pero temblorosa:
— No te voy a dejar lastimarlo. No mientras yo esté acá.
EL GOLPE FINAL
Ese segundo, esa fracción de segundo en que quedó paralizado, fue todo lo que Texnolollir necesitó. Levantó la vista, vio la oportunidad, y sintió algo que no había sentido antes. Las runas que todavía quedaban encendidas y el espíritu del dragón se unieron en un solo movimiento. Se puso de pie, saltó, y con la espada en la mano, lanzó un corte que no era solo suyo: era el corte de todos los que habían peleado antes que él.
La espada atravesó la barrera de la copia de Domi. No lo mató. No lo destruyó. Pero lo venció. La energía de la copia empezó a desvanecerse, a volverse luz, a dispersarse en el aire. Y antes de desaparecer, la copia de Domi lo miró con respeto.
LA COPIA DE DOMI
— No me venció solo tu poder. Me venció que no estabas solo. Y eso… es lo que yo nunca podré tener.
Y se desvaneció. Como niebla bajo el sol.
EL CIERRE
Texnolollir cayó de rodillas, agotado, respirando con dificultad, sin fuerzas para sostenerse de pie. Y en ese instante, la Reina Slime llegó corriendo. Lo abrazó con fuerza, lo sostuvo para que no cayera, y esta vez no hizo porras. No saltó. Lo abrazó y le habló bajito, al oído, con la voz llena de emoción.
LA REINA SLIME
— Estuvo cerca. Muy cerca. Yo ya no sabía qué hacer… pero no te iba a dejar caer. No te iba a dejar solo.
Texnolollir la miró, con los ojos cansados pero brillantes, y le apretó la mano.
TEXNOLOLLIR
— Lo sé. Yo sabía que estabas ahí. Y sabía que cuando más te necesitaba… ibas a aparecer.
LA REINA SLIME, con una sonrisa que mezclaba lágrimas y alegría:
— Siempre. Siempre voy a aparecer. Aunque vos no me veas. Aunque yo me quede atrás esperando. Cuando estés en apuros… yo voy a ser la que te saque del apuro. Y después… recién ahí te felicito.
Y mientras los guerreros de todo el multiverso empezaban a acercarse para celebrar, ella lo ayudó a ponerse de pie, pegada a su brazo como siempre, sabiendo que esta vez no solo había ganado él. Habían ganado los dos. Juntos.