Texnolollir

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CAPÍTULO 63 — MULTIVERSO 56: EL MUNDO DE LOS DINOSAURIOS HUMANOIDES Y LA HISTORIA DE MEGA
La nave descendió en un mundo donde la vegetación era inmensa. Árboles tan altos que parecían tocar el cielo, helechos gigantes que cubrían el suelo como océanos verdes, y un aire cálido que olía a tierra húmeda y vida antigua. Por todas partes se movían seres que combinaban la forma de los dinosaurios con la inteligencia y la postura de los humanos: escamas que brillaban bajo la luz del sol, colmillos que no siempre eran para atacar, colas que se movían con elegancia y equilibrio. Eran una civilización antigua, orgullosa, que había vivido en ese multiverso desde antes de que muchas estrellas nacieran.
Cuando bajaron Texnolollir, Terrari, Perfección y la Reina Slime, los seres se acercaron con curiosidad, sin agresividad. Y entre ellos, dando un paso adelante con una presencia que imponía respeto sin necesidad de fuerza, estaba Navajas. Era alto, con escamas de color verde oscuro que se volvían doradas en el pecho, ojos inteligentes y serenos. Su lado derecho era completamente natural: un brazo fuerte, con garras afiladas, piel resistente. Pero su lado izquierdo… era totalmente distinto. Desde el hombro hasta las puntas de los dedos, su brazo era una obra de ingeniería perfecta: metal pulido, articulaciones que se movían con precisión milimétrica, y en la muñeca un mecanismo que podía desplegar hojas de energía tan filosas que cortaban la sombra misma. De ahí venía su nombre.
LA CONVERSACIÓN
Navajas los saludó con un gesto de su brazo mecánico, que al moverse hizo un sonido suave y metálico.
NAVAJAS
— Bienvenidos. Sabíamos que vendrían. No sabíamos cuándo, pero sabíamos que alguien llegaría a preguntar por lo que pasó.
Texnolollir lo miró con atención, viendo cómo su brazo mecánico se adaptaba perfectamente a cada movimiento, como si hubiera nacido con él.
TEXNOLOLLIR
— Tu brazo… es impresionante. ¿Nació así o lo construiste?
NAVAJAS
— Nací así. En este multiverso, a veces nacemos con partes de tecnología que no entendemos. Como si el mundo mismo nos las diera. Yo no lo pedí. No lo construí. Simplemente un día, cuando era pequeño, mi brazo izquierdo cambió. Se volvió esto. Y con el tiempo aprendí a usarlo. No para destruir. Para defender. Para construir. Para cortar lo que debe ser cortado y proteger lo que debe quedar.
Se sentaron en círculo, sobre piedras lisas que los dinosaurios humanoides habían preparado para ellos. El sol se filtraba entre las hojas de los árboles gigantes, dibujando manchas de luz sobre todos. Y entonces Navajas bajó la mirada, como si estuviera a punto de hablar de algo que pesaba demasiado para cargarlo solo.
NAVAJAS
— Pero no vine solo. Tengo un compañero. Mi mejor amigo. Nadie lo ve, pero todos lo saben. Se llama Mega.
TERRARI, inclinándose hacia adelante:
— ¿Mega? ¿Cómo es él? ¿Por qué no está acá?
NAVAJAS
— Mega no tiene forma fija. Puede parecer una persona, puede parecer una nube, puede parecer el viento mismo. Su forma humanoide es solo una de las miles que puede tomar. Pero no tiene una forma definitiva. Es como el agua: se adapta a lo que lo rodea. Y era el ser más poderoso que jamás existió.
PERFECCIÓN, con voz seria:
— ¿Poderoso? ¿Cuánto?
NAVAJAS
— Mega gobernaba todos los multiversos. No los controlaba. No les daba órdenes. Los cuidaba. Era como un techo sobre todos nosotros. Si algo se caía, él lo sostenía. Si algo se rompía, él lo arreglaba. Todos sabían que mientras Mega estuviera ahí, nada terrible podía destruirlo todo. Era el equilibrio. Era la mano que sostenía todo lo que existe.
Hizo una pausa, y sus ojos se llenaron de una tristeza profunda.
NAVAJAS
— Pero lo mataron. Alguien llamado Domi. Nadie sabe exactamente cómo pasó. Nadie vio la pelea. Solo sabemos que un día Mega ya no estaba. Y desde entonces… todo se vino abajo. Los multiversos empezaron a desordenarse. Los seres poderosos dejaron de tener miedo de hacer daño. Y yo… yo me quedé solo. Esperando. Esperando a que alguien viniera que pudiera entender lo que perdimos.
Texnolollir sintió que algo se movía en su interior. La Diosa de la Nada le había hablado de su padre, de Domi. Y ahora escuchaba esto. Que antes de él, había alguien más. Alguien que sostenía todo. Y que Domi lo había quitado.
TEXNOLOLLIR
— ¿Estás seguro? ¿Seguro que está muerto?
NAVAJAS
— Lo estoy. Lo sentimos todos. En cada rincón de cada multiverso. Cuando Mega murió, fue como si el corazón de todo dejara de latir por un instante. Y nunca volvió a latir igual. Mega era el ser más poderoso que existió. Y aun así… no fue suficiente.
LA PALABRA QUE SE LE ESCAPÓ
En ese momento, la Reina Slime, que había estado escuchando todo en silencio, abrazada al brazo de Texnolollir como siempre hacía, sintió un nudo en la garganta. Pensó en todo lo que habían visto, en todo lo que habían enfrentado, en lo peligroso que era su camino. Y sin darse cuenta, sin pensar, simplemente lo dijo, bajito, casi en un susurro, con la voz temblorosa:
— Tenemos que tener cuidado… mi amor.
Se quedó callada en el mismo instante en que lo dijo. Sus ojos se abrieron de par en par. Se puso roja como una fruta madura. Y se quedó quieta, abrazada a su brazo, sin atreverse a moverse, sin atreverse a mirarlo, como si el suelo se le hubiera abierto debajo.
Nadie dijo nada al principio. Navajas parpadeó, sorprendido. Terrari miró para otro lado, disimulando una sonrisa. Perfección procesó la palabra y guardó silencio. Y Texnolollir… él se quedó quieto, sintiendo esa palabra resonar en su pecho como algo que siempre había estado esperando escuchar, pero que nunca se atrevió a imaginar.
La Reina Slime quería esconderse. Quería convertirse en gelatina y escurrirse por el suelo. Pero no se soltó de su brazo. No se fue. Simplemente lo apretó un poco más, con fuerza, como si quisiera que esa palabra no se fuera, aunque le hubiera salido sin querer.
LA REINA SLIME, casi sin voz, sin mirarlo todavía:
— Se me escapó… no quería decirlo… bueno… sí quería… pero no ahora… no así…
Texnolollir le apretó la mano que tenía sobre su brazo, y por primera vez, no sonrió solo con los labios. Sonrió con los ojos.
TEXNOLOLLIR
— No te disculpes. Me gustó. Quédate con la palabra. Y decímela de nuevo cuando quieras. Nadie te va a decir nada. Y yo… yo la voy a escuchar.
EL CIERRE
Navajas los miró con una sonrisa suave, viendo algo que ellos apenas empezaban a entender.
NAVAJAS
— Mega siempre decía que el poder más grande no es el que sostiene multiversos. Es el que une a dos personas. Y vos… vos lo tenés. Cuídalo. Porque eso es lo que nadie podrá matar jamás.
Se levantaron para irse. Navajas los acompañó hasta la nave, su brazo mecánico brillando bajo la luz del atardecer.
NAVAJAS
— Si algún día descubren más sobre lo que pasó… vuelvan. Cuéntenme. Yo voy a estar acá esperando. Y si necesitan mi fuerza… mi brazo y mis navajas están a su servicio.
Cuando subieron a la nave, la Reina Slime seguía roja, pero ya no avergonzada. Se quedó pegada a su brazo, y de vez en cuando lo miraba de reojo, como esperando que se riera de ella. Pero él no se reía. Él simplemente la tenía cerca, sabiendo que esa palabra que se le había escapado sin querer… era la más verdadera de todas las que habían dicho en todo el viaje.




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